Cuando era niña, veía a mi papi leer el periódico todas las mañanas. Lo abría antes de desayunar y tenía una habilidad que yo nunca conseguí dominar: sostenía aquellas enormes páginas de papel de tal manera que ninguna esquina se doblara ni se cayera. Yo lo intentaba y siempre terminaba peleándome con el diario, pues se me chorreaban.
Él, en cambio, avanzaba página por página. Leía las noticias nacionales, las internacionales, la política, la economía, los deportes. Pasaba una hoja y luego otra hasta que, inevitablemente, llegaba a la última página. Y se acababa.
Había algo que entonces me parecía absolutamente normal y que hoy resulta casi extraordinario: la información tenía un final. Quizás por la noche él encendería el televisor para ver el noticiero. Mientras tanto, el mundo podía seguir sucediendo sin que él tuviera que enterarse de cada cosa en el mismo instante en que ocurría.
Nosotros, en cambio, ya no tenemos última página. Podemos despertarnos y, antes incluso de desayunar, saber qué está ocurriendo en Ucrania, Nepal, Colombia o Ecuador. Y, durante el día, nos enteramos casi en tiempo real de los acontecimientos alrededor del planeta.
Hace algunas semanas empecé a controlar mucho más conscientemente el tiempo que paso en redes sociales. No es que pretenda convertirme en una ermitaña digital, sino que noté en mí un patrón que me molestó: sacaba el teléfono sin haber decidido realmente sacarlo, casi de forma automática e inconsciente.
Una fila. Un ascensor. Una sala de espera. Cinco minutos antes de una reunión. Un semáforo. Cualquier pequeño espacio vacío parecía activar el mismo movimiento de la mano.
Me pregunté entonces, ¿cuándo habíamos dejado de saber esperar sin hacer nada? La escena, además, no distingue generaciones. Basta mirar alrededor en un restaurante, un aeropuerto o una fila del banco. Niños, adolescentes, adultos y abuelos inclinados sobre una pantalla. El teléfono se ha convertido prácticamente en una extensión de la mano y cualquier instante de aburrimiento parece una anomalía que debemos corregir inmediatamente con algún estímulo.
Tal vez por eso hemos convertido la presencia en una práctica que tenemos que aprender, porque hemos diseñado una vida que nos entrena constantemente para la distracción. Incluso le hemos puesto un nombre: mindfulness. Y así llegó, difundida también en redes sociales, la época de la atención plena, la meditación, el journaling, los retiros de desconexión y toda una industria del wellness, mientras cada vez nos cuesta más hacer algo tan elemental como estar enteramente en el lugar en el que estamos.
Pero el problema no es solamente cuánto tiempo perdemos haciendo scroll, sino qué ocurre con nuestra atención —y quizás también con nosotros— durante ese tiempo. La investigación empieza a mostrar asociaciones entre el uso problemático de las redes sociales y mayores niveles de ansiedad y depresión, problemas de sueño y menor bienestar. Conviene hablar de asociaciones y no de causalidades simples: sería absurdo pretender explicar fenómenos tan complejos únicamente por Instagram o TikTok. Pero tampoco parece razonable asumir que exponernos durante horas a semejante flujo de estímulos, comparaciones e información sea completamente inocuo.
No resulta difícil intuir por qué. Abrimos una aplicación y, en cuestión de minutos, podemos encontrarnos con las imágenes de un terremoto que acaba de devastar un país vecino y, un movimiento de pulgar después, con la influencer que toma matcha tras hacer yoga en un studio súper aesthetic, mientras farmea aura en algún lugar muy cool de Cumbayá.
Y seguimos bajando. Lo difícil convive con lo banal; lo trascendental, con lo superficial. El sufrimiento ajeno comparte espacio con cuerpos perfectos, vacaciones perfectas, casas perfectas y vidas aparentemente perfectas. Una guerra puede aparecer antes de un tutorial de maquillaje y una tragedia humana inmediatamente después de un meme.
Todo llega por la misma pantalla, con apenas segundos de diferencia y prácticamente sin tiempo para procesar una emoción antes de recibir la siguiente. Por si fuera poco, a todo eso se suma la comparación. Porque no solo contemplamos el mundo: contemplamos permanentemente la vida de los otros. Sus viajes, sus trabajos, sus relaciones y sus éxitos. Y aunque sepamos racionalmente que estamos mirando una selección cuidadosamente editada de la realidad, rara vez dejamos de compararla con nuestra propia vida, que nosotros sí conocemos completa, con todas sus imperfecciones.
Esto ha llevado a un debate jurídico sobre hasta qué punto nuestra permanencia frente a la pantalla responde exclusivamente a una falta individual de fuerza de voluntad. En agosto de 2026, Meta acordó pagar hasta 18.000 millones de dólares para cerrar las demandas de los fiscales generales de casi todos los estados del país, que alegaban que Facebook e Instagram habían sido diseñados para mantener enganchados a los menores y que la compañía había inducido a error al público sobre la seguridad de sus productos. Meta no admitió responsabilidad, pero aceptó limitar por defecto a dos horas diarias el uso de sus plataformas por parte de los adolescentes.
A la luz de estos hechos, sostener que simplemente nos falta disciplina para soltar el teléfono parece una explicación insuficiente. Porque nuestra atención tiene valor económico. Cuanto más tiempo permanecemos conectados, más información entregamos sobre nosotros: qué nos interesa, qué nos asusta, qué nos indigna, qué nos divierte, qué nos hace detener el dedo y qué consigue que sigamos mirando.
Mientras nosotros hacemos scroll, alguien aprende qué nos mantiene mirando. Y esto adquiere una dimensión todavía más inquietante cuando deja de tratarse solamente de vendernos zapatos. Giuliano da Empoli lo explica en Los ingenieros del caos al analizar la transformación de la propaganda política en la era de las redes sociales. Los estrategas que estudia comprendieron algo fundamental: la rabia podía convertirse en una enorme fuente de energía política.
El malestar de las personas no tiene por qué ser inventado: la inseguridad, la desigualdad, el desempleo, la corrupción, la frustración con las instituciones o el miedo al futuro son problemas reales, y precisamente por eso constituyen un material político tan poderoso. Lo que cambia es la capacidad tecnológica para identificarlos, segmentarlos y dirigirlos. La lógica política empieza entonces a parecerse demasiado a la lógica de las propias plataformas: generar engagement. Conseguir que miremos, reaccionemos, comentemos y compartamos. La indignación funciona. El miedo funciona. La provocación funciona. Y una mentira capaz de despertar una emoción intensa puede viajar mucho más rápido que una explicación compleja de la realidad.
La economía de la atención se encuentra entonces con la política de la indignación. El ciclo puede volverse interminable. Estamos permanentemente conectados y recibimos un flujo inagotable de noticias y estímulos. Parte de ese contenido genera miedo, frustración o rabia. Reaccionamos. El algoritmo aprende que reaccionamos. Nos ofrece más. Permanecemos más tiempo conectados. Rabia, algoritmo, atención. Y otra vez rabia.
Quizás por eso recuperar nuestra atención sea mucho más importante que reducir en unas horas nuestro tiempo de pantalla. Yo he empezado con cosas pequeñas. Siempre he llevado un libro en la cartera, pero ahora procuro volver a sacarlo cuando tengo que esperar en algún sitio. Si quiero leer en casa, dejo deliberadamente el teléfono en otro cuarto. He establecido límites de tiempo para algunas redes sociales y, cuando el teléfono me anuncia que llegué al límite, intento que eso signifique realmente que llegué al límite. Además, tengo la pantalla del celular en escala de grises, lo que vuelve menos atractivas las imágenes de algunas redes.
Y también estoy intentando algo que parece absurdamente sencillo: esperar. Esperar sin sacar nada. Mirar alrededor. Pensar. Aburrirme, si toca aburrirme. Y, sobre todo, cuando estoy con otra persona, intentar estar realmente con esa persona. Porque quizás una de las pérdidas más paradójicas de esta hiperconexión sea precisamente esa: podemos saber en tiempo real qué está haciendo alguien a diez mil kilómetros de distancia mientras dejamos de escuchar a quien tenemos sentado frente a nosotros.
No creo que la respuesta sea abandonar la tecnología ni idealizar un pasado analógico que también tenía sus defectos. Mucho menos podría sostenerlo yo, que uso las redes a diario y produzco contenido para ellas. Pero sí creo que necesitamos recuperar cierta soberanía sobre nuestra atención.
Mi papi llegaba a la última página, doblaba el periódico y seguía con su día. Nosotros vivimos frente a una página que nunca termina. Ha llegado el momento de aprender a cerrarla.
