viernes, junio 5, 2026
Ideas
Susana Cordero de Espinosa

Susana Cordero de Espinosa

Miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

De mi última lectura

Me he sustentado esta última  semana  con una narración extraordinaria, fruto de investigaciones e inquietudes sobre la vida de Miguel Hernández, el poeta pastor de Orihuela, uno de los grandes de habla española del siglo XX.

Más allá del Expreso, diario que compramos cada día y que tiene editorialistas como Roberto Aguilar o Martín Pallares, con capacidad excepcional de análisis, sin que los demás queden atrás, cuyo contenido leemos con la triste sensación de llenarnos de análisis y síntesis de hechos y verdades irreconciliables con lo que soñábamos y seguimos soñando para nuestra patria, en la certeza de un gobierno inutilizado por su propia necedad, nuestra vida intelectual se alimenta con otras lecturas.

Me he sustentado esta última  semana  con una narración extraordinaria, fruto de investigaciones e inquietudes sobre la vida de Miguel Hernández, el poeta pastor de Orihuela, uno de los grandes de habla española del siglo XX, autor, a sus veinticinco años, de una de las dos más bellas elegías escritas jamás en español, la que él creó a la muerte de su amigo Ramón Sijé: Yo quiero ser llorando el hortelano / de la tierra que ocupas y estercolas / compañero del alma, tan temprano…  La otra elegía, Coplas a la muerte del maestre don Rodrigo, su padre, de Jorge Manrique, escrita siglos antes, en 1477, empieza exhortando el lector: Recuerde el alma dormida / avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida / cómo se viene la muerte / tan callando…

Hoy me referiré más por menudo a la bella, profunda e irremediablemente dura biografía titulada Miguel Hernández, Pasiones, cárcel y muerte de un poeta, por José Luis Ferris.

Hernández, inmenso poeta, vivió apenas treinta y un años, entre 1910 y 1942, y los tres últimos, después de haber luchado denodadamente en el ámbito de los vencidos durante la atroz Guerra Civil Española —entre 1936 y 1939— condenado a cadena perpetua,  en un encierro  sin misericordia,  pasó de cárcel en cárcel. Su tuberculosis requería a gritos cuidados, auxilio, pero como él jamás renunció a su militancia de izquierda, como se lo pedían tantos amigos, aunque solo fuera para ser tratado con más dignidad en la posguerra atroz, solo al final fue enviado a un hospital. Dejo contar a Ferris:

Miguel nos recitaba —recuerda Buero Vallejo— alguno de los poemas en los que había estado trabajando por la noche o en otros momentos. He relatado en más de una ocasión que, por ejemplo, la primera vez que yo oí el poema “Sepultura de la imaginación” fue de sus labios, y aún no lo sé, porque él no me lo llegó a especificar, pero me dio toda la impresión de que había sido creado en la propia cárcel de Toreno la noche anterior: Un albañil quería… No le faltaba aliento. / Un albañil quería, piedra tras, piedra, muro / tras muro, levantar una imagen al viento / desencadenador en el futuro. // Quería un edificio capaz de lo más leve. / No le faltaba aliento. ¡Cuánto aquel ser quería! / Piedras de plumas, muros de pájaros los mueve / una imaginación al mediodía.

Allí Fernández continúa su itinerancia carcelariacárceles de Conde de Toreno, Ocaña, Palencia y Alicante— que dura hasta el final de su vida, el 28 de marzo de 1942. En la cárcel continúa la escritura de lo que conocemos como Cancionero y romancero de ausencias. Lejos de su mujer, de su hijo, de la libertad, de la vida, transmite siempre el dolor junto a la esperanza…

Se resistió al fascismo hasta la propia muerte, a pesar de que otros presos y amigos le aconsejaban renunciar a su adhesión republicana aunque solo fuera para salvarse, lo que nunca aceptó. Disimulaba ante los suyos los avances de la enfermedad y escribía en una carta que su padre nunca contestó: “Cuidaos mucho la madre y tú, que todavía y siempre nos haréis falta a vuestros hijos”…

Y escribió para su hijito pequeño Manuel José, al que no pudo conocer sino días antes de su muerte, Las ‘Nanas de la cebolla’, pues su esposa, Josefina Manresa, le contaba que en la guerra se alimentaban muy mal:  La cebolla es escarcha / cerrada y pobre: / escarcha de tus días / y de mis noches. Hambre y cebolla:/ hielo negro y escarcha / grande y redonda. // En la cuna del hambre / mi niño estaba. / Con sangre de cebolla / se amamantaba. // Pero tu sangre, / escarchada de azúcar, / cebolla y hambre. // Una mujer morena, / resuelta en luna,/  se derrama hilo a hilo / sobre la cuna. //Ríete, niño, / que te tragas la luna / cuando es preciso. // Alondra de mi casa, / ríete mucho. / Es tu risa en los ojos / la luz del mundo. / Ríete tanto / que en el alma al oírte, / bata el espacio. // … //  Desperté de ser niño. / Nunca despiertes. / Triste llevo la boca. / Ríete siempre. / Siempre en la cuna, / defendiendo la risa / pluma por pluma.

Llegaron los últimos meses de los largos y atroces años de encarcelamiento, en que el poeta gozó de ánimo para escribir composiciones finales de su “Cancionero y romancero de ausencias”: “Eterna sombra”, “Vuelo”, “El hombre no reposa…” o el poema que reproduzco: “Sigo en la sombra, lleno de luz; ¿existe el día? /
¿Esto es mi tumba o es mi bóveda materna?/
Pasa el latido contra mi piel como una fría /
losa que germinara caliente, roja, tierna//
Es posible que yo no haya nacido todavía, / o que haya muerto siempre. La sombra me gobierna./
Si esto es vivir, morir no sé yo qué sería, /
ni sé lo que persigo con ansia tan eterna. //
Encadenado a un traje, parece que persigo /
desnudarme, librarme de aquello que no puede /
ser yo y hace turbia y ausente la mirada //.
Pero la tela negra, distante, va conmigo /
sombra con sombra, contra la sombra hasta que ruede / a la desnuda vida creciente de la nada.

Si esto es vivir, morir no sé yo qué sería, comprueba el poeta y confiesa: ni sé lo que persigo con ansia tan eterna…

El 28 de marzo, de 1942, a los treinta y un años, muere el poeta en la cárcel de Alicante.

Tiempo fugaz… Quienes dicen que al poeta le bastó para convertirse en una voz esencial en la literatura española del siglo XX, dicen bien; pero no lo suficiente: hay quien piensa que las condiciones implacables de su prisión fueron peores que el  paredón de fusilamiento.  Vicente Aleixandre, otro gran poeta y amigo de Hernández escribió en 1946: Nadie gemirá nunca bastante. / Tu hermoso corazón nacido para amar / murió, fue muerto, muerto, acabado, cruelmente acuchillado de odio… /¡Ah! ¿Quién dijo que el hombre ama? /¿Quién hizo esperar un día amor sobre la tierra?…

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