«Dudar es traicionar». Para Nicolás Maduro ese era un dogma. Lo repetía en mítines, en televisión, durante manifestaciones militares. Lo recordaba en pequeñas reuniones con sus seguidores más fieles, buscando la más mínima señal de indecisión en los ojos de los participantes. Lo repitió justo antes de acostarse el viernes por la noche: nadie se rendirá. Todos le obedecieron y algunos lo siguieron haciendo en el período de incertidumbre.
El ex conductor de metro y líder sindical del transporte que llegó a la presidencia de Venezuela nombrado por su mentor Hugo Chávez no esperaba que la traición fuese de un oficial anónimo del ejército, un topo que permitió que Maduro fuera localizado por drones estadounidenses que, durante tres semanas, escudriñaron el centro de Caracas y, en particular, la zona de Fuerte Tiuna, el fuertemente protegido complejo militar donde el líder chavista se refugió antes de su caída. Los comandos de la Fuerza Delta llegaron a su dormitorio. Lo despertaron y lo llevaron a la fuerza junto con su esposa, Cilia Flores. No pudo cerrar la puerta de acero de uno de sus refugios.
Fue el ascenso y caída del hombre más odiado y amado de Venezuela luego de 13 años en el poder. Su historia política comienza el 5 de marzo de 2013 cuando falleció el protagonista de la revolución política y social más importante del país sudamericano. Su nombre, Hugo Chávez, exteniente coronel del ejército y considerado el padre de la revolución bolivariana, llamada así por el Libertador Simón Bolívar.
El caudillo designó a Nicolás Maduro como su sucesor. Era la recompensa por serle fiel desde el fallido golpe de Estado de 1992. Y lo apoyó durante varios gobiernos, como ministro de Industria, Relaciones Exteriores y vicepresidente. En el día del funeral del caudillo en Caracas declaraba enfáticamente que para él era “una misión divina”.
La imagen de este hombre fotografiado, con los ojos vendados y esposado a bordo de un buque militar estadounidense, intentando emular a su ídolo, dio la vuelta al mundo. Pero tenían personalidades y culturas diferentes. Mientras Chávez tenía carisma y dedicaba su energía a cambiar una sociedad clasista, recuperando el orgullo de los pueblos indígenas marginados, Maduro, en cambio, fue inseguro y confuso en su estrategia política. Eso le impidió conseguir muchos objetivos.
Maduro persiguió y reprimió a la oposición. Arrestó a líderes políticos, funcionarios, periodistas, intelectuales, académicos y disidentes y usó el sistema judicial para bloquear a sus oponentes y la Constitución para frenar el avance de sus posibles rivales.
No detuvo la inflación (con asesoría de ex ministros ecuatorianos -Patricio Rivera y Fausto Herrera- enviados por Rafael Correa) y estuvo rodeado de hombres y mujeres con ansias de poder y dinero. No estuvo a la altura de la misión. Las consecuencias de sus casi quince años de presidencia fueron desastrosas. La economía venezolana se derrumbó, la corrupción campea y la incompetencia prevalece. El país con las mayores reservas de petróleo del mundo tiene escasez de combustible, minimizando la producción y el comercio de crudo. La población se empobreció.
Tras ganar tres elecciones por margen estrecho y disputado (con sospecha de fraude, especialmente en las elecciones del 2025), Maduro persiguió y reprimió a la oposición. Arrestó a líderes políticos, funcionarios, periodistas, intelectuales, académicos y disidentes y usó el sistema judicial para bloquear a sus oponentes y la Constitución para frenar el avance de sus posibles rivales. Manipuló descaradamente los últimos resultados electorales y obligó a más de ocho millones de personas (los cálculos varían), muchos jóvenes, a dejar el país, provocando la mayor diáspora del continente en un siglo.
Maduro gobernaba solo. No confiaba en nadie. Sospechaba de todos. Temía por su vida. Era su obsesión. De los cuatro leales a su lado cuatro siguen con algo de poder: la presidenta de transición designada por EE. UU. Delcy Rodríguez; su hermano Jorge, presidente de la Asamblea; Vladimir Padrino López, ministro de Defensa y Diosdado Cabello, el más radical del grupo. Se desconoce cómo están sus luchas por el poder.
Luchar por un poder que va quedando vacío y que puede, poco a poco, desvanecerse. Lo curioso es que Delcy asumió el cargo y su hermano Jorge como presidente del legislativo le hizo juramento, Padrino permanece y de Diosdado se conoce que sería el próximo blanco, por su postura fundamentalista.
Según el presidente estadounidense, Donald Trump, el autócrata venezolano no quiso llegar a acuerdos con EE. UU. (incluso algunas fuentes sostienen que tuvo una conversación telefónica con el líder ruso Vladimir Putin -que le ofreció un exilio dorado en Moscú-) y mantuvo que su intención era resistir pero que incluso, engañado por su círculo íntimo, creía que podía “derrotar al malvado imperio estadounidense”.
Maduro llevaba meses esperando un ataque estadounidense, lo que le causaba miedo a él y a su entorno más cercano. Por primera vez desde que en 2013 sucedió a Chávez sentía que estaba en peligro y con la posibilidad cierta de ser derrocado. En los días previos, Maduro, de 63 años, aclaró a su entorno: “aquí nadie se rinde”. Fue sacado a la fuerza por militares de EE. UU. Los que lo trataron en este tiempo aseguran que quería llegar hasta el final y no contemplaba ningún acuerdo con Washington que derivase en su salida del poder. Una posibilidad que ni siquiera estuvo encima de la mesa.
Las dudas permanecen
Los funcionarios del Pentágono se han negado a implementar un plan de acción centrado exclusivamente en decapitar al régimen. Pero no está claro qué curso tomarán los acontecimientos. Se creía que, temiendo la ofensiva, el ministro de defensa, Vladimir Padrino López, dispersaría a sus soldados más entrenados y sus mejores armas, para responder a una intervención estadounidense con guerras de guerrillas prolongada. O al menos, usar esta reserva para sofocar cualquier posible protesta callejera. ¿Es Padrino López, el hombre fuerte de un régimen débil que sigue bajo el fuego de la Fuerza Aérea estadounidense? Otra duda: ¿qué pasó con los sistemas de defensa antiaérea rusos y la asesoría de la inteligencia cubana e iraní? Es curioso conocer, como decía en una entrevista el excanciller argentino, Carlos Ruckauff, que los chinos sabían cuándo iba a ocurrir la incursión, como supieron el momento del bombardeo a las plantas nucleares iraníes hace algunos meses.
Todo cambia ¿nada cambia?

El analista Carlos Pagni sostiene que “la intervención de Donald Trump en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, a fin de que comparezcan ante los tribunales de Nueva York parece ser otro indicio de que las reglas del juego internacional están perdiendo su vigencia de manera acelerada”.
Que haya caído un tirano patético y atroz como Maduro, acusado por crímenes de lesa humanidad ante la Corte Internacional de Justicia, siempre genera simpatía, pero para el pueblo en la calle, la realidad es que siguen al mando las temibles fuerzas de seguridad en sus motos, la gente no habla por temor y la situación, dice Pagni, deviene en “un mar de incógnitas. Maduro es sólo uno de los términos de la compleja ecuación dictatorial venezolana”.
La presión militar del gobierno de EE. UU. sobre Venezuela era tan intensa que privaba a Trump de cualquier posibilidad que excluya la salida de Maduro el poder. “Una de las peculiaridades llamativas de esta irrupción violenta”, señala el analista, “es que no fue realizada en nombre de la democratización de Venezuela. Coherente con su pragmático nacionalismo, Trump se fijó un objetivo distinto: garantizar la seguridad interior de los EE. UU.”
Esa sería la motivación de la detención de Maduro, no tanto la legalidad o el manejo de las inmensas reservas petroleras del país. La Casa Blanca dice y se desdice. Primero llamó narcoterroristas al Carte de los Soles y al Tren de Aragua. Apuntando a Maduro como la cabeza de estas organizaciones criminales dedicadas al tráfico de drogas a EE. UU., y la principal acusación era que el dictador venezolano autorizaba el envío de narcóticos al país del norte.
Maduro, asesorado por un importante estudio jurídico que cobra millones de dólares por sus servicios, busca reducir su condena en EE. UU. (de por lo menos 60 años o cadena perpetua, que es casi lo mismo), a condición de que dé a conocer todos los pormenores de las actuaciones venezolanas en el hemisferio, sus relaciones con otros países de la corriente del socialismo del siglo XXI, con Cuba y Nicaragua, así como con Rusia y China. Una delación que buscaría que su esposa sea liberada.
El porvenir del poder en Venezuela depende de las tensiones entre los grupos vinculados a los hermanos Rodriguez, los aún fieles a Cabello y grupos militares que siguen a Padrino López.
Esa sería la justificación de la detención de Maduro, cuya legalidad se ha ido construyendo sobre la marcha. La Casa Blanca calificó como organización narcoterrorista, primero, al denominado Tren de Aragua y, más tarde, al Cartel de los Soles, una liga de altos mandos del ejército acusados de organizar el tráfico de drogas. La acusación penal del gobierno estadounidense es que Maduro daba las órdenes a esas dos estructuras, sobre todo a la de los generales del régimen. Se lo acusa de dañar a los EE. UU. por el ingreso de narcóticos al país. Queda otra duda: ¿con qué cargos fue capturada la esposa del dictador?
El porvenir del poder en Venezuela depende de las tensiones entre los grupos vinculados a los hermanos Rodriguez, los aún fieles a Cabello y grupos militares que siguen a Padrino López. El principal misterio de la intervención de Trump en Venezuela es si hubo acuerdos con el régimen o con un sector (los hermanos Rodríguez). Se desconoce el rol que tendrían el presidente electo Edmundo González Urrutia y la líder opositora y Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, hacia quien existe cierto desdén de Trump. Hay que ver cuándo la dictadura venezolana deja de serlo para convertirse en democracia.
Otros datos para armar el rompecabezas son la inmediata liberación de muchos presos políticos, la salida de Leopoldo López de la embajada de España, donde estaba asilado; la huida de Corina Machado a Oslo para recibir el Nóbel; la captura de Maduro. Durante su primera presidencia, Trump apostó, influido por el entonces senador Marco Rubio, hoy su secretario de Estado, a un abandono del aparato militar que pudiera derrumbar la estructura de poder en Venezuela.
La posibilidad de un “chavismo sin Maduro” que pacte con EE. UU. y permita la transición, supone que Rodríguez podría seguir gobernando hasta nuevas elecciones, en alrededor de tres meses. Esto sería un agravio para González Urrutia y Machado.
Otro tema es cómo serán ahora las operaciones petroleras con la presencia de las corporaciones estadounidenses por un tiempo no definido (como anunció el mismo Trump), del control de las gigantescas reservas y de mover el mercado mundial de hidrocarburos, como un asunto con implicaciones geopolíticas, poniendo incluso contra la pared al régimen cubano, que mantenía una última provisión de oxígeno gracias al combustible enviado desde Venezuela. El bloqueo estadunidense en el Caribe impidió el flujo de crudo a la isla, incrementando los cortes de luz en Cuba.
¿Cómo se mueve el tablero geopolítico?
Para Trump, manejar el poder en Venezuela es parte de su plan de dominio continental en su disputa con China, que sigue mirando desde el balcón el curso de los acontecimientos. Esto confirma que existe una denominada “Doctrina Donroe”, actualizando la doctrina del quinto presidente estadounidense, James Monroe.
Por cierto, la última actividad oficial de Maduro antes su captura fue recibir a Qiu Xiaoqi, encargado de asuntos latinoamericanos del gobierno de Xi Jinping. Uno de los destinos principales del petróleo venezolano era China. En otros tiempos el objetivo de las potencias coloniales en Sudamérica era obtener la riqueza mineral. Hoy, esa búsqueda de materias primas sigue siendo irresistible para los que buscan buenos negocios, aunque sean chinos o estadounidenses.
China reaccionó tibiamente por la captura de Maduro buscando defender la legalidad internacional. Con Rusia fue diferente. El régimen de Vladimir Putin sugirió una mediación. Es posible que Trump juegue la carta venezolana frente a la invasión rusa a Ucrania, para pacificar esa zona del mundo, algo que inquieta al mandatario estadounidense.
El mandatario brasileño, Lula da Silva, que fue crítico con la legalidad de las últimas elecciones venezolanas, ante la captura de Maduro, ha cuidado sus actuaciones y declaraciones. No menciona a Trump ni a Maduro, solo condena el uso de la fuerza, como hizo cuando el dictador venezolano amenazó con atacar Guyana por el problema del Esequibo. Otros líderes de la región, como Milei, Bukele o Daniel Noboa han felicitado la incursión estadounidense. Pero, lo cierto parece ser que todo cambió en Venezuela, pero la idea es que nada ha cambiado.