martes, septiembre 8, 2026

“Las bestias del Apocalipsis” de Óscar Molina: civilización y barbarie posmoderna

Las bestias…, de Óscar Molina, pueden ser catalogadas como intervenciones políticas de un cataclismo sobre la realidad que nos cobija, cada vez más caótica, sin sentido y superficial.

Andrés Lasso Ruales

Por: Andrés Lasso Ruales

La irrupción a la literatura ecuatoriana de Óscar Molina (1987) fue delicada, provocativa y performática, tal como es su escritura de no ficción. Molina ingresó a las letras nacionales con fuerza, duro y sin perder la ternura. El bestiario del también cronista ecuatoriano es un artefacto realista de una descripción sutil, exhaustiva contundente y a veces desgarradora con un estilo símil a unos de sus referentes o escritores más admirados, Pedro Lemebel (1952-2015) que dejó un legado en la crónica y en la ficción latinoamericana.

El escritor chileno fue un provocador nato, su obra y escritura son una gran crítica política y social cultural del Chile del siglo XX y porque no de América Latina. Entre 1987 y 1993, Lemebel junto a Francisco Casas formaron el dúo denominado: Las Yeguas del Apocalipsis, intervenciones y posicionamientos artísticos-políticos en ese Chile golpeado por la mano dura del tirano y genocida, Augusto Pinochet (1915-2006). Ambos artistas buscaban criticar el abuso, el sesgo religioso, los prejuicios y todos los vicios que tiene toda dictadura. Las Yeguas… sin compromiso no pertenecían a corriente artística o partido político alguno del país trasandino; sólo les interesaba dar voz a los silenciados y combatir la injusticia.

Lirema
Óscar Molina. Foto de Carlos Noriega

Las bestias de Molina, al igual que el performance de Lemebel y Casas, también pueden ser catalogadas como intervenciones políticas de un cataclismo sobre la realidad que nos cobija cada vez más caótica, sin sentido y superficial. El escritor ecuatoriano en estos cuentos sobre animales expone una visión política y social, no sólo de la ecuatorianidad sino de lo universal, dónde cuestiona el pensamiento, la moral, la creencia, la tradición y por supuesto, la identidad ¿qué es un ser humano?, ¿qué tan alejados estamos de lo animal?: una civilización y barbarie posmoderna.

Lirema está compuesto por 13 cuentos y fue publicada por Severo Editorial, que ya se ha convertido en la vanguardia de las letras nacionales en este siglo e incluso me atrevo a decir que ha construido un canon literario de esta centuria.

Molina comparte espacio en este delicado y ya memorable sello editorial icónico de la literatura ecuatoriana contemporánea, con autores y autoras destacadas como: Mónica Ojeda, Daniela Alcívar Belloilo, Andrés Cadena, Sandra Araya, Yuliana Ortiz, Santiago Cevallos González, Roy Sigüenza y Alicia Ortega por nombrar algunos y algunas.

En este ensayo analizaremos dos relatos de la primera ficción de Molina.

Lirema

“Todo multiplicado, todo mildividido”

Molina en estas ficciones breves construye una prosa elegante y con una fuerza descriptiva apabullante y un ejemplo de esas características es el cuento: Los arfos son invisibles, la historia de una mosca y una libélula que se encuentra en la vida por el producto del azar, y no es exagerado pero presumo que el escritor estudió todo sobre estos insectos para plasmarlos en su relato. Tal es su precisión que parece que su profesión viene de la Biología o Veterinaria, por ejemplo a la libélula la describe de la siguiente manera:

“Cuatro alas trans-parentes, vidriadas, abiertas en crucifixión.

Un abdomen elongado, alarmante de tan rojo.

Dos orbes celestes. Una cara que es puro ojo

Todo multiplicado, todo mildividido”.

Esa mirada microscópica de Molina con sus dos personajes, tal vez sea un buen pretexto para narrar el mundo contemporáneo y las clases políticas-sociales que existe en toda comunidad. Él va de lo particular a lo general:

“ Vio con anticipación, en c á m a r a l e n t a, la gorra vacía. La gorra se estrelló contra la superficie anversa de la resbaladera y ni siquiera la rozó. La mano que la arrojó tiene trece años, aún pocos pelos. El adolescente esperaba atrapar a la libélula. En el centro de su trampa sudorosa, sin embargo, no encontró nada. La libélula alcanzó a seguir a la mosca. Ambas ya descansan sobre la boca llena del labial de óxido de un basurero metálico. La mosca la recorre. El sabor del mundo está en sus patas”.

En este pasaje, el autor va de la supervivencia al descanso, al relax de la cómoda existencia, el adolescente. Si nos ponemos lúdicos con el análisis, el muchacho podría ser el capital, el consumo, y el labial o el basurero son las redes sociales que nos permite observar y estar en el mundo, acaso, el universo digital no puede ser un vertedero en dónde podemos ser selectivos para revisar que es lo que preferimos y lo que descartamos.

Estos bichos del escritor ecuatoriano también nos lleva a ese cuento memorable de la escritora brasilera: Clarice Lispector (1920-1977 ): Una gallina. En este relato la autora metaforiza el mundo a través de una gallina que escapa de su destino, incluso la coincidencia es que huía de un jovenzuelo:

“De tejado en tejado recorrió más de una manzana de la calle. Poca afecta a una lucha más salvaje por la vida, la gallina debía decidir por sí misma los caminos a tomar, sin ningún auxilio de su raza. El muchacho, sin embargo, era un cazador adormecido. Y por ínfima que fuese la presa había sonado para él, el grito de conquista.

En esta compilación de cuentos, Molina también se instala en la tradición de la literatura política. Lirema es una sutil evocación o delicado guiño a otro estilo vanguardista importantísimo que marcó a la literatura latinoamericana.

Sola en el mundo, sin padre ni madre, ella corría, respiraba agitada, muda, concentrada”.

Es que Molina con estos cuentos se instala en esa tradición muy latinoamericana de narrar la animalidad, las bestias, para criticar a la realidad que nos embarga; es una manera sutil de hacer política; la mosca como una persona pobre que se conforma o sobrevive con lo que tiene y no se exige por su condición económica:

“La mosca recorre una manzana carcomida. Estira el labelo curioso, lo golpetea contra la sobra. Vuela breve hacia una cáscara de papa. Cerca hay un hueso de pollo pelado, un coágulo de sangre como blush. Nada aquí es carne que se pudre. Nada aquí se descompone, apesta, invita”.

Otra arista sociológica que el cuentista suelta en este relato, es la condición de identidad. Se presumen que son hembras la libélula y la mosca porque, tal vez, para el autor lo que verdaderamente importa es la vida y las sensaciones que esta brinda en el camino. Después de que ambos insectos escapan del flagelo ocasionado por el muchacho del parque, transitan una serie de peripecias para que después Molina magistralmente exponga que el amor puede llegar de repente y sin pedir permiso:

“La mosca y la libélula se posan, al fin, en un lirio. La mosca: en el filo de esa lengua nívea, y retorcida. La libélula en la punta amarilla, excitada, del estilo. Las cuatro alas divinas de la libélula empiezan a batiserbatirsebatirsebatirse hasta empujar a la mosca, con su corriente el fondo de esa suave catedral blanca. Ahí, sexuales y gloriosas, la mosca y la libélula copulan”.

“Era de piel de lirema, el pez puñal. El pez vedado”

En esta compilación de cuentos, Molina también se instala en la tradición de la literatura política. Lirema es una sutil evocación o delicado guiño a otro estilo vanguardista importantísimo que marcó a la literatura latinoamericana. Se trata de la narrativa del novelista argentino, Manuel Puig (1932-1990). El escritor en sus novelas contextualiza la situación política, la tamiza para causar un efecto en los lectores, por ejemplo cuando uno de sus personajes de El beso de la mujer  araña (1976) cuenta sobre la película, La mujer pantera:

“es como una alegoría, muy clara además, del miedo de la mujer a entregarse al hombre, porque al entregarse al sexo se vuelve un poco animal ¿te das cuenta?”.

Lirema, además de ser un cuento político es una especie de thriller de serie de plataforma streaming por la forma y la habilidad literaria que tiene el autor en sugerir y crear suspenso:

“Esa tarde, cuando llamaron a la casa, tú estabas cocinando. Yo escuchaba baladas y boleros encerrado en mi cuarto. De repente abriste la puerta sin tocar, me dijiste que me apurara, que me vistiera rápido, que teníamos que salir de urgencia a buscar a mi hermano. De camino al lugar, en el bus, te pregunté qué pasó y tú sólo respondiste:

«No pasó nada, nada. No molestes». Luego te quedaste callado.

El escritor, dentro de este relato que da el nombre al libro, hace una operación interesante con lo referente animal; coloca algunas bestias como una especie de marco mientras que el narrador cuenta el suceso y la salida de su casa tras un hecho inesperado:

“Yo había dejado de ver el león muerto y me había fijado en tus pies. Una hormiga roja trepaba por el dedo gordo de tu pie izquierdo, pero tu ni siquiera sentías ese caminar. Otras dos hormigas se paseaban por el caucho de tu zapatilla como en un país nuevo, prometido. Sentí otra vez el deseo de decírtelo, Énver, pero me callé”.

Con este cuento, Molina revolucionará la literatura ecuatoriana, así como lo hizo Pablo Palacio (1907-1946) hace casi cien años con Un hombre muerto a puntapiés, porque su narración sugiere e invita a los lectores a que saquen su propia interpretación, no tiene un tiempo determinado porque el hecho puede suceder en cualquier época. Lirema es una especie de trueno en medio de la tormenta, un rastro en la incertidumbre de un mundo cada vez más violento. La buena literatura se queda en el entre, donde no hay final absoluto ni inicio correcto. Molina con este cuento se consagra en una de las voces más potentes de las letras ecuatorianas:

“Quizá fue por los escalofríos de ver a ese hombre detenido, pero me volvieron las ganas de orinar. Esa segunda vez iba a decírtelo, sin importar lo que pensaras. Iba a pedirte que me acompañaras afuera. Pero cuando estuve por abrir la boca, distinguí por las botas del tipo detrás el escritorio una mancha café que avanzaba y se detenía, avanzaba y se detenía. La miré fijamente y la reconocí era una cucaracha monzona. Quizá era la misma especie que encontrábamos en la cocina, o en el baño o bajo las almohadas. Las cucarachas saben ser siempre las mismas: pétalos oscuros voraces. Indefectibles”.

 

 

Andrés Lasso Ruales

Andrés Lasso Ruales

Cronista y ensayista. Máster en politícas ambientales y territoriales por la Universidad de Buenos Aires. 

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