No en abstracto, ni con los datos de los “objetivos de alto valor” capturados o neutralizados por el bloque de seguridad, ni con los principios del programa de macro seguridad integral. Esperamos garantías concretas para salir de nuestras casas con tranquilidad, sin miedo, y con la expectativa de que regresaremos con vida. Que no sufriremos perturbaciones en nuestro camino y que podremos mantener nuestra autonomía y cordura. Y que esta posibilidad no sea producto de discursos electorales.
¿Es tan absurdo aspirar a esto?
Las recientes desapariciones de mujeres y hombres en Quito y en otras ciudades ecuatorianas, algunas de ellas con el corolario de un asesinato o de una muerte en circunstancias extrañas, nos indican que el sosiego se está convirtiendo en un objetivo cada vez más difícil de conseguir.
Nos demuestran, además, que, a pesar de la tecnología, las cámaras ni siquiera están sincronizadas, que unas marcan una hora, y otras un tiempo distinto. ¿Cómo pueden estos dispositivos ayudar a descubrir los entretelones de una desaparición con estas discordancias? Hemos advertido que tampoco nadie las mira. Peor con detalle y real interés por observar y apreciar aquello que muestran. Y a pesar de que hay personal encargado de revisarlas, en tiempo real y 24/7, como dicen.
Esperamos respuestas, acordes con las palabras de los más altos voceros gubernamentales, que se han descrito como sensibles a las voces ciudadanas expresadas en los espacios públicos. En efecto, somos millones de ecuatorianos quienes estamos preocupados por la inseguridad en sus diversas manifestaciones.
Según datos de Primicias, entre mayo y junio de este año hubo 230 denuncias de desapariciones solo en Quito. Felizmente fueron encontradas 197 personas. Pero murieron 16 y todavía siguen desaparecidas 17.
Al decir de voceros estatales y gubernamentales, un elemento que añade gravedad a estas desapariciones es que algunas de ellas son voluntarias y están vinculadas, presuntamente, con situaciones de fragilidad o de problemas generados por diversas circunstancias: presiones laborales, angustias económicas, dificultades familiares, entre otros.
¿Tienen algún sustento estas versiones? Muy complejo corroborarlas. Las víctimas o están desaparecidas o murieron. Las afirmaciones han sido dichas por agentes oficiales, varios de ellos elementos operativos en el ámbito de la protección ciudadana. Estas declaraciones, acaso, ¿apuntan a culpabilizar a las víctimas y a sus familias? Difícil de aseverarlo. Es una duda, una conjetura, tal como las aseveraciones de esos funcionarios.
Pero supongamos que tienen algún sustento con la realidad, ¿qué está haciendo en específico la Vicepresidencia de la República, suscriptora del Pacto Nacional por la Salud Mental? ¿Qué medidas ciertas de prevención están ejecutando sus personeros frente a las angustias que viven millones de ecuatorianos a consecuencia de la violencia que asola a casi todo el territorio? ¿O frente al desempleo, la imposibilidad de recibir atención médica en condiciones oportunas, dignas y eficaces, eficientes? ¿O frente a los riesgos que viven los estudiantes no solo de la educación media, sino de la universitaria? ¿Qué acciones han emprendido para sensibilizar a la sociedad y volverla copartícipe y corresponsable de estos hechos?
Es que, lamentablemente, ésta es una época en la cual se ha acrecentado el distanciamiento social y hay menoscabo en las relaciones humanas, Pero estas circunstancias no explican ni revelan los motivos de las desapariciones. El dolor de tantas familias y de las propias víctimas de estos hechos no puede seguir siendo ignorado.
Una entrevista que detalla con conocimiento y claridad sobre este trance es la que el martes 4 de agosto dio la presidenta de la Fundación Aldea, Geraldine Guerra, sobre las desapariciones, en particular de jóvenes y adolescentes. La trasmitió la radio Sucesos en su noticiero <https://www.youtube.com/live/BGr8iiUEjIk?si=X8e-bA7yjkEq8xrC>, hacia el final. Sus observaciones apuntan a dar cuenta de la desidia gubernamental y estatal frente a este problema, pero también responsabiliza a la sociedad nacional por su indiferencia y desconocimiento. Hay mucho por hacer, fue su mensaje.
Que ni una persona más desaparezca.
