lunes, mayo 4, 2026

El gobierno de Petro: entre la violencia, la realidad y Macondo

Lo que viene sucediendo en Colombia es preocupante para Ecuador. La proximidad geográfica entre ambos países hace que cualquier turbulencia política, social, económica o por efectos de la violencia cruce la frontera, afectando las zonas limítrofes.

Por: Ugo Stornaiolo

La escena final de Cien años de soledad es decisiva. El coronel Aureliano Buendía, sin otra opción que enfrentarse sólo a las tropas rivales, emprende una veloz cabalgata que tendrá un resultado previsible: el fin de toda una dinastía. Se trata de una representación apocalíptica de la destrucción de Macondo, que coincide con la revelación del destino trágico de la familia Buendía y la imposibilidad de romper con la soledad que los marcó por generaciones.

Ni el genial Gabriel García Márquez se hubiese imaginado que el Macondo que él pensó, un lugar imaginario en donde todo sucedía, mientras el coronel Buendía hacía sus guerras en otras partes, se convirtió en una realidad creada por su probable coideario, porque Gabo murió sin saber lo que ha sido el primer gobierno de izquierda de su país, donde un exguerrillero, Gustavo Petro, se ha hecho famoso y no precisamente por sus aciertos y políticas de gobierno, sino por todo lo contrario.

A Petro hay que ubicarlo en sus diferentes contextos: como guerrillero de las extintas guerrillas del M19 (convertidas luego en partido político), en su rol como senador y, especialmente, como alcalde de Bogotá, donde mostró bastante de lo que ahora hace como presidente.

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Gustavo Petro como alcalde de Bogotá, en el 2013. Foto: Archivo El Espectador

En su primer año como alcalde Petro vivió su peor crisis, que llevó primero a un intento de revocatoria de su mandato y a su destitución el 9 de diciembre de 2013 —efectiva el 19 de marzo de 2014— e inhabilitación por 15 años para ejercer cargos públicos, por una investigación disciplinaria de la Procuraduría.

Petro desprivatizó la recolección de basura en la capital colombiana y la entregó a la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá, provocando un caos de acumulación de desechos por tres días, con gastos millonarios e impacto ambiental. “Una falta grave”, según el entonces procurador, Alejandro Ordóñez.

Petro completó su mandato como alcalde el 31 de diciembre de 2015. Su gestión duró casi cuatro años. Sus cifras al terminar su gestión eran bajas.

Pero, en lugar de sentenciar su carrera política, a Petro su destitución y luego reposición le dio impulso popular, especialmente cuando llenó de simpatizantes la Plaza Bolívar, en el centro de Bogotá. Luego, la Corte Interamericana de Derechos Humanos ordenó su retorno a la alcaldía de Bogotá, dispuesta por el presidente Juan Manuel Santos el 23 de abril 2014. Un triunfo que le posicionó como líder de la izquierda, con una elección perdida ante Iván Duque hace seis años y su posterior victoria hace dos años.

Petro completó su mandato como alcalde el 31 de diciembre de 2015. Su gestión duró casi cuatro años, con el lapso de su destitución temporal entre el 19 de marzo y el 23 de abril de 2014. Sus cifras al terminar su gestión eran bajas. Según la encuestadora Gallup lo desaprobaba el 68% de los ciudadanos. Y como pasó con su alcaldía, Gustavo Petro sigue siendo la representación tragicómica del caos en su presidencia.

Basta recordar la transmisión televisiva, en directo, de un gabinete, donde ni la vicepresidenta ni los ministros le hacían caso. Por eso, Petro enfrenta varios cambios de ministros, renuncias, un par de incidentes con Donald Trump (con disculpas y desmentidos de por medio), extraños viajes y ausencias, como el que hizo a Manta durante la posesión de Daniel Noboa (desconoció su triunfo) y la denuncia de su excanciller Álvaro Leyva sobre “su adicción a las drogas”. A Leyva, Petro lo acusó de ser parte de un complot para derrocarlo.

A lo anterior hay que agregar algunos escándalos de corrupción (uno de los principales involucraba a su hijo en el financiamiento de su campaña electoral con dineros dudosos) y una polémica consulta popular que busca llevar adelante sin pasar por el congreso.

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Gustavo Petro durante un mitin por la consulta popular en mayo de 2025. La Consulta Popular: Los doce puntos, simples y fundamentales, en forma de pregunta, para que el senado consulte si los quiere el pueblo o no, y tome las decisiones correspondientes. Foto: X de Gustavo Petro

Los ministros y asesores de Gustavo Petro saben la táctica que deben usar con el presidente: saludos afectuosos y preguntas concretas, con un sí o un no como respuesta. Caso contrario, las órdenes son confusas. Petro tiene muchos cambios de talante. “Al presidente hay que interpretarlo”, dice alguien que trabaja en la Casa de Nariño, la residencia presidencial.

Desde el inicio de su mandato Petro buscó un acuerdo nacional, la convocatoria a una constituyente (esa especie de manía por refundar países que tienen los camaradas del Grupo de Puebla), una consulta para aprobar sus reformas (educativa, laboral y de salud) y una paz con grupos armados que tuvo como resultado el abandono de las mesas de negociación del ELN (Ejército de Liberación Nacional) y la reaparición de la violencia en algunas partes del país.

Laura Sarabia, renunció como canciller después de que petro la desautorizara en un problema por la emisión de pasaportes. Pese a sus 29 años, Sarabia era la “mano derecha” de Petro.

Cincuenta y ocho ministros pasaron por el gobierno. Algunos duraron pocos meses. Casi todos pasaron de aliados a fuertes críticos. Su mano derecha era Laura Sarabia y ahora lo es quien era su máximo enemigo, Armando Benedetti. Por citar otro caso, Álvaro Leyva, su primer canciller, era quien le pedía que cambie la Constitución y busque la reelección (otra manía de los de Puebla), y después presuntamente complotó para derrocarlo. Otro cargo importante, Carlos Ramón González, huyó antes de ser detenido por corrupción. Un caos total.

A quien le escuchaba, hasta hace poco, Petro le decía que “iba a ser feliz cuando se vaya de la Casa de Nariño en 2026”. A lo Bucaram, dice que es un edificio “lleno de fantasmas” y no le gusta su neoclasicismo. Su relación con su vicepresidenta, la afro Francia Márquez, es inexistente. Petro piensa que ella es otra conspiradora junto con su excanciller Leyva.

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Gustavo Petro y Laura Sarabia, en Brasilia, el 18 de enero de 2024. Andre Borges (EFE)

Otra excanciller, Laura Sarabia, renunció después de que la desautorizara en un problema por la emisión de pasaportes, que va a colapsar en poco tiempo. Pese a su juventud —29 años—, Sarabia era la “mano derecha” de Petro. “Sus ojos y oídos” en los dos primeros años de gobierno. De pronto, un día descubrió “algo” que no le gustó y primero la nombró canciller y luego la reprendió en público, invitándole a renunciar. No tuvo piedad al despedirse de ella en redes sociales: “hay que poner el corazón en los más pobres, en lo justo, nunca dejarse conquistar por la codicia. La codicia es la enemiga de la revolución y de la vida. Espero que hoy Laura sea una mejor mujer de la que era cuando me conoció. Buen viento y buena mar”.

V

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La soledad del poder

El doctor Rodrigo Borja, durante su período presidencia en Ecuador (1988-1992) reconoció que existía el síndrome de la “soledad del poder”. A Petro le pasa lo mismo. En privado dice estar solo, incomprendido, atacado. Para él ninguno de sus colaboradores es “revolucionario”: no se jugaron la vida como guerrilleros, presos o perseguidos por los paramilitares, como él dice que hizo.

Se queja de haber nombrado a muchos funcionarios. Y cayó en cuenta que Sarabia “lo aislaba y lo metía en una burbuja”, como le advertían otros colaboradores. “Los peores enemigos hemos sido nosotros mismos. Usted los nombra y no han dado resultados. Hágase cargo”, cuenta alguien cercano. Uno de los ministros más importantes que tuvo señala que “el cambio de Petro no va a ser un puente ni una carretera. Es un cambio de formas, de estilo, de que puede gobernar gente distinta a las élites. Y ese no es un legado menor”.

Probó con tecnócratas y políticos de centro en su primer Gabinete, con nombres salidos del petrismo clásico, dejando ahora el trabajo sucio del Gobierno al cuestionado Armando Benedetti, exsantista y uribista protagonista de varios escándalos y a Alfredo Saade, líder cristiano con antecedentes en la derecha. Ambos son hábiles negociadores en el submundo del Congreso y buscan resultados. Benedetti logró aprobar la reforma laboral.

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Benedetti y Saade, ahora entronizados como parte del círculo íntimo del presidente Petro.

En paralelo, impulsa una votación simbólica para una Asamblea Constituyente en la que la ciudadanía defienda sus reformas, como la de la salud y otras. Esto genera resistencias en amplios sectores y no solo de oposición, que sostienen que quiere saltarse al Congreso y salirse con la suya con un referéndum en el que usará la maquinaria estatal para ganar.

Un asesor externo que jugó un rol decisivo en su elección sostiene que Petro tiene una disociación por el momento histórico que vive (que él mismo provocó). Una descarga de adrenalina diaria donde una semana equivale a un mes en otro Gobierno.

Algunos lo califican como un lame duck (pato cojo, como llaman popularmente en EE.UU. a cargos electos que van a dejar su puesto) al que le va a sobrar un año de Gobierno. Le pasó a Iván Duque que, en su último año, enfrentó una revuelta popular y acabó encerrado en el Palacio, rezando en una capilla.

2026 será un año turbulento, pero Petro no quiere dejar las cosas como están. Podría, con el 29% de popularidad que conserva, escoger a su delfín —de izquierda o de centro— para evitar el ascenso de Vicky Dávila, exdirectora de la revista Semana, precandidata presidencial de la derecha, muy bien posicionada en las encuestas. Quedan 13 meses y un país sumergido en el caos. 

La violencia y la crisis política en Colombia han generado migraciones hacia Ecuador, aumentando la presión sobre recursos y servicios públicos.

Una de sus salidas fuera de tono en su poco amistosa última visita al Ecuador (con el extraño viaje a Manta incluido) fue decir que, “como presidente de Colombia, he solicitado a los pueblos de nuestros países antiguamente grancolombianos, rehacer el gran proyecto de Bolívar, bajo las condiciones del siglo XXI” (SIC).

Sobre este tema, Roberto Aguilar recordaba que “no es una casualidad que, hablando de Gustavo Petro en un monólogo, la escritora colombiana Carolina Sanín citara el canto XXXIII del Infierno de Dante, donde se describe el castigo de quienes traicionan la hospitalidad. Situados en el círculo noveno, el más profundo del infierno, sus almas están condenadas antes de la muerte de sus cuerpos (un caso único en toda la Divina Comedia, así de grave consideraba Dante el delito de la traición a la hospitalidad) y vagan por las tinieblas llorando lágrimas incapaces de brotar, porque se les congelan en los ojos, y terminan vertiéndose hacia sus entrañas”.

¿Debe preocupar en Ecuador lo que pasa en Colombia?

Lo que viene sucediendo en Colombia es preocupante para Ecuador por varias razones. La proximidad geográfica entre ambos países hace que cualquier turbulencia política, social, económica o por efectos de la violencia cruce la frontera, afectando las zonas limítrofes. En el caso de los grupos criminales que operan en Colombia, éstos tienen vínculos con organizaciones delictivas en Ecuador, lo que podría intensificar el crimen organizado en el país.

Otro aspecto clave es el desplazamiento forzado. La violencia y la crisis política en Colombia han generado migraciones hacia Ecuador, aumentando la presión sobre recursos y servicios públicos. También hay el riesgo de que la inestabilidad en Colombia afecte el comercio y la economía ecuatorianas, dado que ambos países mantienen relaciones comerciales importantes.

Golpeó mucho en Colombia el atentado contra el precandidato presidencial y senador Miguel Uribe Turbay generando un fuerte impacto político, en un contexto de polarización y a menos de un año de las elecciones presidenciales. Gonzalo Ortiz sostiene que “el atentado que sufrió el precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay levantó un clamor para que se reduzca el nivel de agresividad y polarización del discurso político del Gobierno y la oposición”.

El Senado colombiano rechazó y se solidarizó con la familia frente al atentado al senador Miguel Uribe Turbay. Foto: Leonardo Vargas / GOV.CO

No está claro quién ni la causa para que le disparen. Uribe Turbay tenía pocas opciones en el proceso electoral y no era una figura destacada en la oposición, pero fue un opositor de Petro desde cuando era alcalde y aquel, concejal de Bogotá. Desde entonces es un fuerte crítico del ahora mandatario.

El atentado despertó el temor a que vuelvan los tiempos de la violencia —entre 1980 y el 2000—, cuando el crimen organizado secuestró y asesinó a políticos para jactarse de su fuerza, influir en la política y sembrar el desconcierto y la discordia (se recuerdan los homicidios de Carlos Pizarro Leongómez y Luis Carlos Galán) y de la madre de Uribe Turbay, Diana (una destacada periodista), que también fue asesinada por “Los Extraditables” de Pablo Escobar y otros mafiosos del cartel de Medellín. Es nieto del expresidente Julio César Turbay.

Por ese discurso de polarización y búsqueda de pugnas es achacado Petro por sus críticos y opositores. Muchos aliados le piden que calme las aguas. En 2025 creció la polarización y la agresividad política respecto al año previo. Discursos de odio y discusiones sobre el gobierno y la presidencia o ataques desde el gobierno y desde fuera.

 “Sigo vivo”

Iván Mordisco, jefe de las disidencias de las FARC y el terrorista más buscado de Colombia, aclaró hace dos años en Caracol Radio que el anuncio del anterior presidente, Iván Duque, de que murió en combate fue falso. Lo mismo le pasó a Petro cuando se refirió a la muerte del guerrillero, líder del Estado Mayor Central de los disidentes, crecido dentro de las FARC por sus habilidades de francotirador y especialista en bombas. Petro, como otras veces, tuvo que borrar rápidamente un mensaje publicado en X.

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El máximo «comandante» de la disidencia de las FARC EP, alias Iván Mordisco (C), hace un saludo militar junto al «comandante» Calarca (D) durante una reunión con las comunidades locales en San Vicente del Caguán, departamento de Caquetá, Colombia, el 16 de abril de 2023. Foto: AFP

En un país donde existen muchos personajes famosos por sus vínculos con la violencia, desde Pablo Escobar (admirado y pieza de mercadeo y turismo en Medellín), Tirofijo Manuel Marulanda y el propio Petro que perteneció al grupo guerrillero del M-19, Mordisco no es ajeno a eso. Su cabeza vale más de un millón de dólares. Néstor Gregorio Vera, su verdadero nombre, es cabecilla principal del cartel narcotraficante de las disidencias o Grupos Armados Organizados Residuales (GAOR).

Con esa oleada de violencia que está viviendo Colombia, el guerrillero de las tres vidas busca incrementar su cotización para los cazarrecompensas. La primera que lo advirtió fue la precandidata presidencial Vicky Dávila, al contar una confidencia de un militar de inteligencia: Mordisco habría sido uno de los autores intelectuales del ataque contra Uribe Turbay.

El propio gobierno de Petro recogió la información de la periodista y precandidata presidencial. El ministro de Interior, Armando Benedetti, dijo que “tendría que pensarse en Iván Mordisco, en las disidencias, que son narcotraficantes más que guerrilleros, y que además vienen implementándose con otros narcotraficantes internacionales”. Lo cierto es que a Petro su pasado le sigue traicionando. Como cuando era guerrillero, senador, alcalde de Bogotá y ahora presidente. Todo esto no ocurrió en Macondo, sino en Colombia, en el primer gobierno de izquierdas de ese país, en pleno siglo XXI…

 

Ugo Stornaiolo

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