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Carlos Arcos Cabrera

Carlos Arcos Cabrera

Escritor

Diario de cuarentena XXI

El supermercado está vacío. Soy el único comprador. Tengo todo lo que necesito. Un joven me indica la caja que tiene un cartel: «Embarazadas y tercera edad». Hacía allá voy y pago.

Domingo, 19 de marzo de 2020

Me resisto a escribir la hora. Así como el calendario poco o nada dice, pues el domingo no se diferencia del sábado y menos aún de otro domingo, las horas las comienzo a vivir por el hambre, el sueño, cuando llega, por el insomnio que se resiste a marchar, por el silencio de la calle, por la alarma de los tsunamis que ahora anuncia que el toque de queda comienza, por la bocina del camión de basura que repite el «¡Quédate en casa!».

Sí. Es domingo. Espero hasta cerca del mediodía para ir a comprar un par de cosas que me hacen falta. Preparé una lista mínima. Puede sonar a muy burgués mi encierro, pero anoté: vino. En Tía venden un tempranillo de la Rivera de Guadiana, de Bodegas López Morenas: Seilón. Es ideal por el precio y también para beberlo en el caluroso mediodía de San Antonio de Bahía. Guadiana es el río que hace de frontera entre España y Portugal. Tal vez es muy burgués, pequeño burgués o una arrogancia vana mencionar vino en medio de este desastre. No me disculpo. La pandemia me ha ubicado en una casi imperceptible frontera: población en riesgo y población que, a nombre de la protección, debe ser excluida del espacio público. La edad se convierte en elemento de sospecha y a la vez de vigilancia. Creo que me merezco un vino.

En los debates sobre la organización social y política que está ad portas, en realidad que ya está funcionando, comienza a evidenciarse la preocupación por el surgimiento de una sociedad panóptica basada en la sospecha, en la exclusión y en la disciplina social. Chile iniciará la entrega de un carné a quienes superaron la enfermedad. Será más importante que el pasaporte y que la cédula de identidad. Nos convertiremos en vigilantes y delatores del vecino, del que tose, del que dice sentirse mal, del que dice sentirse bien. Seremos buenos ciudadanos. Y si no somos ni vigilantes ni delatores el smartphone nos delatará. ¿El descubrimiento de una vacuna cambiará esta tendencia al parecer irreversible?

12:25. Mi resistencia no duró mucho. Con el equipamiento completo salí de compras. Hice el recorrido largo: el malecón que da al estuario, la casa de la bailarina de ballet, que ya no está pues ha concluido su rutina; la avenida por la que a pesar de la prohibición expresa circula uno que otro vehículo, una que otra moto. Alguno debe ser partidario de los grupos que piden a Trump y a Bolsonaro que eliminen la cuarentena. El supermercado está vacío. Soy el único comprador. Tengo todo lo que necesito. Un joven me indica la caja que tiene un cartel: «Embarazadas y tercera edad». Hacía allá voy y pago.

15:10. Heroínas, héroes y villanos. En El miedo en occidente, Delumeau describe a heroínas, héroes y villanos en las sucesivas pestes que asolaron Europa a fines de la Edad Media. Apenas se sabía de la peste, las autoridades, los ricos, los obispos y la mayoría de los clérigos, abandonaban las ciudades e iban a sus segundas residencias o a buscar refugio en algún lugar que consideraban seguro: ¡villanos! Unas pocas autoridades permanecieron en la ciudades haciendo frente a sus obligaciones; también unos pocos clérigos se quedaron para apoyar espiritualmente a su rebaño, como se decía antaño. Carlos Boromeo, Arzobispo de Milán, fue uno de esos. Entre los seguidores de Lutero había también casos similares. Pero entre todos, destacaban las mujeres, las heroínas que auxiliaron a los enfermos en los atestados lazaretos. Ellas dieron en muchos casos su vida. Heroínas anónimas.
Esta pandemia también tiene heroínas, héroes y villanos. Las enfermeras, los médicos y paramédicos. Eso se ha destacado. Hay pequeños villanos como los que atacan a enfermeras y a médicos, les piden que dejen sus viviendas por temor al contagio, los que se creen inmunes y contagian. Los testimonios son dramáticos. También hay grandes villanos.

19:30. Una historia familiar. Mi tío abuelo fue Alfonso Villagómez Román, médico nacido en la andina Riobamba, que con apoyo de mi abuela Ana María creó una institución llamada Gota de leche para ayudar a madres lactantes y niños de bajos recursos. Alfonso fundó años después el primer hospital pediátrico del Ecuador, el Hospital de Niños. En el año 1939 se presentó en Riobamba un brote de peste bubónica, Alfonso Villagómez estuvo en primera línea atendiendo a los enfermos. Como muchos médicos de ahora, se contagió y murió. El hospital que él fundó pasó a llamarse Hospital de Niños Alfonso Villagómez. Cuando visitaba a mis abuelos en Riobamba, más de una vez me contaron la historia tanto de la Gota de leche como del hospital de niños. Lo hacían sin poder ocultar el doble sentimiento de tristeza y admiración que despertaba esa vida segada a los 37 años. Las historias que narra Delumeau me han llevado a recordarlo.

El restaurante de medianoche me espera. Hasta mañana.

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