Tomo prestado el título de Benjamín Carrión para esta columna que pretende poner en relieve una serie de acontecimientos que efectivamente nos hacen creer, no sin razón, que el mundo entero está dado al diablo.
La causa principal para que se haya dado esta situación, es curiosamente, el advenimiento al poder de una persona, o grupo de personas encabezadas por el presidente de Estados Unidos Donald Trump, en enero de este año.
Su llegada estuvo acompañada de varios actos y decisiones que alteraron de manera profunda el orden mundial que se impuso desde 1945 tras la Segunda Guerra Mundial por iniciativa, paradójicamente, del mismo país que ahora pretende romperlo: los Estados Unidos de América.
En efecto, el presidente de la primera potencia mundial, muy suelto de huesos, manifestó que su país cambiaría radicalmente su política exterior alejándose del saludable multilateralismo y de la globalización para recluirse en un extremo aislacionismo y buscar mecanismos bilaterales de negociación donde Estados Unidos, es obviamente, la parte más fuerte. Hay varios ejemplos de esta nueva política: resolvió renunciar a la pertenencia de su país al Acuerdo de París sobre cambio climático, aduciendo razones muy poco convincentes como la inexistencia del cambio climático o el calentamiento global. Se retiró, igualmente, de la Organización Mundial de la Salud (OMS) alegando su inutilidad y su vinculación con su adversario, la República Popular China. Sus decisiones no quedaron ahí: suprimió la USAID órgano federal de cooperación internacional para el desarrollo para Estados Unidos.
El nuevo presidente también tuvo la ocurrencia de desatar una guerra comercial al incrementar las tarifas comerciales a más de cien países aduciendo que su país estaba siendo perjudicado respecto de otras potencias de diferentes dimensiones, pero en particular China, Canadá, la Unión Europea y algunos países del sudeste asiático. Esta decisión, impactó y afectó de lleno al mundo entero, pero en particular a los propios Estados Unidos cuyas importaciones de productos indispensables para sus industrias, en particular la automotriz, incrementaron su precio hasta en el 60%. Afectó también el ámbito financiero y el de las bolsas, como la de Nueva York, que después de varios altibajos cayó estrepitosamente. Lo mismo ocurrió con el sector industrial en particular el sector automotor, por la diversificación de la provisión de autopartes en varios países del mundo en especial México, Canadá y China.
En definitiva, la decisión de Trump generó un caos económico y financiero global que lo obligó a revisar su decisión de aplicar las tarifas tan elevadas que inicialmente había propuesto. En lo que concierne al ámbito político y como consecuencia de su errática política exterior, estas decisiones generaron rupturas inimaginables hace poco tiempo, incluso con sus aliados de la Unión Europea quienes tras ciertas dudas aplicaron, aunque tímidas, tarifas a productos estadounidenses.
En materia de defensa y seguridad, Trump confrontó con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), brazo ejecutor de la defensa occidental contra su adversario natural, la Federación Rusa y sus aliados, que no excluyen a China. Con medidas descabelladas y peligrosas, produjo desajustes en otras partes del mundo donde predominan potencias medias de influencia regional. Anunció que ¡¡Groenlandia sería parte de Estados Unidos!!, hecho que fue rechazado y condenado por Dinamarca, país del cual depende esa enorme masa de hielo. Proclamó la propiedad de Estados Unidos sobre el canal de Panamá, que, según Trump, estaba siendo manejado por China, cuando en realidad la correcta administración estaba siendo ejercida por parte del propio gobierno panameño. Como si esto fuera poco, declaró que Canadá dependía tanto de los Estados Unidos que debería pasar a ser el Estado 51 de la Unión Americana. No pasó mucho tiempo para que el primer ministro canadiense rechazara tajantemente esa declaración y esa posibilidad. Por el contrario, Canadá agudizó sus medidas de retaliación en materia de combustible, restringiendo el suministro al norte de Estados Unidos en respuesta a las tarifas anunciadas por Trump.
Como si todo esto fuera poco, en las últimas semanas y días Trump se la ha tomado contra la cultura y la educación. Para sorpresa de todo el mundo, suprimió la asignación del gobierno federal a las universidades de Estados Unidos, con la mirada puesta particularmente en la prestigiosa Universidad de Harvard. No quedó ahí: además, suspendió la inscripción de estudiantes extranjeros en esa casa de estudios superiores. Según se ha dado a conocer, estas decisiones incluyen la suspensión de la concesión de visas para estudiantes foráneos.
Decisiones como estas tienen un tufo de fascista, inimaginable en un país como Estados Unidos. Rompen y violan varios de los elementos fundamentales de los derechos humanos, algo nunca visto en ese país. Estas decisiones de Trump han generado, por supuesto, sorpresa e indignación en otros países, que han resuelto alejarse de Estados Unidos. Difícil será restaurar la confianza en la primera potencia mundial, que asume posiciones tan contradictorias y ajenas a las relaciones humanas y entre países en el escenario internacional.
Parece que, sin duda, el mundo está dado al diablo y no parece que fuera fácil recuperarlo.
** Francisco Carrión Mena: ex ministro de relaciones exteriores, viceministro de relaciones exteriores, embajador en España, en Naciones Unidas (NY), en Washington D. C. y México. Ex académico de FLACSO. Ha escrito varios libros y es columnista de varios temas de política exterior.
