La derrota electoral del correísmo ha evidenciado la ceguera ejemplar de su máximo caudillo, el ex presidente Rafael Correa. Ha expuesto su ignorancia sobre el dinamismo ecuatoriano. Y ha exhibido también su distancia con las sensibilidades mayoritarias de los ecuatorianos. Tamaño extravío lo ubica como un cabecilla desubicado e incapaz de percibir, peor comprender, la realidad compleja del país que trató de hundir durante 10 años; y al que subestima, tanto como a quienes no coinciden con sus posturas. Una palabra sintetiza su actuación: arrogancia.
La ofuscación de Correa, y es lo más peligroso de ella, contagió a muchos ecuatorianos y los contaminó de intolerancia, polarización e incapacidad para mirar la realidad por fuera de las lentes del ex jefe de estado. Los volvió sectarios.
Esa actitud está alimentada por la permanente evocación de lo ideológico y el constreñimiento que esto favorece cuando es convertido en corsé para ajustar aquello que no gusta y desconfigurar el perfil real. Desde esta perspectiva lo ideológico se convierte en algo tóxico y en una barrera para aceptar la realidad, enfrentarla y modificarla, si así lo desearan. ¿Por qué? En palabras de @EnriqueKrause, en su magistral Spinoza en el parque México, porque desde las ideologías es posible evitar los hechos incómodos, y quedarse en las abstracciones que mantienen el statu quo y no perturban.
Desde aquella postura, tremendamente conservadora, y nada crítica, ciertos espacios sociales se volvieron territorios en donde la exposición de dudas o la simple enunciación de preguntas fueron y aun son percibidas como ataques personales. Espacios de creyentes, donde lo diferente aparece como una herejía.
Una de esas comarcas, con obvias excepciones, por cierto, es la de las encuestadoras y de la llamada comunicación política. El uso que el correísmo hizo de este sector aportó a convertirlos en los nuevos gurús, expertos en anticipar el futuro y en saber qué hacer para entregar una imagen mejorada o maquillar una estampa deteriorada.
Las últimas semanas antes del triunfo electoral del candidato presidente Daniel Noboa fueron y siguen siendo un espacio excepcional para apreciar y ratificar las equivocaciones de las encuestas y de quienes se sustentaron en ellas para examinar los escenarios electorales… y equivocarse del medio a la mitad.
¿Qué pasó? Difícil responder sin investigar con rigurosidad. El caso es que desde hace rato los sondeos no atinan. ¿Se equivocan en sus metodologías? ¿Mantienen poca rigurosidad? ¿No consiguen captar la confianza de sus entrevistados? ¿Hay problemas de transparencia? ¿Buscan indagar datos de la realidad o son dispositivos de propaganda? No lo sé. Pero elección tras elección verificamos y ratificamos que un alto número de encuestadores no acierta, y, al contrario, desconcierta a los electores y a los analistas.
Otra posible hipótesis es que tienen dificultades para acercarse a sus entrevistados. ¿Por subestimarlos, acaso? No es extraño advertir en algunos de sus exponentes referirse con cierto desdén a los ciudadanos. Menospreciar su intuición, su saber y su experiencia.
Creo que a quien opina, estudia, reflexiona o escribe sobre la realidad nos corresponde una buena dosis de humildad, prestar mayor atención a las palabras de nuestros compatriotas y reconocer la perspicacia de muchísimos ecuatorianos. El ciudadano común, al que tantos denominan el pueblo, discierne mucho más de lo que podamos advertir y aceptar. El sentido común, tantas veces denostado o el saber popular, igualmente burlado no en pocas ocasiones, encierra sabiduría.
Es hora de escuchar, de desentrañar y de respetar la voz de ese ciudadano común mayoritariamente expresada el pasado domingo. Una voz que clama por seguridad, tranquilidad, justicia, educación, democracia, dignidad y solidaridad. En suma, por un gobierno que actúe dentro de lo que conocemos como la socialdemocracia.
