sábado, mayo 9, 2026
Ideas
Gianna Benalcázar Manzano

Gianna Benalcázar Manzano

Fotoperiodista, apasionada por temas de derechos humanos, género y niñez.

Red Flags con banda presidencial

No elegimos necesariamente mal, elegimos rápido y con el corazón inflamado por la rabia o el cansancio. Pasamos años esperando que alguien llegue a arreglar lo que es estructural, histórico y profundamente nuestro. Como quien cree que una nueva pareja le va a resolver traumas viejos con solo existir.

Dicen que uno no se equivoca al elegir, sino al idealizar. Y si eso es cierto en el amor, en la política ecuatoriana ya deberíamos tener un doctorado colectivo en desencanto.

Ecuador elige relaciones sentimentales con banda presidencial. Nos enamoramos de la mezcla peligrosa de esperanza y memoria corta. Prometemos no volver a caer, juramos haber aprendido, repetimos como mantra “esta vez será distinto”. Entonces aparece alguien que encarna justo lo que creemos necesitar y volvemos a empezar.

Aquí no se vota, se idealiza, se promete, se ignoran red flags del tamaño del Chimborazo y meses después estamos stalkeando el pasado con nostalgia selectiva. Porque en este país no solo votamos: nos enamoramos.

Todo empezó con Rafael Vicente Correa Delgado. Una relación larga, intensa y absorbente, de las que te dejan secuelas políticas y conversaciones pendientes años después. No fue solo un presidente; fue un fenómeno que ocupó todos los espacios, dividió opiniones y dejó una  huella difícil de borrar. Hubo esa sensación constante de grandeza, de país en modo “míren como avanza la patria”, con un increíble aparato comunicacional propagandístico que no lo hemos vuelto a ver y obras monumentales que, a ratos, se sentían más como una escenografía montada que una solución.

Mientras tanto, la confrontación, la polarización se volvieron parte del día a día, de todos los ecuatorianos y disentir era casi un deporte extremo. Como en toda historia de este tipo, Correa no operaba solo, tenía su grupo de amigos “sabidos” que sostenían su discurso,  conocían perfectamente sus mañas y, aún así, lo vendían como el salvador de “la patria morena”. Y en medio de todo eso, a algunos nos tocó otra cosa: hacer periodismo y pagar el precio porque no era precisamente un buen momento para el periodismo incómodo; más bien era un campo minado para quienes trabajaban con una cámara y un micrófono en mano.

El clima arrastraba a todos: lo defendían en sobremesas, en chats familiares, en discusiones donde más de uno terminaba peleado por sostener lo insostenible. Y luego vino ese momento incómodo, casi vergonzoso en el que ya no se podía justificar sin hacer maromas. Correa se convirtió en ese “nunca más”. De esos que unos recuerdan con nostalgia y otros con alivio por haberlo superado. Pero nadie sale intacto de algo así, porque para algunos el correísmo dejó de ser una postura política y se volvió una identidad emocional.

Como en toda historia de este tipo, Correa no operaba solo, tenía su grupo de amigos “sabidos” que sostenían su discurso, conocían perfectamente sus mañas y, aún así, lo vendían como el salvador de “la patria morena”.

Luego vino Lenín Voltaire Moreno Garcés, el ex vicepresidente de Correa, una de las figuras más leales e inseparables del correísmo. El giro de guión. El famoso “yo no soy así”. El país, agotado después de tanta intensidad, pensó ingenuamente que llegaría una figura más ligera, más humana. Al inicio todo parecía una especie de desintoxicación política: gestos de apertura, promesas de diálogo, distancia calculada del correísmo y ese tono amable de quien quiere convencerte de que aquí nadie va a gritar. Pero de pronto…plot twist. Lo que parecía una transición terminó sintiéndose como gaslighting político a escala nacional. Y justo ahí apareció la física cuántica que tanto le fascinaba a Moreno: lo que aseguró que no iba a pasar, pasó. Un cambio que parecía firme modificó su dirección y la realidad política empezó a comportarse como una partícula subatómica, imposible de ubicar con precisión.

Moreno y Correa protagonizaron el divorcio político más sonado e incómodo del Ecuador contemporáneo. Rafael Vicente, como un ex despechado habló de traición histórica en cadena nacional. Para unos, Moreno desmontaba una estructura podrida; para otros simplemente estaba entregando a los suyos para sobrevivir políticamente, como hizo con el caso de su vicepresidente Jorge Glas, acusado de corrupción. A Lenín Voltaire lo vamos a recordar de manera especial porque ha sido el único presidente que nos dijo mirándonos a los ojos que somos el peor pueblo, la clásica jugada del novio que te falla y termina explicándote que quizá él habría sido mejor pareja si tú hubieras sido mejor persona.

Y después de este par de relaciones agotadoras y emocionalmente demandantes, el país hizo lo que hace cualquiera después de vivir demasiado drama: buscar paz. Entonces llegó Guillermo Alberto Santiago Lasso Mendoza. Más sereno, más predecible, menos tormentoso. Sin gritos, sin informes eternos, sin sensación permanente de pelea nacional. El perfil ejecutivo, el orden, la experiencia. Ese tipo que llega puntual, tiene excel emocional y habla de estabilidad financiera, pero no conecta con sus electores. Llega otra forma de decepción silenciosa, fría, que no duele por intensidad, sino por ausencia.

Sobre el papel, todo parecía razonable. Hubo vacunación masiva en tiempo récord con nueve millones de beneficiarios en cien días, intentos de apertura económica, reducción de la desnutrición crónica infantil y hasta la creación de un Ministerio de la Mujer y Derechos Humanos. Era, en teoría, el momento del adulto funcional. Pero mientras el Gobierno intentaba transmitir calma corporativa, el país protagonizaba la temporada más violenta: masacres carcelarias, estados de excepción, inseguridad desbordada y una sensación constante de que el caos jamás sería controlado.

Y claro, Ecuador siendo Ecuador, no faltó el capítulo de los parientes incómodos. Danilo Carrera, el cuñado presidencial convertido en personaje recurrente de investigaciones por presuntas redes de corrupción. Luego vino el caso Flopec, las protestas de junio de 2022 y el ambiente empezó a oler a ruptura anunciada. Lasso fue un vínculo correcto en papel, pero vacío en la práctica, sin química, sin narrativa, sin épica. Y entonces, cuando todo se tensó demasiado hizo lo que haría cualquier ecuatoriano emocionalmente agotado: cortar por lo sano. Muerte cruzada, adiós. Sin una pelea final memorable. Solo ese ambiente rarísimo de reunión obligatoria donde todos saben que esta relación terminó.

Cuando ya creíamos que éramos expertos detectando red flags presidenciales, que después de tanto trauma político habíamos aprendido a elegir mejor, apareció Daniel Roy Gilchrist Noboa Azín . El nuevo crush nacional. El joven, el que habla poco y actúa sin pedir demasiadas explicaciones. Llegó como ese aire fresco que entra cuando ya se abrió demasiadas veces la ventana equivocada. Y claro, aunque algo dentro de nosotros nos susurra “cuidado”, volvemos  a creer.

Noboa aterrizó con la energía de “menos discurso, más acción”. Y uno, que ya debería haber aprendido, igual siente cositas. Porque ahora el lenguaje es otro: seguridad, rapidez, decisiones firmes, operativos, mano dura, acción constante en medio del caos. En tiempos donde el país parecía vivir atrapado entre el miedo y el cansancio, esa narrativa de movimiento funcionó. Hay impulso a la construcción de viviendas, rehabilitación de escuelas abandonadas, proyectos de conectividad vial, acuerdos internacionales y, por supuesto, la famosísima Cárcel del Encuentro en Santa Elena; en Ecuador incluso las prisiones tienen branding de campaña. Y en medio del permanente operativo de seguridad y crisis, emerge Lavinia Valbonesi Acosta, esposa de Noboa, sumándole a Carondelet esa estética de “political glam” cuidadosamente construida entre soft power y luxury branding, después de años donde la imagen institucional era básicamente sobrevivir. Lavinia no camina: flota. Da igual si está en Carondelet, en una brigada social o bajándose de un helicóptero; siempre parece salida de una revista de alta costura pérdida accidentalmente en medio del conflicto nacional. Y mientras medio gabinete sigue atrapado entre ruedas de prensa incómodas y caras de estrés administrativo, ella es prácticamente la única que logra salir de la oficina y conectar con la gente sin parecer obligada por protocolo.

El problema es que, así como algunos gobiernos tuvieron operadores políticos intensos o amigos que sostenían el relato, Noboa parece haber caído en el extremo contrario: un equipo de comunicación que a ratos funciona como el grupo de los bacanes de primer semestre: exceso de entusiasmo, poca lectura del entorno. Mientras el país intenta procesar la violencia, el desempleo, el miedo y un sistema de salud público que parece desmoronarse frente a nuestros ojos, algunos TikTokers institucionales tienen la energía de tutorial de lifestyle grabado en medio del apocalipsis, generando más vergüenza ajena que narrativa institucional. Pero aún así, el encanto funciona. Porque el Presidente Noboa entendió algo que los anteriores olvidaron: en Ecuador la gente ya no espera perfección, espera sensación de control. Y eso aunque sea parcialmente estético da tranquilidad. Claro que también está esa vocecita interna, traumatizada pero sabia, que de vez en cuando nos susurra: “tranquila… ya hemos caído antes”.

Noboa parece haber caído en el extremo contrario: un equipo de comunicación que a ratos funciona como el grupo de los bacanes de primer semestre: exceso de entusiasmo, poca lectura del entorno.

Ecuador no solo cambia de presidente; cambia de expectativa. Elegimos líderes como si fueran salvadores y luego nos indignamos porque resultan ser humanos, o simplemente ecuatorianos. Ese es el patrón: no elegimos necesariamente mal, elegimos rápido y con el corazón inflamado por la rabia o el cansancio, pasamos años esperando que alguien llegue a arreglar lo que es estructural, histórico y profundamente nuestro. Como quien cree que una pareja nueva le va a resolver traumas viejos con solo existir.

Spoiler: tampoco funciona en política.

En el fondo, el verdadero problema no es únicamente a quién elegimos, sino cómo proyectamos esa necesidad desesperada de encontrar en el siguiente líder una versión corregida de nuestras frustraciones anteriores. Como si gobernar un país fuera un casting emocional y no una tarea brutalmente compleja. Y claro, después vienen las inevitables rupturas nacionales, porque ningún presidente va a sobrevivir a expectativas desbordadas.

Ninguna figura pública puede sostener el peso de convertirse en esperanza colectiva, terapeuta social, gerente eficiente, padre de la patria y salvador espiritual al mismo tiempo. Ni el país más estable del mundo aguanta semejante delirio, peor el Ecuador, donde llevamos décadas confundiendo intensidad política con estabilidad democrática. Llegó el momento de asumir algo incómodo: votar también debería implicar responsabilidad intelectual y emocional. Y quizá, después de tantos años de trauma cívico deberíamos empezar a discutir si el voto facultativo sería una forma más honesta de democracia. Porque hay algo peligrosísimo en obligar a decidir a una población agotada, desinformada, emocionalmente secuestrada por TikTok, el miedo y el resentimiento. Porque en política, igual que en el amor, participar sin conciencia también deja consecuencias.

Y hay algo que ya deberíamos haber aprendido en las urnas y en la vida: no hay liderazgo que sobreviva a la fantasía. Ningún país se construye esperando que el próximo presidente. sea perfecto. Se construye cuando dejemos, por fin, de enamorarnos del personaje y empecemos a entender el sistema.

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