martes, mayo 19, 2026
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Juan Cuvi

Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

Los diablos no se van al infierno

La metáfora del infierno en que se está convirtiendo el planeta por culpa del calentamiento global también es útil desde una postura religiosa. Quienes atizan el fuego no alaban al Dios de san Francisco de Asís.

Hay viejas historias que dan para reflexiones actuales. Por ejemplo, la del personaje central de un cuento de Antón Chéjov. El doctor Andrei Efímich Raguin es nombrado director de un hospital menesteroso en un pueblo olvidado de Rusia. El hospital cuenta con un pabellón para enfermos mentales donde los internos están encerrados en condiciones miserables.

Luego de veinte años de una labor tan infructuosa como frustrante, el doctor Raguin sufre una crisis psicológica que termina con su internamiento en el mismo manicomio. A la primera protesta, el guardia del pabellón le pega tal paliza que lo deja al borde de la muerte. En su agonía, el doctor Raguin se pregunta por qué durante tantos años como jefe del hospital jamás se dio cuenta de las condiciones infrahumanas en que vivían sus ahora compañeros de infortunio.

¿Por qué hay seres humanos que tienen tantas dificultades para percibir la realidad? ¿O por qué cuando la perciben no tienen la fuerza para reaccionar? ¿O por qué cuando carecen de ese impulso terminan sometidos a la inercia de los hechos? ¿O por qué después justifican situaciones por demás absurdas?

Las preguntas son pertinentes a propósito del catastrófico fenómeno del calentamiento global que –sin exageraciones ni alarmismos– amenaza la supervivencia de la vida en la Tierra. Existen élites que siguen creyendo que desde su posición privilegiada podrán hacerles el quite a los impactos climáticos. A los conocidos y a los desconocidos. En negacionismo por ignorancia, por conveniencia o por mala fe es completamente irracional.

El papa Francisco acaba de publicar la exhortación apostólica Laudato Deum (Alabad a Dios), en línea con la encíclica Laudato Si (Alabado Seas) que publicó hace ocho años. Las conclusiones son, por decir lo menos, tristes.

La mayor parte de las medidas, llamados, acuerdos, normativas, alertas, iniciativas, sugerencias, etc. realizadas en los últimos tiempos han sido sistemáticamente incumplidas, escamoteadas o soslayadas por los principales países y empresas contaminantes del mundo. Para ello han echado mano de argumentos que oscilan entre el cinismo y la ridiculez. A este paso será imposible cumplir con los más mínimos objetivos para detener el calentamiento global.

Lamentablemente, la exhortación en mención incurre en el mismo error que la encíclica que la precede: cuestiona el cascarón, pero no la yema. Se refiera a los riesgos de la tecnologización desenfrenada, pero nada dice del modelo capitalista industrial que la promueve. Francisco se cuida de no incurrir en lo que, desde el establishment, sería considerado un error fatal. Pero al mismo tiempo corre el riesgo de que su exhortación termine como un saludo a la bandera.

La metáfora del infierno en que se está convirtiendo el planeta por culpa del calentamiento global también es útil desde una postura religiosa. Quienes atizan el fuego no alaban al Dios de san Francisco de Asís. Bien haría el papa en condenar al infierno a los responsables de la emisión de gases con efecto invernadero. Al menos así les provocaría algo de miedo.

El problema es que los diablos no se van al infierno.

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