viernes, agosto 28, 2026

El umbral democrático: cómo mueren las democracias sin que la sociedad lo advierta

El propósito de este análisis no consiste en afirmar que el Ecuador haya dejado de ser una democracia ni en sostener que atraviesa una dictadura consolidada. La pregunta realmente relevante es: ¿existen señales de concentración progresiva del poder que merecen ser observadas con atención?

Fernando Gavilanes

Por: Fernando Gavilanes

Durante décadas creímos que reconocer una dictadura era una tarea sencilla. Bastaba observar tanques recorriendo las calles, congresos clausurados, periódicos censurados o presos políticos llenando las cárceles. Aprendimos a identificar al dictador por el uniforme, la violencia y el miedo. Sin embargo, ese aprendizaje, suficiente para comprender buena parte del siglo XX, hoy resulta insuficiente. Mientras seguíamos buscando al dictador de ayer, apareció otro que entendió que el terror abierto tiene un enorme costo político y que, en un mundo hiperconectado, resulta más eficaz conservar las elecciones que prohibirlas, tolerar cierta crítica antes que silenciarla por completo y gobernar desde las redes sociales antes que únicamente desde los cuarteles. Las dictaduras no desaparecieron, evolucionaron.

Como señala el expresidente ecuatoriano, Rodrigo Borja, en su Enciclopedia de la política, la dictadura es, por esencia, un gobierno autoritario ejercido al margen de la ley. La definición sigue siendo válida. Lo que ha cambiado es la forma en que algunos gobiernos recorren el camino que conduce hasta ella. Conviene hacer una precisión que suele perderse en el debate público: todo dictador es autoritario, pero no todo gobernante autoritario ha consolidado todavía una dictadura. Entre ambos extremos existe un proceso gradual de concentración del poder que puede pasar inadvertido, precisamente debido a que conserva muchas de las formas externas de una democracia.

Ese es uno de los mayores desafíos políticos de nuestro tiempo. Seguimos creyendo que una democracia deja de existir el día en que se suspenden las elecciones, se clausura el Congreso o los militares toman el control del Estado. La historia reciente demuestra que ese ya no es el único camino. Hoy es posible vaciar una democracia de contenido sin destruir su apariencia. Ese proceso plantea una pregunta que rara vez tiene una respuesta sencilla: ¿en qué momento una democracia deja de ser plenamente democrática? No existe un hecho único capaz de responderla. Las democracias no suelen desaparecer de un día para otro; atraviesan una zona gris en la que las alteraciones institucionales comienzan a acumularse sin que todavía resulte evidente que la naturaleza del régimen está cambiando. Dentro de esa zona gris existe un punto al que llamaré simplemente el umbral democrático. No es el momento en que nace una dictadura: es el punto a partir del cual una democracia empieza a dejar de ser plenamente democrática sin que ese cambio resulte todavía evidente para la mayoría de la sociedad. Las elecciones continúan celebrándose, los tribunales siguen funcionando y los medios permanecen abiertos, mientras los contrapesos se debilitan hasta convertirse en simples formalidades.

Todo dictador es autoritario, pero no todo gobernante autoritario ha consolidado todavía una dictadura. Entre ambos extremos existe un proceso gradual de concentración del poder.

Al escuchar la palabra dictadura, todavía aparecen en nuestra memoria imágenes en blanco y negro: militares asumiendo el poder, presidentes derrocados, aviones bombardeando palacios de gobierno, opositores torturados o desaparecidos. Esas imágenes pertenecen a una parte dolorosa de nuestra historia y no deben olvidarse. En Argentina, entre 1976 y 1983, los llamados «vuelos de la muerte» arrojaban al mar a detenidos vivos, mientras numerosos bebés nacidos en cautiverio eran separados de sus madres. En Chile, el régimen de Augusto Pinochet disolvió el Congreso, prohibió los partidos políticos y creó una estructura estatal dedicada a perseguir opositores. La región también conoció las matanzas perpetradas por el Grupo Colina durante el gobierno de Alberto Fujimori y el exterminio de comunidades mayas ixiles bajo el régimen de Efraín Ríos Montt.

Esas experiencias nos enseñaron cómo luce una dictadura tradicional, pero también generaron una falsa sensación de certeza: creemos que solo existe una dictadura si observamos tanques, fusiles, desapariciones masivas o la suspensión abierta de las libertades. El autoritarismo del siglo XXI aprendió, sin embargo, que reprimir menos puede ser más eficaz que reprimir más. Ya no necesita desaparecer a miles de personas para conservar el poder. Prefiere administrar la información antes que prohibirla, manipular las instituciones antes que clausurarlas y construir legitimidad electoral antes que gobernar exclusivamente mediante el miedo.

Sergei Guriev y Daniel Treisman describen esta transformación en Los nuevos dictadores (Deusto, 2023). Su investigación demuestra que una parte creciente de los regímenes autoritarios abandonó los modelos sustentados principalmente en la violencia visible y adoptó mecanismos más sofisticados para conservar el poder. Los números del giro son elocuentes: en los años setenta, apenas el 13% de los dictadores del mundo pertenecía al tipo moderno; en la década de 2000, ya eran el 53%. No se trata de un cambio estético, sino estratégico. Las dictaduras modernas preservan elecciones, toleran ciertos niveles de oposición y reducen la represión abierta, no necesariamente por convicción democrática sino tras comprender que la legitimidad internacional y el respaldo ciudadano también pueden convertirse en herramientas de dominación.

La mayor paradoja del autoritarismo contemporáneo reside en su capacidad para ocultarse detrás de las formas democráticas. El dictador moderno muchas veces se reconoce no por la intensidad de la represión, sino por la sofisticación con la que evita recurrir a ella. La moderación deja de ser una virtud y se transforma en estrategia. Los opositores ya no siempre son acusados de conspiración política; resulta más eficaz presentarlos como corruptos, evasores tributarios, lavadores de activos o delincuentes comunes. La persecución continúa existiendo, pero adopta un lenguaje compatible con el Estado de derecho.

La propaganda también evolucionó. Los dictadores del siglo pasado buscaban convencer mediante el culto a la personalidad y la exaltación ideológica. Los actuales prefieren proyectar la imagen de administradores eficientes; hablan de innovación, indicadores, seguridad y resultados, dominan las redes sociales y producen una presencia comunicacional permanente que dificulta distinguir entre información, propaganda y entretenimiento. La banalidad está a la orden del día y la política termina convertida en un espectáculo en el que la imagen del gobernante importa más que el funcionamiento del Estado.

No todos los regímenes autoritarios responden a este modelo ni existe una fórmula idéntica para todos. Algunos continúan gobernando casi exclusivamente mediante el miedo; otros combinan herramientas tradicionales y modernas de acuerdo con sus circunstancias. Tampoco existe una frontera perfectamente definida entre democracia y dictadura. Lo que suele existir es un proceso gradual de erosión que puede avanzar durante años sin que la mayoría de la sociedad llegue a percibirlo.

Ese proceso constituye el objeto de este artículo. No pretende decidir si un país determinado ya es una dictadura o continúa siendo una democracia, ni utilizar ese concepto como una etiqueta para descalificar adversarios. Su propósito es identificar los patrones mediante los cuales el poder comienza a concentrarse antes de que el deterioro resulte irreversible.

I. Las mutaciones del autoritarismo moderno

Si las dictaduras evolucionaron, también tuvieron que hacerlo las herramientas que utilizan para conservar el poder. Los métodos del siglo XX respondían a un contexto completamente distinto. La información circulaba lentamente, los medios podían ser controlados con relativa facilidad y el aislamiento internacional tenía un costo menor. En ese escenario, cerrar un Congreso, prohibir partidos políticos o encarcelar opositores podía resultar suficiente para consolidar un régimen. Hoy ese mismo camino suele ser mucho más costoso. La presión internacional, la interdependencia económica y la revolución tecnológica obligaron al autoritarismo a transformarse. El objetivo continúa siendo el mismo: concentrar el poder. Lo que cambió fue la estrategia.

No existe un manual único ni todos los gobiernos recorren exactamente el mismo camino. Cada país adapta estas herramientas a su historia y a sus circunstancias. Sin embargo, al observar procesos ocurridos en distintas regiones aparecen patrones que se repiten con sorprendente frecuencia.

La primera transformación suele producirse incluso antes de llegar al poder. Muchos líderes autoritarios no prometen menos democracia, sino exactamente lo contrario. Se presentan como ciudadanos comunes, ajenos a la política tradicional, dispuestos a enfrentar a una élite corrupta que habría secuestrado el Estado. Su legitimidad nace del descontento ciudadano y de la promesa de devolver el poder al pueblo. A partir de ese momento, el debate deja de organizarse entre proyectos políticos distintos y comienza a dividirse entre quienes representan al pueblo y quienes supuestamente conspiran contra él. La polarización deja de ser una consecuencia de la confrontación democrática para convertirse en una herramienta de gobierno.

Una vez consolidado ese liderazgo, comienza una segunda transformación. El autoritarismo contemporáneo ya no necesita romper el orden constitucional; le resulta mucho más eficaz utilizarlo. Reformas constitucionales, consultas populares, mayorías legislativas o nombramientos de altas autoridades pueden convertirse en instrumentos perfectamente legales para reducir los contrapesos del poder. Viktor Orbán modificó profundamente la Constitución húngara utilizando las mayorías obtenidas en las urnas. En El Salvador, la destitución de magistrados de la Sala Constitucional y del fiscal general abrió el camino para reinterpretar la Constitución y permitir la reelección presidencial inmediata. Ningún tanque salió a las calles. Precisamente ahí radica la eficacia del nuevo autoritarismo: muchas de sus decisiones pueden presentarse como plenamente legales.

Las elecciones también cambian de naturaleza. El viejo dictador alteraba el resultado; el nuevo procura alterar las condiciones en las que ese resultado se produce. La competencia continúa existiendo, pero deja de desarrollarse en igualdad de condiciones. El uso intensivo de recursos públicos, la publicidad gubernamental, la utilización política de organismos de control, las reformas electorales o la inhabilitación de determinados adversarios pueden ir construyendo una ventaja progresiva para quien ejerce el poder. Las elecciones sobreviven, pero la alternancia comienza a debilitarse.

El autoritarismo contemporáneo ya no necesita romper el orden constitucional, le resulta mucho más eficaz utilizarlo. Reformas constitucionales, consultas populares, mayorías legislativas… pueden convertirse en instrumentos para reducir los contrapesos del poder.

Algo similar ocurre con la información. Las dictaduras modernas comprendieron que cerrar medios suele generar más costos que beneficios. Resulta mucho más eficaz influir sobre ellos. Algunos propietarios son incorporados al proyecto político; otros sobreviven bajo una presión económica o regulatoria permanente que condiciona su independencia editorial. El objetivo ya no consiste en silenciar todas las voces críticas, sino en alterar el equilibrio del debate público hasta que la narrativa oficial ocupe la mayor parte del espacio.

América Latina conoció con claridad ese proceso durante el régimen de Alberto Fujimori. No fue necesario clausurar toda la televisión. Los llamados vladivideos revelaron posteriormente cómo Vladimiro Montesinos compraba la línea editorial de distintos canales mediante pagos clandestinos. La lección era simple: controlar la credibilidad de los medios podía resultar mucho más eficaz que censurarlos.

La justicia tampoco permanece al margen de esta transformación. El autoritarismo contemporáneo rara vez persigue abiertamente a sus adversarios por sus ideas. Resulta mucho más eficaz convertirlos en sospechosos de delitos comunes. Las acusaciones por corrupción, fraude, lavado de activos o evasión tributaria trasladan el conflicto desde el terreno político hacia el judicial. El problema no reside únicamente en la existencia o inexistencia de pruebas, sino en la aplicación selectiva de la ley. Cuando unos son investigados con una intensidad que no alcanza a otros en situaciones comparables, la justicia comienza a convertirse en un instrumento político sin dejar de aparentar independencia.

Finalmente, casi todos estos procesos encuentran un aliado en las situaciones de crisis. El terrorismo, la violencia criminal, las pandemias o las emergencias económicas exigen respuestas extraordinarias del Estado. Sin embargo, la historia demuestra que las medidas excepcionales también pueden convertirse en instrumentos permanentes de concentración del poder. El estado de excepción deja de ser una respuesta temporal y pasa a convertirse en una forma habitual de gobernar. Poco a poco, la excepcionalidad se normaliza.

Ninguno de estos mecanismos, considerado de manera aislada, basta para afirmar que un país ha dejado de ser una democracia. Todos admiten una explicación razonable. El problema aparece cuando dejan de analizarse por separado y comienzan a formar un patrón. Es precisamente esa acumulación la que convierte al nuevo autoritarismo en un fenómeno mucho más difícil de identificar que las dictaduras del siglo pasado.

II. Ecuador: un caso de estudio

Toda teoría política adquiere verdadero valor únicamente si es capaz de explicar la realidad. Hasta aquí este ensayo ha descrito un fenómeno global y ha propuesto un conjunto de patrones para comprender la evolución del autoritarismo en el siglo XXI. La pregunta inevitable es si esos mismos patrones permiten interpretar el momento que atraviesa el Ecuador.

Conviene hacer una aclaración desde el inicio. El propósito de este análisis no consiste en afirmar que el Ecuador haya dejado de ser una democracia ni en sostener que atraviesa una dictadura consolidada. Esa discusión suele reducirse rápidamente a un intercambio de etiquetas que impide analizar el problema de fondo. La pregunta realmente relevante es otra: ¿existen señales de concentración progresiva del poder que merecen ser observadas con atención?

Durante los últimos años el Ecuador ha enfrentado una de las crisis de seguridad más graves de su historia republicana. La expansión del crimen organizado, el incremento de la violencia y la penetración del narcotráfico en distintas estructuras del Estado exigían respuestas extraordinarias. Negar esa realidad sería desconocer la magnitud del problema. Sin embargo, la experiencia comparada demuestra que las grandes crisis también suelen convertirse en escenarios propicios para ampliar las facultades del poder. No debido a que la amenaza sea ficticia, sino porque la excepcionalidad reduce las resistencias institucionales y sociales frente a decisiones que, en circunstancias normales, generarían un debate mucho más intenso.

Ese es uno de los principales desafíos que enfrenta hoy el país. Desde enero de 2024, el Ecuador vive bajo la figura del «conflicto armado interno» y una sucesión casi ininterrumpida de estados de excepción. Estas herramientas nacieron como instrumentos temporales para responder a situaciones extraordinarias mientras las instituciones recuperan su capacidad de actuar. Cuando esas medidas se prolongan o se repiten durante más de dos años, la discusión deja de limitarse a la seguridad y pasa inevitablemente al terreno institucional. La pregunta ya no es únicamente cuánto poder necesita el Estado para combatir al crimen, sino durante cuánto tiempo puede conservar esas facultades sin alterar el equilibrio constitucional.

Desde enero de 2024, el Ecuador vive bajo la figura del «conflicto armado interno» y una sucesión casi ininterrumpida de estados de excepción. Estas herramientas nacieron como instrumentos temporales para responder a situaciones extraordinarias.

Al mismo tiempo, resulta necesario observar otro fenómeno: la creciente personalización del poder. Las democracias sólidas descansan sobre instituciones capaces de sobrevivir a cualquier gobierno. Los sistemas personalistas, en cambio, concentran las expectativas públicas en una sola figura. Poco a poco, la seguridad, la economía, la política exterior e incluso el funcionamiento de los organismos del Estado dejan de percibirse como resultado de un entramado institucional y comienzan a identificarse con la voluntad del gobernante. La consecuencia es paradójica: cuanto más fuerte parece el liderazgo, más dependiente se vuelve el sistema de una sola persona.

En ese contexto adquiere especial importancia la independencia de la justicia, de los organismos de control y de las autoridades electorales. No basta con que existan; deben conservar la autonomía suficiente para ejercer sus funciones sin presiones políticas y con criterios previsibles para todos los ciudadanos. Lo verdaderamente preocupante no son decisiones aisladas, sino la eventual aparición de un patrón: investigaciones cuya oportunidad despierta interrogantes, organismos que dejan de ser percibidos como árbitros imparciales o decisiones que parecen aplicarse con distinta intensidad según el actor político involucrado. Las democracias no se pierden por una sola decisión. Se pierden por la acumulación de decisiones que, observadas de manera aislada, parecen compatibles con el Estado de derecho. La preocupación aparece cuando esas señales dejan de ser episodios independientes y comienzan a acumularse en una misma dirección. Es precisamente esa acumulación la que acerca a un país al umbral democrático: el punto en el que el deterioro institucional deja de ser excepcional y empieza a modificar la naturaleza del régimen.

Algo similar ocurre con la libertad de expresión. Una democracia no depende únicamente de la existencia formal de medios críticos, sino de la posibilidad real de cuestionar al poder sin temor a represalias. La autocensura constituye uno de los indicadores más difíciles de medir y, al mismo tiempo, uno de los más reveladores. Cuando periodistas, académicos, empresarios o ciudadanos empiezan a preguntarse si determinadas opiniones pueden traer consecuencias personales o profesionales, el deterioro deja de expresarse mediante prohibiciones explícitas y comienza a instalarse silenciosamente en el comportamiento de la sociedad.

Y esa pregunta no nace en el vacío. En septiembre de 2025, Fundamedios alertó sobre la compra de dos medios de comunicación —La Posta y Radio Centro— por parte de una empresa cuyo único accionista es un asambleísta alterno del movimiento oficialista. Las transacciones estuvieron sujetas a cláusulas de confidencialidad que dificultan conocer las condiciones completas de la operación; la organización advirtió sobre «la entrada directa de actores políticos en la propiedad de medios».

Antes, en 2024, la periodista Alondra Santiago vio revocada su visa de residencia mediante una resolución sustentada en informes reservados que invocaban razones de seguridad del Estado, luego de la difusión de un video crítico. En 2025, el reportero español Lautaro Bernat fue deportado mientras cubría protestas, también mediante un procedimiento apoyado en un informe confidencial.

Ningún periodista está preso. Ningún medio ha sido clausurado. Ese es, precisamente, el punto: el deterioro moderno no necesita ninguna de las dos cosas.

Las redes sociales han profundizado este fenómeno. Nunca había sido tan sencillo construir una narrativa oficial ni desacreditar voces críticas mediante campañas coordinadas de desinformación, ataques digitales o estrategias permanentes de polarización. El debate público deja entonces de organizarse alrededor de hechos verificables y comienza a estructurarse mediante emociones, identidades y lealtades. El adversario político deja de ser alguien que piensa distinto para convertirse en un enemigo cuya legitimidad es cuestionada.

Nada de lo anterior permite afirmar que el Ecuador haya dejado de ser una democracia. Pero tampoco sería riguroso ignorar que varios de los mecanismos descritos en este ensayo forman parte del debate político nacional. Precisamente por ello merecen ser discutidos con serenidad, sin prejuicios y antes de que la confrontación termine sustituyendo al análisis institucional.

Las democracias rara vez colapsan de un día para otro. Suelen deteriorarse gradualmente, mediante decisiones que, consideradas de forma aislada, parecen razonables o incluso necesarias. Por esa razón, el mayor riesgo no consiste únicamente en identificar una dictadura consolidada, sino en dejar de reconocer las señales que anuncian el desgaste progresivo de la democracia mientras ese proceso todavía puede corregirse.

Conclusión

Las dictaduras del siglo XXI ya no se parecen a las que América Latina conoció durante la Guerra Fría. En muchos casos conservan elecciones, constituciones, tribunales y parlamentos. Precisamente por eso resultan más difíciles de identificar. Su fortaleza no reside en destruir de inmediato las instituciones, sino en transformarlas lentamente hasta que dejan de cumplir la función para la que fueron creadas.

La historia demuestra que ninguna democracia es inmune a ese proceso. Las instituciones no se debilitan únicamente por la ambición de quienes gobiernan, sino también por la indiferencia de quienes dejan de vigilarlas. Cuando la sociedad acepta como normales prácticas que antes habrían generado alarma, el deterioro institucional deja de percibirse como una excepción y comienza a formar parte de la vida política cotidiana.

Ese es, probablemente, el mayor desafío de nuestro tiempo. El debate ya no consiste únicamente en determinar si un país vive o no bajo una dictadura, sino en reconocer los mecanismos que permiten la concentración progresiva del poder mientras aún es posible detenerla. Esperar a que aparezcan los signos clásicos del autoritarismo puede significar llegar demasiado tarde.

Tal vez la verdadera tarea de nuestra generación no sea reconocer una dictadura, sino advertir que una democracia está cruzando su umbral antes de que ese proceso resulte irreversible..

Por esa razón, la defensa de la democracia no puede depender de simpatías ideológicas ni de afinidades partidistas. Las reglas que hoy protegen a nuestros adversarios serán las mismas que mañana protegerán nuestros propios derechos. Cuando la independencia judicial, la libertad de expresión, los organismos de control o la integridad de los procesos electorales empiezan a debilitarse, pierde mucho más que la oposición de turno: pierde la democracia.

La pregunta, entonces, no es únicamente cómo reconocer una dictadura, sino si seremos capaces de identificar las primeras señales de su construcción mientras todavía existe la posibilidad de corregir el rumbo.

Tal vez la verdadera tarea de nuestra generación no sea reconocer una dictadura, sino advertir que una democracia está cruzando su umbral antes de que ese proceso resulte irreversible. Y quizá la pregunta que las futuras generaciones nos hagan no sea cómo perdimos la democracia, sino algo mucho más inquietante: ¿en qué momento empezamos a dejar de ser una democracia sin haber sido capaces de advertirlo?

 

Fernando Gavilanes

Fernando Gavilanes

Consultor político

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