“Recorrer hospitales no es lo mismo que gobernar el sistema de salud”
Con la llegada de un nuevo ministro de Salud Pública vemos en televisión y redes sociales un ritual conocido: visitas y recorridos por hospitales, centros de salud y, por supuesto, “las fotos”. Las imágenes muestran al ministro caminando por corredores, conversando con profesionales, revisando el abastecimiento de medicamentos e insumos en sus farmacias.
Sus redes sociales dicen “Más territorio, menos escritorio”.
Pero debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿podemos medir el trabajo de un ministro de Salud por la cantidad de hospitales y centros de salud que recorre mientras los indicadores del sistema continúan mostrando problemas estructurales?
Recorrer un hospital no es malo. Un ministro debe conocer de primera mano cómo funciona el sistema que dirige. El problema aparece cuando las visitas se convierten en el principal símbolo de gestión y dejan de ser el punto de partida para tomar decisiones.
El Estatuto Orgánico del Ministerio de Salud Pública establece para la máxima autoridad sanitaria responsabilidades que van mucho más allá de recorrer establecimientos: definir las actividades de rectoría, regulación, planificación, coordinación, control y gestión de la salud pública; emitir los lineamientos estratégicos, la política nacional y el plan estratégico en salud; definir políticas, normativas y estándares; emitir planes y programas nacionales y velar por su cumplimiento; y ejercer la rectoría de los servicios del Sistema Nacional de Salud.
Incluso contempla la coordinación territorial, pero como parte del seguimiento de los procesos institucionales y del cumplimiento de objetivos y compromisos de la Autoridad Sanitaria Nacional.
En otras palabras, el trabajo del ministro no es estar en todas partes, sino conseguir que el sistema funcione en todas partes.
La diferencia parece semántica, pero no lo es.
Una visita ministerial es una actividad que puede servir para identificar problemas y aportar elementos para tomar decisiones. Si durante una visita se encuentra un problema de abastecimiento, la gestión comienza después de la fotografía: identificar la brecha, determinar sus causas, asignar recursos, resolver los procesos de adquisición y distribución, establecer responsables, fijar plazos y verificar posteriormente si el problema fue solucionado. De lo contrario, la visita corre el riesgo de convertirse en simple turismo institucional: desplazarse por el territorio, constatar problemas que ya eran conocidos y regresar a Quito con una nueva colección de fotografías y comunicados.
En recientes entrevistas, el propio ministro de Salud Pública reconoce un abastecimiento del 55 % de medicamentos e insumos. Este porcentaje representa una limitación concreta de la capacidad del sistema para responder a las necesidades de sus pacientes.
Entonces la pregunta vuelve a aparecer: ¿qué debería pesar más al evaluar la gestión de un ministro: cuántos establecimientos visitó o cuánto logró modificar los indicadores que encontró?
La respuesta debería ser evidente.
El territorio importa porque allí se manifiestan las desigualdades, las deficiencias de infraestructura, las brechas de talento humano, los problemas de abastecimiento y las limitaciones de capacidad resolutiva. Pero el territorio no puede convertirse en un escenario donde la autoridad simplemente demuestra que estuvo presente. Debe convertirse en una fuente de evidencia para gobernar.
Los indicadores registrados en el territorio ya cuentan una historia clara: tenemos desabastecimiento de medicamentos e insumos, infraestructura deteriorada y equipamiento sanitario dañado o fuera de servicio. Para conocer esas brechas no es necesario recorrer cada hospital y centro de salud.
Porque el sistema sanitario no se transforma con recorridos. Se transforma con rectoría, planificación, financiamiento, regulación, coordinación, capacidad de ejecución y evaluación.
El ministro necesita conocer el territorio, pero también necesita gobernarlo desde la información que ese territorio produce. Necesita saber dónde faltan medicamentos, dónde faltan médicos, dónde sobran o faltan camas, dónde se concentran las listas de espera, qué establecimientos tienen menor capacidad resolutiva y qué territorios acumulan sistemáticamente las mayores brechas.
Y, sobre todo, necesita saber si las decisiones tomadas consiguen cerrar esas brechas.
Por eso quizá deberíamos dejar de preguntar cuántos hospitales visitó un ministro y comenzar a preguntar qué cambió después de sus visitas.
¿Cuánto mejoró el abastecimiento?
¿Cuánto disminuyeron las listas de espera?
¿Cuánto mejoró la disponibilidad de talento humano?
¿Cuánto aumentó la capacidad resolutiva?
¿Cuánto mejoró la continuidad de la atención?
Esas preguntas son menos fotogénicas que una visita hospitalaria, pero mucho más importantes para la salud pública. Porque recorrer el sistema no es lo mismo que gobernarlo.
