sábado, junio 13, 2026
Ideas
Álex Ron

Álex Ron

Escritor y catedrático universitario.

Colores santos

Las concesiones mineras son el artilugio jurídico para permitir la destrucción ilimitada de la naturaleza. No existe ningún tipo de control sobre el daño ambiental en la zona, los pocos funcionarios estatales encargados de poner límites a la devastación ya han sido comprados por las grandes corporaciones que utilizan el membrete de minería artesanal para extraer oro y plata.

Oxígeno, color, resplandor, neblina…

 

Amanece en la Amazonía. Camino descalzo sobre el piso de bambú de mi habitación, salgo al balcón, la niebla y los colores del río Napo se fusionan en un resplandor extraño. La selva se extiende con cientos de matices, es el lugar de encuentro entre ríos, cascadas, montañas y bosques. Allí millones de especies, respiran en medio de las pinceladas de un dios verde, delirante. 

La Amazonía no es sólo una de las regiones más biodiversas del planeta, es la zona donde vida y esperanza se enfrentan a locura y ambición. Viajar hasta el corazón del oriente ecuatoriano y escuchar la sinfonía de cigarras, ranas, monos, guacamayos, pericos, jaguares…ahí radica el esplendor y el sentido de la existencia. La idea de progreso y modernidad, con su avalancha tecnológica, ha creado un abismo entre ser humano y naturaleza. Hoy la selva ya no es vista como un lugar mágico que nos maravilla y aleja del tedio, hoy es un recurso económico más, una fuente de petróleo, metales y madera.

Navegamos por el río Napo sacudidos por el caudal de las aguas que bajan desde la cordillera, atravesamos una ribera frondosa, el guía nos dice que siguiendo por el mismo cauce se puede llegar a Manaos después de cinco días de viaje. Ver tanta exuberancia indómita y aves multicolores planeando libremente nos sumerge en un sueño líquido. De pronto, en uno de los bordes del Napo se observan tres excavadoras y una volqueta. Una decena de trabajadores, substraen arena, el fantasma de la bestia minera avanza hambrienta devastando colores y sonidos. Extraer oro sin importar la sangre de la selva, extraer oro sin comprender la respiración de la jungla ni el llanto de los manatíes…         

Las concesiones mineras son el artilugio jurídico para permitir la destrucción ilimitada de la naturaleza. No existe ningún tipo de control sobre el daño ambiental en la zona, los pocos funcionarios estatales encargados de poner límites a la devastación ya han sido comprados por las grandes corporaciones que utilizan el membrete de minería artesanal para extraer oro y plata. En lo que va del año, en la zona de Ahuano, mientras el sector turístico ha producido más de 5 millones de dólares, las concesiones no representan ni 100 000 dólares para el Estado. No existe ninguna lógica, sólo beneficios ilimitados para el tinglado de mafias mineras, grandes corporaciones y funcionarios estatales.

Cascada de Río Blanco

Los dueños de hoteles que comprenden la importancia de la conservación como el mayor capital para atraer recursos, a través del turismo de aventura, intentan que el Estado ponga freno al avance desenfrenado de pequeñas y medianas empresas mineras. El desastre es total porque no existe planificación ni racionalidad para extraer minerales, sólo pervive el ímpetu sempiterno de los saqueadores. Hablar de desarrollo cuando destruyes biodiversidad no tiene ningún sustento, es distopía total.

El paradigma extractivista del Estado y las corporaciones tiene un ethos devastador, es la antítesis de la vida. Contaminar ríos con mercurio, derribar árboles centenarios, levantar moles de cemento, dejar que siga creciendo la colonización, todo es parte del ecocidio donde todos somos responsables. ¿Por qué? Porque esta reserva de oxígeno es un lugar único, primigenio, aquí se encuentra el futuro de la humanidad, la cura para miles de enfermedades. La Amazonía es una farmacia inconmensurable y es el espacio mágico que le dota de sentido a nuestra nación.

Avanzo por una planicie de ripio, arena y piedra, la vegetación es pobre, casi desértica. Todo lo que piso, hace seis meses, era un sendero sinuoso, impenetrable donde la luz solar apenas podía filtrarse entre gigantescos castaños, cedros y caobas. Los cánticos de loros, tucanes y guacamayos han sido sustituidos por el bramido de motosierras que se escuchan a lo lejos mientras me acerco a las cascadas de Río Blanco. Encuentro tres palas mecánicas y dos camiones, algunos cedros no han sido derribados aún. Las rocas gigantescas siguen ahí, el agua de la cascada baja desde una pendiente de tres metros, el caudal ha disminuido y el agua es poco cristalina. Me sumerjo en una pequeña poza, siento alivio, aunque la sensación de plenitud y abandono se ha ido. Ya no estoy en el lugar perdido en medio de la nada, el oasis donde pude sentir la vida en su máximo esplendor y donde por unos instantes fui feliz, ya no existe.

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