Hace pocos días nos despertamos con la noticia de que la Policía Nacional había detenido al asambleísta Peter Calo por cometer flagrantemente el delito de violación sexual a una mujer en la ciudad de Quito.
Pese a que es noticia, y que sabemos que es muy grave, este tipo de escándalos ya no causa en la opinión pública el impacto que debería causar, y es que es algo común conocer de violaciones, o abusos sexuales, sobretodo contra mujeres, y niños. Lo que más causa estupor y hasta sorpresa es que este escenario no parece cambiar, porque simple y llanamente así como llegamos a conocer, se nos olvida. ¿O ya se acuerdan si quiera cual fue el último escándalo sexual que envolvió a nuestra clase política?
Maquiavelo tiene una frase muy famosa, que se aplica perfectamente al caso mencionado, que dice: “Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”. Y eso grafica claramente lo que sucede con nuestros asambleístas y sus escándalos.
Cuando se apagan las cámaras y los micrófonos es cuando efectivamente se muestra a flor de piel la esencia de nuestro legislativo y quienes lo conforman. ¿O ustedes se han percatado de algún escándalo durante alguna sesión del pleno o las comisiones legislativas, transmitidas en vivo? Los llamados “padres de la patria”, cuando andan sueltos por las calles, siendo ciudadanos de a pie, es cuando son ellos mismos, no en el pleno.
Estamos ante la debacle moral legislativa más grande de la historia. Aunque los más experimentados me dirán que siempre ha sido así, siempre han sido una vergüenza y que ahora no es la excepción. Escándalos, corrupción, abusos, son pan de cada día, y son cosas a las que finalmente estamos acostumbrados
Es importante mencionar que si bien los asambleístas gozan de un estatus superior a la de los ciudadanos comunes y corrientes, por el cargo de representación que ostentan, y puede hacerles creer que pueden ir por las calles cometiendo delitos sin sanción, no es así. Su condición de asambleístas no les exime de responsabilidad penal, ni de la sanción de 22 años de cárcel si cometen violación sexual, ya que según el artículo 128 de la Carta Magna, la inmunidad que revisten sus actos se limita exclusivamente a aquellos cometidos en el ejercicio de su cargo. Violar o abusar sexualmente, lógicamente no está dentro del catálogo de actos que ejercen los asambleístas.
Y si hay algo que causa urticaria con respecto a estos casos, es la impunidad y el compadrazgo. Y me refiero específicamente al espíritu de cuerpo, que no tiene espíritu, ni tampoco tiene cuerpo pero opera perfectamente cuando se trata de contabilizar los votos en el pleno, donde ya no importa si quien me apoya es un posible violador o un personaje sentenciado.
Esto lo vimos claramente en el caso del asambleísta Luis Almeida, cuando en una entrevista en un medio de comunicación, defendió con vehemencia al supuesto violador Peter Calo, y calificó la acción execrable como “un montaje”, buscando evitar que se le fuge un voto en el pleno, ya que el asambleísta Calo habría ofrecido apoyar el juicio político impulsado por Almeida y su bancada. Es decir, Almeida priorizó sus intereses políticos, y los intereses de su bancada, antes que la justicia, la verdad y la integridad de una mujer.
¿Qué podemos esperar de una Asamblea así? Sinceramente nada. Estamos ante la debacle moral legislativa más grande de la historia. Aunque los más experimentados me dirán que siempre ha sido así, que la Asamblea o Congreso Nacional siempre han sido una vergüenza y que ahora no es la excepción. Escándalos, corrupción, abusos, son pan de cada día, y son cosas a las que finalmente estamos acostumbrados.
El lugar común “el pasado siempre fue mejor”, creo que por única vez aplica perfectamente.
