Existe un síndrome silencioso que no afecta a los individuos sino a las civilizaciones enteras: el síndrome de las referencias cambiantes. No se detecta en análisis clínicos, pero consume lentamente la memoria de lo que el planeta fue.
Cada generación asume como normal el estado de la naturaleza que conoció al inicio de su vida y desde ahí juzga todo lo demás. Por ejemplo, en el río Pano, en Tena, junto a mis primos podíamos, alegres y maravillados, pescar unos peces llamados carachamas que los encontrábamos bajo las piedras. Las generaciones actuales ya no los conocen. Desaparecieron luego de 30 años, junto con flora y fauna, por el uso excesivo del barbasco, una planta cuya toxina paraliza a los peces y los asfixia.
A medida que el entorno natural se degrada, los seres humanos nos vamos acostumbrando a esas nuevas condiciones, empezamos a percibirlas como normales y perdemos de vista cómo eran antes. Este fenómeno, similar a una amnesia que se transmite entre generaciones, provoca que el umbral de lo que consideramos aceptable vaya bajando progresivamente, un descenso que puede culminar en la desaparición de especies o en la destrucción total de ecosistemas completos.
Ese mecanismo —ese olvido sistemático, institucionalizado, invisible— tiene nombre científico: shifting baseline syndrome o síndrome de las referencias cambiantes. Y entenderlo es, quizás, uno de los ejercicios intelectuales más urgentes que puede hacer cualquier ciudadano que habite este planeta en el siglo XXI.
El científico norteamericano Dr. Daniel Pauly, en un viaje por Galápagos en el año 2010, comentaba (en una charla TED) que se sigue pensando que el archipiélago es de aguas prístinas y que las especies que allí habitan están protegidas pero, en realidad, van desapareciendo. Como ejemplo de ello mencionó que Charles Darwin hacia 1835 no perseguía pinzones sino que recogía peces y que el más común era el mero, al cual se lo pescó mucho hasta 1880 y en la actualidad se encuentra en la Lista roja de la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (UICN). Otro ejemplo que contó fue el de las tilapias de barba negra en Ghana, que medían 20 centímetros y eran abundantes hace tres décadas. En la actualidad han disminuido a la mitad y su tamaño de maduración es de cinco centímetros. A más de disminución en cantidad por sobrepesca, habían experimentado una presión genética.
Me habría gustado comentarle al Dr. Pauly —con la tristeza del caso, claro está— que a su lista de ejemplos para Galápagos se puede sumar a las diablas (chanus chanus) en Isabela, que eran unos peces muy apetecidos que vivían en una poza de agua dulce y salubre que llevaba su nombre. A la fecha ya no existen, porque fue sobreexplotado ese recurso.
El entorno cambia lentamente y si la disminución ocurre de manera progresiva, la percepción colectiva se adapta. Lo que antes era abundante pasa a ser escaso, luego raro, y finalmente inexistente.
Asistimos estos días a un caso que resulta particularmente anecdótico y sobre el cual hemos tomado algunas acciones legales acudiendo a los derechos de la naturaleza, constitucionalmente garantizados y susceptibles de judicialización. Me referiré a las tortugas marinas carey y golfinas, (están en la Lista roja de la UICN), de la parroquia Manglaralto, provincia de Santa Elena, en donde la prefectura pretende construir un malecón sobre sus zonas de anidación en la playa.
Lo que pasaría en caso de tal construcción es que las nuevas generaciones no conocerán que en esa playa eclosionan tortugas y por tanto, no percibirán su ausencia como pérdida pues, cuando vayan encontrarían el típico malecón donde se come, se toma cerveza y se va al baño.
Recién en el 2021, a través de Resolución Nro. MAAE-SPN-2021-001 existe un Plan de acción para la conservación de tortugas marinas, el cual indica que todas las especies presentes en el país se encuentran en la Lista roja UICN bajo algún grado de amenaza y su supervivencia depende directamente de la protección de sus hábitats, especialmente las playas de anidación. La pérdida de estos espacios no es un evento aislado: es una alteración estructural del ciclo de vida de la especie en donde malecones, cabañas, construcciones en general sobre la playa, aunque prohibidas, son una amenaza crítica para ellas al compactar la arena, generar contaminación lumínica, etc.
Cuando una sociedad despierta y decide recordar (cuidar) lo que fue, lo que puede ser, comienza a actuar y crear desde un lugar diferente. No somos víctimas del deterioro: somos sus observadores conscientes y esa conciencia es el primer paso hacia la transformación para un mundo mejor.
Qué hermoso sería que la población de Manglaralto pueda convivir con esa belleza que son las tortugas marinas y genere una virtuosa forma de hacer turismo ecológico, y, al mismo tiempo que gana un buen dinero, pueda brindar la fascinante posibilidad a nacionales y extranjeros de ver cómo eclosiona la vida en ese portal entre el mar y la tierra.
A la final, en este planeta, nosotros somos los recién llegados y los llamados a cuidar la casa común, evitando que desaparezcan más especies como las Carachamas del Tena o las Diablas de Isabela, que seguro son absolutamente desconocidas para quienes tienen menos de 40 años.
