El hedonismo, la búsqueda del éxito rápido y el uso de la política para engordar bolsillos, entre otras causas, han derivado en la destrucción del sistema de partidos que han sido reemplazados por empresas electorales o reducto de mafias.
La actividad de la política, pensada como el escenario donde se debaten y resuelven las contradicciones e intereses de la sociedad, no existe en el país. La nueva generación de políticos son, en su gran mayoría, nada más que alzamanos; oportunistas que se mueven entre tiendas electorales (literal) con una facilidad que avergüenza: numerarios de sectas que idolatran a becerros de oro y tótems de corrupción. Y la condición es la que sea un o una disciplinado o disciplinada alzamanos, sea en donde sea que venda su voluntad; sea que están pululando en donde se reparte burocracia o en donde se reparte la promesa del poder futuro y otro reparto. Alzamanos que no es solo levantar el brazo para aprobar o negar; sino el proceder, hablar, callar, tuitear según la orden del dueño de la tienda electoral. El fenómeno se observa en la Asamblea y en otras entidades en los que se enquistan desde que se arrasó con la denostada “partidrocracia”.
Incapaces aún de desarrollar retórica, esa arte liberal que sirve para razonar, argumentar y exponer coherentemente. Leyendo derraman sandeces y como pinnipedos aplauden aventando su mediocridad. En las tiendas electorales no se debate, no se contradicen, no se razona, se alza la mano y punto; y se repite como lora de feria un mismo guión impostado.
Así, se deciden normas que rebasan todo lindero racional. Interferir comunicaciones (escritas, orales) sin autorización judicial y todos sin chistar, por ejemplo. Reformar, con la ligereza del ignorante, códigos y leyes para darse cuenta que han metido las de andar. Proponer sanciones penales en proyectos de urgencia económica, bloquear al silencio a los enemigos, ensalzar en coro las hechuras de quien paga su fidelidad.
Degradación de la representación política, destrucción del sistema de partidos, cenáculo para discrepar, razonar y si es de votar, con la conciencia certera. Esto debilita la democracia, debilita las instituciones y despeja el escenario para que viejos y noveles autoritarios sientan que sus abusos son impunes. Porque los suyos no cuestionan y porque la sociedad y sus vocerías callan en sentido cómplice.
Tal es el desparpajo que inunda el ambiente que un retaco intelectual, que fue apartado de la agrupación que defiende la impunidad, ahora, trashumado a otra empresa electoral se atreve a decir que asume los procesos fiscalizadores, los que fueron impulsados por Fernando Villavicencio, el mártir de la anti-corrupción. Lo dice el mismo sujeto, quien atacaba a Villavicencio con furor de caniche. Vergüenza.
Pueden ser necesarias reformas legales para recuperar la institución “partido político” para que no sea reducto de pasasillas. Creo que el problema es más profundo y está ligado al fracaso de la formación y de élites incapaces de promover procesos políticos e ideológicos que ofrezcan liderazgos políticos de calidad y de largo plazo.
