miércoles, agosto 26, 2026
Ideas
Paúl Trujillo

Paúl Trujillo

Gestor de capital privado, con un masterado en Riesgos Financieros.

El silencio también toma partido: en memoria de quien tuvo el coraje de no callar sus principios

Mónika Silva Koniuszek entendió que la verdad no sirve de nada si permanece encerrada en la conciencia de quienes la conocen. Tuvo la valentía de hablar cuando otros preferían mirar hacia otro lado. Y aunque eso implicó riesgos, persecuciones, hostilidad y hasta perder la vida, decidió no traicionarse a sí misma.

Vivimos en una época donde muchas personas han comenzado a tener más miedo de la reacción social que de la mentira misma. Nos preocupa demasiado cómo seremos percibidos, qué dirán los demás, cuántas críticas recibiremos o cuántas puertas podrían cerrarse si decidimos expresar con honestidad lo que pensamos. Y poco a poco, sin darnos cuenta, terminamos negociando nuestros principios a cambio de aceptación, comodidad o tranquilidad momentánea.

Pero hay una verdad incómoda que debemos enfrentar: el silencio también toma partido.

Las cuestiones en las que te da reparo posicionarte por temor a lo que otros puedan pensar terminan limitándote. Porque cada vez que callas algo que consideras injusto, cada vez que decides no defender un valor por miedo al rechazo, cedes espacio. Y el espacio que abandonan las personas con principios siempre termina siendo ocupado por quienes no tienen escrúpulos para imponer su narrativa.

Hoy vivimos una crisis donde la crítica se ha vuelto fanática y la defensa, sectaria. Mucha gente ya no distingue entre una opinión y un hecho. Se ha normalizado atacar personas en lugar de debatir ideas. Y en medio de esa polarización, miles de ciudadanos honestos prefieren callar para evitarse problemas. Ese es precisamente el terreno donde prospera la corrupción, la manipulación y el abuso de poder: una sociedad donde la gente buena se acostumbra a guardar silencio.

Por eso la vida, la lucha y el crimen de Mónika Silva representan algo mucho más profundo que una denuncia aislada. Mónika Silva Koniuszek entendió que la verdad no sirve de nada si permanece encerrada en la conciencia de quienes la conocen. Tuvo la valentía de hablar cuando otros preferían mirar hacia otro lado. Y aunque eso implicó riesgos, persecuciones, hostilidad y hasta perder la vida, decidió no traicionarse a sí misma.

Ahí reside la verdadera virtud del activismo auténtico: no en la búsqueda de aplausos, sino en la coherencia moral. El verdadero activista no es quien grita más fuerte, sino quien mantiene la dignidad incluso cuando hablar tiene consecuencias irreversibles. Porque defender principios cuando es cómodo no tiene mérito; el carácter se revela cuando sostener la verdad implica perder popularidad, amistades, oportunidades o la seguridad personal.

Debemos entender algo fundamental: si no permites que tus valores impregnen todo lo que haces, terminarás permitiendo que los valores de otros impregnen todo lo que te rodea. La neutralidad absoluta frente a la injusticia no existe. Cuando las personas correctas renuncian a participar en la conversación pública, quienes sí participan terminan definiendo la cultura, la política y hasta los límites de lo moral.

Y eso tiene consecuencias devastadoras. Una sociedad donde la gente honesta calla por miedo, termina siendo gobernada por quienes no sienten vergüenza de mentir, manipular o intimidar. El problema no es únicamente la existencia de personas corruptas; el problema es la pasividad colectiva que les permite avanzar sin resistencia.

Por eso hoy el llamado no es solamente a recordar a Mónika Silva, sino a recuperar el valor de la convicción. Hablar con responsabilidad. Defender la verdad con argumentos. Diferenciar hechos de propaganda. No dejarse domesticar por el miedo social. Comprender que la libertad de conciencia pierde sentido si jamás se expresa.

No todos están llamados a ser activistas visibles, pero todos sí estamos llamados a ejercer integridad. A no normalizar lo incorrecto. A no convertirnos en espectadores indiferentes. A no permitir que el miedo decida por nosotros qué merece ser dicho y qué debe permanecer oculto.

Porque al final, las sociedades no se destruyen únicamente por la maldad de unos pocos. También se destruyen cuando las personas con principios dejan de actuar conforme a lo que saben que es correcto.

Y quizá la mejor manera de honrar la memoria de quienes tuvieron el coraje de denunciar y por esa razón ya no están con nosotros, sea precisamente esa: negarnos a vivir arrodillados frente al miedo.

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