miércoles, septiembre 9, 2026

Del café al algoritmo

Un viaje al Mercadão de São Paulo suscita reflexiones sobre la historia de la industrialización del Brasil, el café, la migración, el sindicalismo obrero y el salto de la economía digital. Un mundo que ha cambiado en la forma de trabajar pero que no resuelve el problema de la desigualdad y la distribución de la riqueza.

Natalia Zárate

Por: Natalia Zárate

Quién crea la riqueza, cómo se distribuye y quién protege a quienes trabajan


Hace poco estuve en el Mercadão de São Paulo y me puse a investigar sobre la historia que aparece pintada en sus vitrales. El Mercado Municipal empezó a construirse en 1928 y abrió sus puertas en 1933 para abastecer a una ciudad que crecía de manera vertiginosa.

Durante casi todo el siglo XIX, São Paulo había sido una ciudad provinciana, mientras buena parte de la riqueza de Brasil estaba en el nordeste azucarero y en Río de Janeiro. Lo que cambió todo fue que el café encontró condiciones extraordinarias en la tierra roja del interior paulista. Ya hacia 1900, Brasil producía cerca del 70% del café que el mundo tomaba. Dos de cada tres tazas del planeta salían de esas tierras.

Foto: Vounojanela

La primera gran expansión cafetera, entre 1830 y 1880, funcionó con trabajo esclavizado. Brasil abolió la esclavitud en 1888, el último país de América en hacerlo. Y cuando la abolición se veía venir, los cafetaleros y el gobierno paulista empezaron a organizar con anticipación una nueva oferta de trabajadores. En 1886 se creó la Sociedade Promotora de Imigração, financiada con recursos públicos para pagar los pasajes de familias europeas enteras.

Foto: Pinterest

Así, mientras el Estado costeaba la travesía de un campesino para trabajar en las plantaciones de café, a las personas que acababa de liberar no les ofrecía ni tierra, ni educación, ni indemnización. La captación de nueva mano de obra fue también parte de un proyecto explícito de blanqueamiento de la población.

La primera gran ola fue italiana y llegó al colonato, un contrato familiar que combinaba un pago por los cafetos cuidados, otro por la cosecha y el derecho a sembrar alimentos entre las hileras. Sobre el papel no era esclavitud. En la práctica, en muchas fazendas significó endeudamiento con las tiendas del patrón y restricciones importantes a la libertad de los trabajadores. Las denuncias fueron tantas que, en 1902, Italia prohibió la emigración subsidiada hacia Brasil.

Después llegaron portugueses y españoles y, desde 1908, empezó la inmigración japonesa, también vinculada inicialmente al trabajo agrícola. Por su lado, los sirios y libaneses siguieron otra trayectoria. Una primera ola empezó a llegar a finales del siglo XIX, en buena parte desde el Monte Líbano, huyendo de conflictos comunitarios y de la crisis económica de la región. Una segunda, más numerosa, vino después de la Primera Guerra Mundial y del desmembramiento del Imperio otomano. A diferencia de los colonos europeos, no los trajo ningún programa de subsidios: llegaron por su cuenta y se instalaron en las ciudades. Vendían telas de puerta en puerta y terminaron construyendo buena parte del comercio alrededor de la Rua 25 de Março.

Por eso caminar hoy por el Mercadão es también caminar por esas migraciones. Huele a embutidos italianos, a bacalao portugués, a especias del Levante. Hay frutas exuberantes, montañas de colores y, por supuesto, café do Brasil.

Foto: Wikipedia

La industrialización de Brasil

Para sacar ese café al mundo se necesitaron ferrocarriles y puertos; bancos y casas exportadoras para financiar las cosechas; comerciantes, bodegas, trabajadores y una ciudad entera para recibir a quienes llegaban. El capital acumulado por el café, sumado a un mercado interno de trabajadores asalariados que crecía rápidamente, ayudó a crear las condiciones para la industrialización. Hacia 1920, São Paulo ya concentraba alrededor de un tercio de la producción industrial brasileña.

Sobre esa acumulación inicial, durante las décadas siguientes Brasil construyó de forma planificada un proyecto de industrialización. El Estado impulsó infraestructura, protegió industrias y, posteriormente, abrió las puertas al capital extranjero. En los años cincuenta, durante el desarrollismo de Juscelino Kubitschek, las empresas automotrices se instalaron en el ABC paulista, un cinturón industrial pegado a São Paulo que debe su nombre a tres municipios vecinos: Santo André, São Bernardo do Campo y São Caetano do Sul. Allá llegaron Volkswagen, Mercedes-Benz, Ford y Scania.

Un proyecto diseñado para atraer grandes multinacionales terminó creando, al mismo tiempo, una de las mayores concentraciones de trabajadores industriales de América Latina. Café, capital, infraestructura, migración, industria y obreros. No obstante, la distribución de la riqueza y la mejora de las condiciones de vida de la población no ocurrieron de forma automática.

Foto: Natalia Zárate
Foto: Natalia Zárate

Durante el llamado milagro brasileño, entre finales de los sesenta y comienzos de los setenta, Brasil creció a tasas extraordinarias. Pero el crecimiento económico y el bienestar no avanzaron al mismo ritmo. Los salarios reales sufrieron, la desigualdad aumentó y una parte importante de la población vio cómo el país se hacía más rico mientras su realidad no cambiaba.

Para promover esos cambios, hizo falta organización social e instituciones comprometidas. A finales de los setenta, los metalúrgicos del ABC paulista empezaron a parar las fábricas. En 1978 comenzaron las huelgas y en 1979 y 1980 se volvieron masivas. Miles de trabajadores se reunían en asambleas en São Bernardo do Campo para negociar salarios y condiciones laborales.

Las fábricas concentraban trabajadores y esos trabajadores buscaban beneficiarse también del auge industrial que promovían con su labor. Miles de personas compartían un empleador, un lugar de trabajo, horarios y problemas comunes. Esa concentración les daba capacidad de organización y poder de negociación.

Durante el llamado milagro brasileño, entre finales de los sesenta y comienzos de los setenta, Brasil creció a tasas extraordinarias. Pero el crecimiento económico y el bienestar no avanzaron al mismo ritmo.

Entre sus líderes estaba un migrante nordestino que había llegado a São Paulo siendo niño, después de un larguísimo viaje desde Pernambuco. Trabajaba como metalúrgico y perdió un dedo en un accidente en el turno de la madrugada. Fue a las tres de la mañana; recibió atención médica cuatro horas más tarde, cuando ya no había nada que salvar. Se llamaba Luiz Inácio Lula da Silva.

De aquel movimiento obrero salieron sindicatos más fuertes, una central sindical, un partido político y una generación de dirigentes que participó también en el proceso de democratización brasileño. Décadas más tarde, parte de ese movimiento llegó al gobierno y contribuyó a construir y ampliar una arquitectura de políticas sociales, salarios, transferencias y protección que redujo notablemente la pobreza y el hambre.

Foto: Natalia Zárate
Foto: Expedia

No hace falta idealizar el sindicalismo ni el gobierno de Lula, pues ninguna institución humana está libre de defectos, intereses o abusos, para reconocer algo básico: el mercado laboral no distribuyó espontáneamente los frutos del crecimiento. Hubo actores que negociaron cómo estos se repartían.Y ahí es donde esta historia que empezó en los vitrales del Mercadão deja de ser solamente una historia sobre São Paulo. Porque este ya no es el siglo de la gran industrialización, del sindicalismo de fábrica y del desarrollismo.

La financiarización de la economía, el capital que puede moverse de un territorio a otro en segundos, el trabajo digital y ahora la inteligencia artificial hacen que aquel modelo parezca lejano. El grano de café transformando la economía de una región entera, y una fábrica empleando a diez mil trabajadores bajo un mismo techo, parecen imágenes de otro siglo. Y lo son.

Pero el problema de desigualdad y distribución de la riqueza que intentaban resolver aquellas instituciones no ha desaparecido; más bien se ha incrementado en las últimas décadas. El trabajo formal como habilitante de otros derechos nunca estuvo realmente disponible para todos en América Latina, y mucho menos ahora.

En Ecuador, apenas uno de cada tres trabajadores tiene un empleo adecuado. Millones de personas han vivido siempre fuera de esa arquitectura de protección, y justo ahora el mundo del trabajo sufre más transformaciones que nunca. Plataformas, trabajadores independientes, empleos discontinuos, múltiples fuentes de ingresos, automatización, inteligencia artificial.

Un trabajador de una fábrica del ABC podía estar rodeado físicamente de miles de personas que compartían sus condiciones. Un trabajador de una plataforma digital puede pertenecer a una fuerza laboral de millones y, al mismo tiempo, trabajar completamente solo. Por eso quizás la pregunta no sea si debemos regresar al mundo de la fábrica, porque de todas maneras es imposible. Ese mundo ya no existe de la misma manera.

¿Cómo protegemos a una persona cuando cambia constantemente de empleador? ¿Cómo financiamos la protección social cuando una parte creciente del valor no se genera exclusivamente a través del trabajo humano? ¿Cómo distribuimos las ganancias de productividad que puede producir la inteligencia artificial? ¿Cómo distribuimos las ganancias de las Big Tech? ¿Y cómo construimos poder de negociación en una economía donde el trabajo está cada vez más fragmentado mientras el capital, los datos y la tecnología están cada vez más concentrados?

No tengo una respuesta, y probablemente nadie la tenga todavía.

La historia de Sao Paulo nos muestra que el crecimiento y la creación de riqueza no implican distribución. Que la organización social, las instituciones democráticas y las políticas sociales son necesarias para que una mayor parte de la riqueza llegara a la población.

La inteligencia artificial puede revolucionar la manera en que trabajamos y producimos hasta límites que todavía no alcanzamos a imaginar. Pero la decisión de cómo se van a distribuir sus beneficios seguirá derivando de una postura institucional, económica y, finalmente, política.

Vuelvo a los vitrales del Mercadão. En ellos no aparece ningún dueño de hacienda, ningún banquero, ningún exportador. Aparecen manos: gente cosechando, cargando, sembrando. En un mundo del trabajo reconfigurado y automatizado, ¿qué vamos a hacer para cuidar a las manos trabajadoras, a los trabajadores migrantes y a los personas desempleadas del mañana?

 

Natalia Zárate

Natalia Zárate

Internacionalista con maestrías en política pública y economía.

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