Se dice que “la historia no sirve para nada”, pero también se sostiene que “quien no conoce de historia no sirve para nada”. Las lecciones que la historia le está dando al presidente estadounidense Donald Trump no deberían ser soslayadas. El recuerdo de los elefantes de Aníbal y de los griegos en Salamina son unos buenos ejemplos de algunas estrategias bélicas que deberían ser tomadas en cuenta por EE.UU. en su disparatada guerra contra Irán
La guerra asimétrica no es una novedad para los estudiosos de la materia militar. Dos siglos antes de nuestra era, mientras la República romana avanzaba con triunfos en todos los frentes, tanto en Italia como en el Mediterráneo, su gran rival era Cartago, antes de enfrentarse con el imperio persa. Cartago tenía un general brillante y audaz, nacido en la rocosa isla de Conillera, al oeste de otra grande, Insula Maior, hoy conocida como Mallorca.
Este genial militar se llamaba Aníbal y fue el estratega que concibió y organizó la invasión de Roma por vía terrestre. Sus columnas avanzaban por terrenos inhóspitos, llanos y montañas, y llegaron casi a las puertas de Roma. Sus problemas de suministros y logística crecían cuando se alejaba de Cartago. Y fue allí en donde se encontró con otro brillante estratega, el romano Escipión.
Las legiones romanas normalmente enfrentaban a sus enemigos con formaciones compactas en forma de cuadrículas, lo que los hacía casi invencibles. Pero Aníbal los enfrentó con un arma novedosa y disuasiva: eran 80 elefantes capaces de aplastar a cualquier infantería. Los elefantes proyectaban el poder móvil de Cartago frente a sus rivales. Su superioridad parecía apabullante y ésa era su misión: asustar hasta lograr la sumisión y rendición
Frente a este desafío, Escipión cambió de táctica y de estrategia. En la batalla de Zama (202 a.C.) detuvo la carga de los 80 paquidermos de Aníbal con una brillante innovación asimétrica. En lugar de una formación cerrada que hubiese sido aplastada por los animales, Escipión usó el diseño de los animales en su contra.
En memoria de los combatientes ancestrales de estos territorios —los persas— los iraníes han recordado la célebre batalla de Salamina (del 480 a.C.) donde los triunfadores fueron los griegos.
Sus unidades se alinearon una atrás de otra, dejando pasillos abiertos y los elefantes, que tienden a seguir el camino de menor resistencia, corrieron por estos huecos y no chocaron con los legionarios romanos. Para que no se noten los huecos antes del ataque, Escipión llenó los pasillos con infantería ligera. Al atacar los elefantes, estos soldados se movían al costado o hacia atrás, dejando los pasillos abiertos. En ese momento, los trompetistas de Escipión tocaban estruendosamente las trompetas y asustaban a los elefantes, que daban la vuelta y pisoteaban a las tropas de Aníbal. Han pasado 23 siglos de este episodio.
Pero, ¿qué sucede cuando se traslada ese incidente de la tierra al mar y del siglo II a.C. al siglo XXI D.C? Los inmensos portaaviones norteamericanos de Trump que fueron a Medio Oriente están cumpliendo la misma función que los elefantes de Aníbal: intimidar, asustar y disuadir. Pero, su principal defecto es que deben pasar por pasillos estrechos. Trump está jugando a ser Aníbal y los iraníes a ser Escipión. La maniobra funcionó en el mar Caribe para asustar a Venezuela y sacar a Maduro del poder, pero no sirve en otro escenario, el del Medio Oriente.
En este teatro de operaciones, los estrechos de Ormuz (Golfo Pérsico) y Bab el-Mandeb (Mar Rojo) son dos cuellos de botella marítimos bastante complicados. Ormuz conecta el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán y es esencial para el paso de los buques petroleros, transportando alrededor del 20 a 25% del crudo mundial, mientras que Bab el-Mandeb une el Mar Rojo con el Golfo de Adén y es vital para el comercio entre oriente y occidente.
Los barcos que pasan por esos estrechos pueden ser fácilmente destruidos por mar y tierra, con escolta o sin ella, con minas explosivas, lanchas torpederas, submarinos y misiles tierra/aire, lanzados desde Irán o Yemen. El invasor no es Cartago sino EE. UU. (actuando como apoderado de Israel) y el equivalente de los elefantes son los portaaviones, arma masiva del siglo XX, pero blanco fácil en el XXI para los Escipiones modernos.
En memoria de los combatientes ancestrales de estos territorios —los persas— los iraníes han recordado la célebre batalla de Salamina (del 480 a.C.) donde los triunfadores fueron los griegos. La fuerza masiva fracasa ante la astucia y las trampas. En esa batalla, el general griego Temístocles usó la astucia para compensar el menor número de combatientes de sus tropas. Envió al rey persa Jerjes I un falso desertor que le contó de una huida masiva de los griegos, logrando atraer a la flota persa al estrecho de Salamina. La trampa puso fuera de combate a la gran flota persa y provocó su derrota. Hoy son los persas los que pusieron la trampa en Ormuz y Bab el-Mandeb.
Otra lesión de la historia la dejan las guerras púnicas, en las que Escipión recibió el apodo de “el africano”, por haber abierto un segundo frente de la guerra con Cartago, en el norte de África, dejando a Aníbal atrapado en la península itálica. La invasión africana de Escipión fue la estrategia final de la segunda guerra púnica, forzando a Aníbal a dejar Italia para defender Cartago.
Y si la historia no sirve para nada, hay que entender que actualmente el estado de Israel logró que EE. UU. se empantane en una guerra de larga duración en Medio Oriente, debilitando su poder en el Extremo Oriente. En este mundo multipolar, esta dinámica está favoreciendo a terceros países, especialmente a China, pero también a Rusia.
La guerra contra Irán, que es ahora una guerra regional en Medio Oriente, ha sido caprichosa, innecesaria y desastrosa por lo que, tarde o temprano, los EE. UU. deberán abandonarla y focalizarse en otros frentes necesarios, mientras que Europa debe repensar su estrategia de confiar demasiado en los elefantes que supuestamente la protegen.
¿Sacar los elefantes de Ormuz y Bab el-Mandeb?
Trump, dentro de sus manías de atacar sin piedad a Irán, también está evaluando retirar sus tropas de Irán sin liberar el Estrecho de Ormuz, como lo confirmó a su equipo, en una publicación del Wall Street Journal, sugiriendo -casi exhortando- en un posteo de X que los europeos vayan a Ormuz y «lo tomen». Esto luego de haber dicho, repetido y ratificado que la guerra contra Irán estaba “ganada” y de amenazar con la destrucción total de la infraestructura iraní.
Ahora, sin embargo, el mandatario estadounidense parece que quiere salir del conflicto, aunque no logre la reapertura del estrecho de Ormuz y, de acuerdo con algunos de sus asesores, poner fin a la campaña estadounidense contra Irán, incluso si el estrecho sigue cerrado al paso de petróleo, otorgando una ventaja a Teherán en una guerra más larga de lo previsto. Siguiendo esta línea, Trump publicó en redes que «todos esos países que no pueden conseguir combustible para sus aviones debido al estrecho de Ormuz, como el Reino Unido, les tengo una sugerencia (…): tomen coraje, vayan al Estrecho, y tómenlo».
Para Trump “si el estrecho de Ormuz no queda inmediatamente abierto para negocios», concluiremos nuestra «encantadora estadía» en Irán volando y destruyendo por completo todas sus centrales eléctricas, pozos de petróleo y la isla Kharg (y sus plantas de desalinización) que, «deliberadamente, aún no hemos tocado”, amenazó el presidente, reclamando y amenazando para que se abra el estrecho. Forzar la reactivación de ese paso marítimo prolongaría la guerra, que lleva más de un mes, «más allá del plazo de cuatro a seis semanas», señalaron los funcionarios al Journal.
La ofensiva de EE.UU. e Israel fue lanzada el 28 de febrero y Trump esperaba que dure pocos días, confiando en resultados parecidos a su rápida operación en Venezuela. Pero es otro el escenario y la resistencia iraní ha sido mayor de la que esperaba Trump, con ataques con misiles a bases estadounidenses y países vecinos e incluso a objetivos a 4.000 kilómetros de distancia.
Con las elecciones legislativas de medio período que se realizarán en noviembre y una guerra que, según las encuestas, es cada vez más impopular, Trump busca una salida rápida del pantano iraní.
Pero, sobre todo, Teherán cerró el estrecho de Ormuz, por donde circula entre el 20% y 25% del petróleo mundial y buena parte del gas, provocando el alza del precio del crudo y la caída de los mercados globales. Trump, que no tiene el apoyo de Europa en su incursión bélica, está frustrado y preocupado por la subida del precio del combustible en EE. UU., lo que impacta en la inflación en ese país y, obviamente, afecta su popularidad.
Con las elecciones legislativas de medio período que se realizarán en noviembre y una guerra que, según las encuestas, es cada vez más impopular, Trump busca una salida rápida del pantano iraní, intentando que parezca un retiro victorioso.
Trump y sus principales asesores sostienen que una misión para forzar la recuperación del estrecho de Ormuz prolongaría la guerra un par de meses más, si es que utiliza una ofensiva terrestre. El Pentágono tiene en la zona unas 50.000 tropas que podrían desplegarse en algunos sitios estratégicos, como la isla de Kharg.
No obstante, ante la perspectiva de que el conflicto se prolongue, habrían decidido que EE. UU. solo debería lograr sus principales objetivos de limitar la marina de Irán y sus reservas de misiles y bajar las hostilidades actuales, presionando por la vía diplomática a Teherán para que permita el libre flujo comercial. Si eso falla, Washington presionaría a sus aliados europeos y del Golfo para que consigan la reapertura del estrecho. Existen opciones militares por las que el presidente no optaría, mientras tanto.
Trump es bastante contradictorio sobre el manejo del estrecho, así como con los objetivos de la guerra. Sus ultimátums se postergan varias veces, sus amenazas de bombardear instalaciones de energía, si no se abre el estrecho, tampoco surten efecto. Incluso ha minimizado la importancia del estrecho para EE. UU., pero nada funciona. Para los expertos cuanto más tiempo el estrecho siga cerrado, más daño provocará en la economía global y provocará que siga aumentando el precio del petróleo y sus derivados.
Si no se restablece un flujo normal del comercio, Teherán seguirá amenazando hasta que EE. UU. y sus socios lleguen un acuerdo o terminen la crisis por la fuerza, según los analistas. Suzanne Maloney, experta en Irán y vicepresidenta del Brookings Institution en Washington, sostiene que es «increíblemente irresponsable» acabar las operaciones militares antes de que el estrecho se abra, como lo reveló al Wall Street Journal.
“EE. UU. e Israel iniciaron juntos la guerra y no pueden escapar de las consecuencias sin asumir sus responsabilidades”, según Maloney. «Los mercados energéticos son inherentemente globales, y no hay posibilidad de aislar a EE. UU. del daño económico que ya está ocurriendo y que empeorará exponencialmente si continúa el cierre del estrecho”, agrega.
Pero el apuro de Trump por terminar la guerra es cada vez mayor. Hace poco anunció negociaciones en Pakistán con “un nuevo régimen” iraní, con un programa base de 15 puntos. Trump aseguró que el nuevo líder iraní le pidió un “alto al fuego”, pero el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores, Esmaeil Baquaei, desmintió que todo eso haya ocurrido.
«No hemos mantenido ninguna negociación con EE. UU. Lo que ocurrió fue una solicitud de negociación junto con una serie de propuestas estadounidenses que nos llegaron a través de diversos intermediarios, incluido Pakistán», dijo y agregó que las exigencias de esa propuesta son “excesivas, poco realistas e inaceptables”
en las últimas horas del martes 7 de abril (poco antes de que fenezca el plazo dado por Trump), EE. UU. e Irán lograron un alto al fuego que tendrá una duración de dos semanas, luego de la apocalíptica amenaza de Trump.
Sin embargo, Trump no descartaba otras opciones y sigue enviando tropas a la región. Recientemente, el USS Trípoli y la 31ª Unidad Expedicionaria de Marines entraron en la zona y también la 82ª División Aerotransportada. Trump no solo podría intentar liberar el paso del estrecho con una ofensiva terrestre, sino que también estaría evaluando una misión compleja y arriesgada para apoderarse del uranio del régimen, según el Wall Street Journal.
La secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, dijo a la prensa que EE. UU. estaba «trabajando para» las operaciones normales en el estrecho, pero no lo incluyó entre los objetivos militares principales: atacar la marina, los misiles, la industria de defensa iraní y la capacidad de fabricar un arma nuclear.
Y en otra de sus usuales salidas de tono, Donald Trump amenazó nuevamente con dejar la OTAN diciendo que “es un tigre de papel”, al mismo tiempo que reprendía a los aliados dando a entender que pondría fin a la guerra contra Irán de cualquier manera. La actualización de estas frases del mandatario estadounidense fue la amenaza de una destrucción generalizada en Irán si sus líderes no cumplían con el plazo que fijó para abrir el estrecho de Ormuz el pasado lunes 6 de abril.
Sin embargo, en las últimas horas del martes 7 de abril (poco antes de que fenezca el plazo dado por Trump), EE. UU. e Irán lograron un alto al fuego que tendrá una duración de dos semanas, luego de la apocalíptica amenaza del presidente estadounidense Donald Trump de “acabar con toda la civilización iraní» si no abrían el estrecho de Ormuz. Trump halló una salida en una propuesta paquistaní de abrir el estrecho, mientras Teherán y Washington intentan negociar un acuerdo de paz.
Israel apoya el alto al fuego, pero advierte que no se extiende al Líbano, en donde siguen los combates del ejército hebreo contra Hezbolá, grupo militante financiado por Irán. El país persa aceptó la propuesta tras los esfuerzos de la diplomacia de Pakistán y una mediación de último momento de China, según afirmaron funcionarios iraníes. Por lo menos, en dos semanas, el petróleo, los fertilizantes y el helio podrán pasar por el estrecho de Ormuz. El anuncio provocó la caída de los precios del petróleo. El mundo contiene el aliento, al menos por ahora.