martes, junio 9, 2026

Donald Trump y la geopolítica global: ¿qué podemos esperar de su mandato?

Para lograr una visión objetiva del significado y proyecciones de la victoria de Donald Trump, se presenta aquí una visión general de la historia reciente de los Estados Unidos, analizando la participación de presidentes republicanos y demócratas, especialmente, en la política internacional.

Paco Moncayo

Por: Paco Moncayo

 PARTE I 

A pesar de que se anticipaban unas elecciones cerradas, el republicano Donal Trump alcanzó una cómoda ventaja frente a su rival, la demócrata Kamala Harris. Es la primera vez que ganó el voto popular, aunque se aprecia que su margen de victoria será uno de los más pequeños de la historia. Sin embargo, ayudó a los republicanos a ganar cuatro escaños en el Senado, asegurando su control, lo que les dará un amplio margen para desarrollar importantes iniciativas. En la Cámara de representantes también lograrán mantener su exigua mayoría.

Los analistas coinciden en afirmar que para su victoria aprovechó de las frustraciones y temores de los electores afectados por una difícil situación económica, así como por el temor ante la migración ilegal, calificada como una presunta invasión externa que amenazaba, supuestamente, el desarrollo del país y su tranquilidad. Los electores vieron en Trump al defensor contra las élites gobernantes y los políticos responsables de la decadencia del proyecto americano.

La oferta electoral de Trump se mantuvo alineada con la forma de ejercicio del poder en su mandato anterior: cerrar la frontera sur; resucitar la alicaída economía mediante políticas proteccionistas que defiendan a la manufactura nacional y, por ende, a los trabajadores norteamericanos, y replegarse de los conflictos globales. Finalmente, resultó altamente convocante su oferta de iniciar una era dorada para su país: “Hacer grande a Estados Unidos otra vez”.

Para sus rivales, el triunfo de Trump presagia un futuro sombrío para la democracia y para el Estado de derecho. Temen el inicio de un gobierno personalista autoritario que pueda reprimir de forma violenta cualquier acto de oposición asumiendo, como lo ha hecho en el discurso de campaña, la existencia de un enemigo interno que debe ser reprimido empleando inclusive a los militares de la Guardia Nacional.

Les preocupa la concentración del poder en una función ejecutiva, prácticamente sin contrapesos, que podrá manipular al Departamento de Justicia para iniciar investigaciones criminales en contra de sus críticos; temen posibles despidos de empleados federales experimentados, no partidistas, que realizan tareas vitales para el gobierno; consideran  la posibilidad del decaimiento de la cultura nacional y las instituciones políticas, el surgimiento de un nuevo tipo de nacionalismo centrado en los cristianos blancos, masculinos y heterosexuales (como lo anunció el Vicepresidente electo); y, la restricción de las libertades de prensa y expresión.

En el campo de la política internacional, importantes sectores de opinión coinciden en señalar el riesgo de que sus decisiones debiliten los lazos con Europa y los aliados asiáticos, dejando en indefensión a Ucrania y Taiwán; prevén unas relaciones tensas con México y Canadá, el abandono de la transición global a la energía limpia y el repliegue en el apoyo y promoción de la libertad y la democracia en el mundo. Sustentan esta opinión en la reacción alborozada de líderes nacionalistas, autoritarios y hombres fuertes como el líder de Hungría, Viktor Orban, que calificó el triunfo de Trump como «Una victoria muy necesaria para el mundo»; de Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía, que celebró el regreso de su “amigo» Trump, y de Israel, donde el ministro ultranacionalista Itamar Ben Gvir celebró la victoria con un «Dios bendiga a Trump» y el primer ministro Benjamín Netanyahu, calificó la victoria como «el mejor regreso de la historia».

En el campo de la política internacional, importantes sectores de opinión coinciden en señalar el riesgo de que sus decisiones debiliten los lazos con Europa y los aliados asiáticos, dejando en indefensión a Ucrania y Taiwán.

A pesar de compartir algunas de estas preocupaciones, también muchos analistas confían que el presidente no podrá hacer cambios drásticos y duraderos en la política gubernamental; que funcionarán los contrapesos, frente a cualquier exceso, tanto en el Senado como en la Cámara, con participación inclusive de líderes republicanos moderados. Afirman que, del mismo modo, en los tribunales ya se han implementado controles más estrictos sobre cuánto puede cambiar en la política el Poder ejecutivo por sí solo. Además, las instituciones democráticas, medios de información incluidos, ejercerán un estricto y permanente escrutinio. Eso sí, prevén que dichas instituciones podrían resultar muy debilitadas.

Esther Plaza Alba, consideraba, luego de la elección de Obama que las elecciones presidenciales en Estados Unidos: “… deben ser estudiados desde el punto de vista geopolítico, por tratarse de un suceso ocurrido en una determinada causalidad espacial y muy probablemente con efectos futuros”, condiciones necesarias para que un acontecimiento  sea relevante para la investigación en esta disciplina científica que se ocupa de las correlaciones entre el espacio y la política, particularmente, exterior[1].

Para lograr una visión objetiva del significado y proyecciones de la victoria  del candidato Donald Trump, con este trabajo se intenta presentar una visión general de la historia reciente de los Estados Unidos, analizando la participación  de presidentes republicanos y demócratas, especialmente, en la política internacional, para revelar líneas de continuidad y de ruptura, partiendo de la hipótesis de la continuidad,  pues se considera que ya Trump ejerció el poder, razón por la cual, son menores las posibilidades de mayores sorpresas.

La continuidad bipartidista en la política internacional norteamericana

El primer presidente de la posguerra, el republicano George Bush (1989- 1993) planteó: “… apoyar la construcción de un nuevo orden mundial, basado en los valores democráticos y liberales; mantener el estatus de único centro hegemónico de poder en el mundo; propiciar una economía libre y abierta; asegurarse el libre acceso a los recursos de la tierra, océanos y del espacio; y, trabajar cooperativamente en la defensa del medio ambiente”. En aquella época se conoció de la existencia de la doctrina Wolfowitz[2] que planteaba la intervención proactiva de los Estados Unidos para evitar el surgimiento de una potencia con capacidades para retar su hegemonía global.

Cuando en 1990 sonaron las alarmas en el gobierno por el acelerado surgimiento de China como una potencia competidora en Asia Pacífico, el Congreso dispuso al Pentágono la presentación del East Asian Security Report. En el documento correspondiente a 1998, se advirtió sobre el peligro que significaba China para la estabilidad de la región Asia -Pacífico y para la posición hegemónica estadounidense.

El presidente demócrata Bill Clinton (1993-2001), en su Estrategia de Seguridad, emitida en 1996, afirmó que proteger la seguridad de la nación –su pueblo, su territorio y su modo de vida– constituye la más alta misión y deber constitucional de su gobierno.   Su consejero Edwar Luttwak, colocó en la agenda el tema de la geoeconomía. En su visión, los choques políticos se realizarían en el futuro con las armas del comercio; el rol de la geopolítica sería de lejos menor que el rol de la geoeconomía en la política mundial. Una guerra distinta, en la que, según este experto, los amigos no existen, solo hay adversarios[3].

Se desarrolló, entonces, una estrategia conducente a lograr el predominio global de Estados Unidos en materia económica que incluyó: en 1992 la creación del Trade Promotion Coordination Committee, para coordinar todas las actividades de bienes y servicios financieros de Estados Unidos; en 1993, el National Economic Council, atribuyéndole el mismo nivel que el Consejo Nacional de Seguridad, para coordinar a nivel interministerial todas las actividades económicas dentro y fuera de Estados Unidos; el Advocacy Center que reagrupaba a las diecinueve agencias federales de exportación; el Overseas Security Advisory Council, conformado por los directores de seguridad de las principales multinacionales del país; el Business  Executives for National Security, para velar por la seguridad económica de los Estados Unidos; y, el National Science Technology Council. Todos estos organismos, conectados con la C.I.A. y con las empresas creadas por esta agencia en sectores tecnológicamente avanzados. En 1996 se avanzó en el campo de la inteligencia jurídica con leyes como la Industrial Espionage Act y la Economic Espionage Act, orientados a detectar actividades extranjeras de esta naturaleza en suelo americano.

Se desarrolló una estrategia conducente a lograr el predominio global de Estados Unidos en materia económica.

Se definió también, con el enfoque geoeconómico, un régimen de sanciones que, a partir de entonces, las han aplicado todos los presidentes. Incluían: 1) Negativa de préstamos o créditos garantizados a la importación o a la exportación; 2) Negativa para obtener licencias de exportación de tecnología o material militar; 3) Negativa de créditos por encima de los diez millones de dólares desde bancos americanos; 4) Prohibición para instituciones financieras de intermediar con bonos del Estado americano; 5) Prohibición de participar en las licitaciones   del Gobierno americano; y, 6) Restricciones a   la   importación desde la empresa o institución sancionada .

El presidente republicano George Bush, hijo (2001-2009) planteó la continuidad de la política internacional inconclusa de su padre. La denominada doctrina Wolfowitz fue retomada y dada a conocer en el documento National Security Strategy of the United States of América, de septiembre 2002. Estados Unidos no permitiría el surgimiento de una potencia con capacidades de poner en riesgo su hegemonía mundial. En su gobierno, el ataque terrorista a las Torres gemelas puso en evidencia vulnerabilidades impensables del sistema de seguridad, a la vez que justificó la doctrina de guerra preventiva para combatir al terrorismo en la totalidad del planeta.

Bush centró su estrategia en el control de Oriente Medio. En tal virtud, llevó la guerra, sin el respaldo del Consejo de Seguridad de la ONU contra Irak, para derrocar a Sadam Hussein, con el pretexto de la existencia de armas de destrucción masiva- que nunca existieron- asegurándose una posición dominante en la región del Golfo Pérsico.

Para entonces el milagro chino iniciado por Den Xiao pin (1978-1989), al que dieron continuidad disciplinadamente Jiang Zemin (1989-2002) y Hu Jintao (20002 -2012), confirmó las alertas en los organismos de seguridad norteamericanos que pusieron a China, desde el 2008 (en plena crisis de la economía occidental) entre sus más altas prioridades. Por ejemplo: se creó el Africa Command (Africom), supuestamente para la guerra contra el terrorismo, pero, según declaraciones del Vicealmirante Robert Moeller, segundo comandante de este Cuerpo, por la creciente presencia de China en ese Continente.

El presidente demócrata Barak Obama (2009- 2017) llegó al poder apoyado por las fuerzas globalistas que modificaron la estrategia de Bush, priorizando el control del continente euroasiático desde las periferias, con una visión inspirada en el pensamiento de su asesor, el reputado geopolítico Zbigniew Brzezinsky. El globalismo modificó los tradicionales conceptos de la Geopolítica. Se organizó el espacio geográfico conforme al interés del capital financiero transnacional; los Estados nacionales resultaron debilitados en sus instituciones básicas; la nueva territorialidad se centró en nodos estratégicos definidos y controlados por actores globales en el proceso de una acumulación de capital globalizada. De esa manera, se subordinó lo nacional a lo global y se creó una forma diferente de estatalidad. En otros términos, el sistema internacional dejó de funcionar desde la visión del estado nación y pasó a constituirse como una red nodal global.

En esa línea, según Bruno Fornillo, Estados Unidos trabajó para crear un área de libre comercio bajo su control que evite el liderazgo de China y de los BRICS. En ese sentido, impulsó el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP por sus siglas en inglés), llamado a unir a los países de la Cuenca del Pacífico, imponiendo reglas imposibles de cumplir para el gigante asiático y “…socavando la pertinencia de la propia Organización Mundial de Comercio”[4].

La crisis financiera internacional de 2008, ocasionada por las hipotecas subprime, que inició en EE.UU. y se extendió a otros países, especialmente a miembros de la Unión Europea, obligó a un acercamiento con China. Con ocasión de la tercera ronda de Diálogo Estratégico y Económico, realizado en mayo de 2011, la entonces secretaria de Estado, Hillary Clinton, afirmó que Washington no ve la pujanza económica china como una amenaza para los intereses de su país y alentó una mayor cooperación entre las dos potencias, considerando que “ambas tienen mucho más que ganar de la cooperación que del conflicto”[5].

En 2015, el presidente Obama expidió su segundo documento de estrategia nacional de seguridad reafirmando el liderazgo americano, en un sistema internacional fundamentado en la ley, que promueva seguridad, prosperidad, dignidad y derechos humanos para todos los pueblos. No se trataba de si América debe o no liderar en el mundo, sino de cómo hacerlo. Planteó que para Estados Unidos era prioritario fortalecer su relación con la India, continuar con la cooperación con China, pero manteniéndose alerta sobre su modernización militar y cualquier intención de utilizar la intimidación en la solución de disputas territoriales.

En 2015, el presidente Obama expidió su segundo documento de estrategia nacional de seguridad reafirmando el liderazgo americano, en un sistema internacional fundamentado en la ley, que promueva seguridad, prosperidad, dignidad y derechos humanos para todos los pueblos.

En la práctica, Estados Unidos mantuvo su presencia en el Océano Pacífico actualizando las alianzas con Japón, Corea del Sur, Australia y las Filipinas y ampliando sus mutuas relaciones para poder responder retos regionales y globales. En lo económico participó en organizaciones regionales como la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), la Cumbre de Asia del Este, la Cooperación económica Asia-Pacífico (APEC) y el Acuerdo de Comercio Transpacífico (TPP). También Estados Unidos se encargaría de prevenir conflictos y tensiones en el este y sur del mar de China.[6]

Con el TPP se eliminaron tarifas aduaneras, se protegió la propiedad intelectual, se estableció niveles de protección para marcas, derechos de autor y patentes, se concedió importantes ventajas y concesiones a las grandes farmacéuticas, afectando la producción de genéricos y, en materia de inversiones, se estableció garantías para las empresas si tuviesen que enfrentar a los estados, en casos de conflictos de intereses.

En cuanto a la relación con Europa, la administración Obama impulsó la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP), un acuerdo comercial y de inversión que tenía como objetivos, entre otros: Reducir las barreras comerciales, aumentar la inversión, eliminar las obligaciones aduaneras, reducir o eliminar las barreras no arancelarias y permitir a las corporaciones privadas litigar contra las leyes y regulaciones de los Estados.

Con la implementación de los dos tratados, China sería contenida en su expansión e influencia regional y global, Rusia quedaría aislada, mientras que en América Latina avanzaría la   Alianza del Pacífico, una versión regional del TPP. Con los acuerdos de libre   comercio   entre   la   UE y el MERCOSUR, triunfaría el paradigma del regionalismo abierto, frustrando los intentos de constitución de un bloque de poder regional como UNASUR.

El presidente republicano Donald Trump (2017-2021) venció a la candidata demócrata Hilary Clinton. Fue una competencia entre la visión globalista de los demócratas y la agenda proteccionista republicana.

Once meses después del inicio de su mandato, se publicó la Estrategia de seguridad nacional par una nueva era[7], que anunciaba: “una nueva Estrategia de Seguridad Nacional… la cual restablecerá la posición de ventaja de Estados Unidos en el mundo y afianzará las extraordinarias fortalezas de nuestro país”.

Esta Estrategia reflejaba la decisión del presidente Trump, orientada a “restablecer el respeto por los Estados Unidos en el extranjero y renovar la confianza estadounidense dentro del país”.

Se identificaron tres amenazas claves:

1) La presencia de potencias revisionistas, como China y Rusia, que utilizan la tecnología, la propaganda y la coerción para imponer un mundo que representa la antítesis de nuestros intereses y valores;

2) Dictadores regionales que propagan el terror, amenazan a sus vecinos y procuran obtener armas de destrucción masiva; y,

3) Terroristas yihadistas que fomentan el odio para instigar la violencia contra personas inocentes en nombre de una ideología maligna, y organizaciones delictivas transnacionales que propagan las drogas y la violencia en nuestras comunidades”.

La estrategia se alinea con el paradigma realista basado en principios. “Reconoce el rol central del poder en la política internacional, reafirma que los Estados fuertes y soberanos son los que aseguran mayores garantías de un mundo pacífico, y define claramente nuestros intereses nacionales”. Afirma también que la estrategia se sustenta en principios estadounidenses que favorecen la paz y la prosperidad en el mundo.

En el documento se establece cuatro intereses nacionales vitales y vinculados a ellos, cuatro pilares estratégicos:

El primer eje: proteger la patria, a su pueblo y al estilo de vida estadounidense, incluye la construcción de un nuevo sistema inmigratorio “para proteger a la patria y restablecer nuestra soberanía”.

Las amenazas deben confrontarse desde fuera de las fronteras para proteger “nuestra infraestructura crítica y redes digitales; mediante un sistema escalonado de defensa de ataques con misiles”.

El segundo eje: promover la prosperidad estadounidense, está enfocado a crear una economía sólida indispensable para mantener la seguridad, el estilo de vida y el poderío de los Estados Unidos; estará orientada “en beneficio de los trabajadores y las empresas de nuestro país, lo cual es necesario para restablecer nuestro poder nacional”;

“Para triunfar en esta competencia geopolítica del siglo XXI, Estados Unidos debe estar a la vanguardia en investigación, tecnología e innovación”; se combatirá contra el robo “de nuestra propiedad intelectual y se aprovechan de las innovaciones de las sociedades libres”.

El tercer eje: preservar la paz mediante la fortaleza. Un país fortalecido, renovado y revitalizado asegurará la paz y disuadirá las hostilidades. Para ello se reconstruirá la fortaleza militar estadounidense para asegurar que no haya otra mayor en el mundo: Se “empleará todas las herramientas estatales en una nueva era de competencia estratégica —en el plano diplomático, de información, militar y económico— para proteger nuestros intereses”. “Los aliados y socios de Estados Unidos potenciarán nuestro poder y protegerán nuestros intereses comunes. Esperamos que asuman mayor responsabilidad en la lucha contra amenazas comunes. Las áreas clave para el ejercicio del poder son: el Indo pacífico, Europa y Medio Oriente”.

En el campo de la geoeconomía, la Agenda de Estados Unidos para el Comercio presentó, en marzo de 2017, un informe que analizaba los errores de los gobiernos anteriores y se orientaba una nueva política comercial hacia el  futuro.

El cuarto pilar: impulsar la influencia estadounidense: “… en todos los ámbitos —bilaterales, multilaterales y de la información. Se intentará entablar alianzas con Estados que tengan ideas afines para promover las economías de libre mercado, el crecimiento del sector privado, la estabilidad política y la paz. Se defenderá valores como “el Estado de derecho y los derechos individuales, que contribuyen a que los Estados sean sólidos, estables, prósperos y soberanos”. La política Estados Unidos primero implica la “influencia de los Estados Unidos en el mundo, como fuerza positiva que puede contribuir a generar las condiciones para la paz, la prosperidad y el progreso de sociedades exitosas”.

En el campo de la geoeconomía, la Agenda de Estados Unidos para el Comercio presentó, en marzo de 2017, un informe en el que se analizaba los errores de los gobiernos anteriores y se orientaba una nueva política comercial hacia el  futuro, con cuatro ejes estratégicos de acción:  1) defender la soberanía nacional de Estados Unidos en la política comercial; 2) reforzar de manera estricta la aplicación de las leyes comerciales de los Estados Unidos; 3) utilizar todas las fuentes posibles de influencia para alentar a otros países a abrir sus mercados a las exportaciones de bienes y servicios de Estados Unidos, proporcionando una protección adecuada y efectiva de los derechos de propiedad intelectual; y, 4) negociar nuevos y mejores acuerdos comerciales con países de mercados estratégicos alrededor del mundo[8].

En consecuencia, se creó la Oficina del Representante Comercial de los Estados Unidos (USTR) como una agencia del gobierno de Estados Unidos encargada de: Desarrollar, coordinar y supervisar la política comercial internacional; Recomendar y desarrollar una política comercial para el Presidente de los Estados Unidos; Dirigir las negociaciones comerciales internacionales; Supervisar la resolución de disputas y acciones de cumplimiento; y, Fomentar el crecimiento de los negocios estadounidenses en el extranjero.

En el ejercicio del poder, Trump fue coherente con la estrategia. Desde inicio de su gobierno la agenda republicana se aplicó en el apoyo al Brexit y la propuesta de restablecer la ley Glass- Steagall[9] de regulación financiera, para evitar otra crisis bancaria como la del 2008. Estuvo en desacuerdo con el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) y a la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP). Una de sus primeras decisiones, materializada el 23 de enero de 2017, fue retirarse del TPP y orientar su política hacia negociaciones comerciales bilaterales. Además, forzó una renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), buscando disminuir el déficit comercial con México y recuperar las industrias relocalizadas. Calificó, también, a la industria del acero como un asunto de seguridad nacional, protegiéndola de la competencia con China, Japón y Alemania.

El enfoque nacionalista adoptado por Trump reflejaba el unilateralismo continental anglo- sajón (White Anglo-Saxon Protestant WASP), fundamentado en términos geopolíticos, simbólicos e identitarios. Además de reforzar la continentalidad anglosajona, impulsó una agenda proteccionista en el comercio internacional con China y sus propios aliados europeos para fortalecer la producción industrial norteamericana y superar el déficit fiscal. Frente a la amenaza de Rusia y China y planteó fortalecer a la OTAN, pero obligando a los miembros europeos a incrementar los gastos militares hasta llegar al 2% del PBI de cada país.

El presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, se reunieron en Palm Beach, Florida.

En la más clara aplicación del enfoque geoeconómico de Clinton, el 18 de agosto de 2017, el Representante de Comercio Robert Lighthizer inició formalmente una investigación para “determinar si los actos, políticas y prácticas del Gobierno de China se relacionan con la transferencia de tecnología, la propiedad intelectual y la innovación son irrazonables o discriminatorias y gravan o restringen el comercio estadounidense”.

El 22 de marzo de 2018 el presidente Trump anunció sus decisiones sobre las acciones que tomará la Administración: Incremento de aranceles; acudir al sistema de resolución de disputas en la Organización Mundial del Comercio (OMC) para abordar las prácticas discriminatorias de licencias de tecnología de China; y, restricciones a la inversión en los Estados Unidos dirigida o facilitada por China, en industrias o tecnologías consideradas importantes para los Estados Unidos[10].

El primer enfrentamiento evidente de esta competencia lo escenificó contra la empresa tecnológica multinacional china Huawei que dominaba el mercado de teléfonos móviles en China y el año 2020 llegó a ser la marca con mayores ventas en el mundo.  También esta empresa lideraba el campo de la infraestructura 5G a la que se había concedido ya 952 patentes de 2.386 presentadas y había suscrito 91 contratos comerciales 5G, que le permitieron desplegar 600.000 unidades de antenas activas.

Una vez que Huawei y ZTE fueron calificadas como amenaza a la seguridad norteamericana, se impusieron sanciones como restricciones de las visas para sus empleados en Estados Unidos, prohibición de usar en este país equipos de telecomunicaciones de esas compañías, prohibición de comprar componentes electrónicos norteamericanos sin permiso de la administración, entre otros. Como resultado, Google dejó de prestar servicios tecnológicos a Huawei.

En política exterior fue evidente su menosprecio al multilateralismo. Se retiró del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura y del Acuerdo de París sobre el Clima, además, amenazó con retirarse de la Organización Mundial de la Salud. Una crítica muchas veces repetida al gobierno de Trump ha sido un supuesto desdén por el orden mundial basado en normas.

Biden intentó también ampliar la OTAN hacia Asia-Pacífico; reforzó su alianza con Japón, Corea del Sur y Taiwán; y, mantuvo alineados a India e Indonesia. Adicionalmente, reforzó la relación con Australia, Filipinas y Tailandia.

El presidente demócrata Joe Biden (2021-2024) dio continuidad a la política internacional de Donald Trump y, en algunos casos, la agudizó. Reconoció que China se ha convertido en el único competidor potencialmente capaz de, combinando su poder económico, diplomático, militar y tecnológico, convertirse en una amenaza a un sistema internacional abierto y estable. Rusia, por su parte, se mantiene determinada a ampliar su influencia global y jugar un papel disruptivo en el escenario mundial. Tanto Beijing como Moscú han invertido muchos recursos para poner en riesgo las fortalezas norteamericanas y se debe estar prevenidos para proteger sus intereses y los de sus aliados, alrededor del mundo. Actores regionales como Corea del Norte e Irán continúan construyendo capacidades y tecnologías que ponen en riesgo la estabilidad regional.

Biden intentó también ampliar la OTAN hacia Asia-Pacífico; reforzó su alianza con Japón, Corea del Sur y Taiwán; y, mantuvo alineados a India e Indonesia. Adicionalmente, reforzó la relación con Australia, Filipinas y Tailandia. En el caso de la India, buscó debilitar la presencia de la Armada china en el Océano Índico; e impulsó la proyección de Nueva Delhi hacia el Asia central y el sudeste asiático. En un año, Estados Unidos “realizó más de 50 importantes actividades militares con   India, país al que han posicionado como socio preferente en el presente siglo”.[11]

También intensificó la presión sobre China. La Directiva presidencial del 2 de agosto de 2021, amplió la orden ejecutiva de Trump de 2020, para prohibir inversiones de empresas estadounidenses y dio el plazo de un año para que se desprendan de los activos en 59 firmas chinas, incluidas Huawei y las tres mayores compañías de telecomunicaciones: China Mobile, China Unicom y China Telecom. Se mantuvo igualmente el argumento del espionaje, la represión y graves abusos de los derechos humanos, imponiendo sanciones diseñadas desde la época de Clinton. A estas medidas se sumaron los Estados europeos[12].

De lo relatado en esta parte del trabajo se puede evidenciar la línea de continuidad, en política exterior en lo esencial de los gobiernos norteamericanos, al margen de que sean demócratas o republicanos. No cambia el Qué, aunque pueda modificarse el Cómo.

Fuentes:

[1] PLAZA A. Ester, (2009) Revista Profesiones No. 119, mayo-junio, Madrid, España

[2] Guía de Planificación de la Defensa para los años fiscales de 1994 a 1999 (fechada el 18 de febrero de 1992) publicada por el Subsecretario de Defensa para la Política de EE.UU.

[3] OLIER Eduardo (2017) Guerra económica: la estrategia comercial de Estados Unidos en el contexto internacional, en Geoeconomías del siglo XXI, Instituto Español de Estudios Estratégicos, Cuadernos de Estrategia, 187, p.28

[4] FORNILLO Bruno (2016), Sudamérica Futuro, China global, transición energética y posdesarrollo, CLACSO, Buenos Aires, p.31

[5] Efe, 9 de mayo, 2011

[6] MONCAYO Paco (2026), Geopolítica, Espacio y Poder, ESPE, Quito, Ecuador, p. 367

[7] ‘ESTRATEGIA DE SEGURIDAD NACIONAL PARA UNA NUEVA ERA, https://2017-2021-translations.state.gov/2017/12/18/

[8] OLIER Eduardo, Ob. Cit. P. 44

[9] La Ley Glass-Steagall  o Ley de Bancos de los Estados Unidos de 1933, promulgada por el presidente Franklin D. Roosevelt para evitar que se repitiera la crisis de 1929. Con esta legislación se separó la banca comercial de la de inversión e impedía que la especulación sobre los títulos pudiera destruir el capital bancario.

[10] Reequilibrar el comercio entre Estados Unidos y China https://share.america.gov › reequilibrar-el-comercio-

[11] FORNILLO Bruno, Ob. Cit., p. 43

[12] CHAPARRO B. Natalia, OSORIO I. Vladimir, SANDOVAL P. Ernesto (2020), China, Estados Unidos y 5G: Capitalismo de Vigilancia, Geopolítica y Geoestrategia, Revista científica en Ciencias Sociales e interdisciplinaria Bogotá D.C., Colombia Volumen 12, número 21, enero–diciembre 2020, p.34

LEA EN LA SEGUNDA PARTE:

Europa, Rusia, China, India, América Latina… Interrogantes para la nueva agenda de Donald Trump.

 

Paco Moncayo

Paco Moncayo

Ex jefe del Comando Conjunto de las FF.AA., héroe del Cenepa, exalcalde de Quito, exlegislador. Catedrático universitario y de institutos miltares. Autor de varios libros.

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