
La nación disipada de lores con pereza
– I –
¿Qué es la ecuatorianidad? Una forma de disconformidad, de impulso, de delirio. ¿Acaso los ciudadanos y las ciudadanas del Ecuador siempre son invadidos por las pasiones, la ira, la exaltación, el hedonismo y no hay un límite?, y será por eso que la sociedad siempre cae en las polarizaciones. El país desde el siglo XIX es una espiral para el bien o para el mal, la divergencia es o será una marca registrada de lo que significa ser ecuatoriano o ecuatoriana, tal vez, seamos una civilización paradójica porque estamos en el medio del mundo. Si nuestro territorio se ubica en el centro del orbe deberíamos ser las personas más ecuánimes y equilibradas del planeta, pero lamentablemente no lo es y no sabemos que nos depara el porvenir, vivimos en una eterna incertidumbre política y asistiendo a las urnas como si fuera un examen supletorio en el cual hay que rendir dos o hasta tres veces para pasar el semestre, en este caso, para vivir mejor.
En la década del noventa del siglo XX, un pintor quiteño elaboró un cuadro de la siguiente manera:
En la parte lateral de un óleo en donde los colores están dispersos justo hay un rostro de una mujer acompañada por un fondo negro, sonríe, tiene la nariz larga, la cara un poco prolongada pero también está un poco ensanchada, sus labios se muestran rojos por el pintalabios, la sonrisa puede ser sarcástica, simple, o tal vez, no quiera indicar nada, los ojos están con las pupilas blancas, podemos indicar que se trata de una mujer de edad adulta entre cincuenta y sesenta años, dos manchas rojas le cubren la frente dándole una especie de oscuridad a su ánima o si nos ponemos más moralistas, es más demoniaca, pero su rostro es muy serrano por no arriesgarse y determinar que es bien quiteño, esta figura podría generar varias interpretaciones, o tal vez, ser el inicio de un rostro que le sigue a continuación en la misma obra, es una mujer que no muestra que está feliz ni triste simplemente existe como una planta o puede adornar un cuadro o está borracha o está bajo el producto de un narcótico, nunca sabremos qué quiso decir el artista plástico, Luigi Stornaiolo (1956), con este personaje, lo que si sabemos que su intención estaba en las pasiones, en lo subjetivo y que los personajes de su Espectáculo energúmenesco muestran la esencia o el ánima de un período del Ecuador, que podría estar entre las décadas del sesenta, setenta, ochenta y noventa del siglo XX, época en que el pintor quiteño fue más fecundo.
Este registro pictórico que pertenece al neorrealismo social ecuatoriano y está compuesto de caras, rostros, de colores fuertes y que emula o es una herencia del barroco de Rembrandt (1601-1669); parece que tiene un secreto que deviene del exceso, en lo atiborrado, así Stornaiolo propone figuras minimalistas sobrecargadas de expresión tanto en este óleo como en el Baileamploide de Reconocidoprestigio en el medio de su autoría.
La figura que le sigue a esa mujer que acabé de describir en el óleo de Stornaiolo tiene una nariz gruesa como una bruja de Falero (1851-196), oreja grande mirada pícara como la de un sátiro de Rubens (1577-1640) que invita al hedonismo de la noche, de los vicios y de los placeres también podría ser un duende, sus manos sostienen una especie de tela y su cara sale de otra figura que se podría denominar que hace referencia a la de un monstruo que está compuesto de pigmentación como el verde botella y un negro oscuro, este ser se asimila a una especie de animal mitológico o incluso podría ser el diablo de El aquelarre de Goya (1746-1828).
Este cuadro de Stornaiolo puede tener varios significados, la noche quiteña y su desenfrenada dinámica, la fiesta y el alcohol, los vicios en la sociedad ecuatoriana, esta obra es un desborde de emociones y alucinaciones de un autor irreverente y provocador, pero el artista plástico retrata también en estos seres minimalistas que a los ecuatorianos y a las ecuatorianas les encanta la farra, el exceso de libar, los banquetes, las reuniones familiares, los feriados, el placer, es decir una sociedad que se desvive por el reposo desmesurado y que es fanática de lo superfluo, así como narra y describe la obra ensayística más importante de Juan Montalvo en el Ecuador siglo XIX.
Las Catilinarias también son una oda al exceso de la Mitad del Mundo de ese periodo porque tiende a una conceptualización de cómo era el pueblo ecuatoriano en esa época. Montalvo como Stornaiolo en el siglo pasado construyó una obra descriptiva y analítica de las costumbres y la tradición de su centuria, pero por medio de la escritura y utilizando a la parodia, a la hipérbole, a la alegoría para mostrar todo lo que ocurría en el ámbito sociológico y político en esos años decimonónicos, la burla, el insulto ensancha esa explicación costumbrista montalvina sobre este país que hoy en día es uno de los más peligrosos de América Latina.
En el ensayo Léxico y símbolo en Juan Montalvo (Ensayo e interpretación lexicológica y semiológica de Las Catilinarias), del pensador cuencano Juan Valdano (1939-1921), se explica que el método de construcción de Las Catilinarias está basado como en un manifiesto filosófico social y técnico del XVII e incluso del siglo XVIII, un sentido figurado arcaico:
“Montalvo se sentía también a gusto paseándose en medio de su museo léxico. Pero con la diferencia de que él creía de buena fe que aquellos términos que los arrancaba de los clásicos castellanos podían seguir teniendo vigencia y, cual un Quijote que se engalana con las armas de sus abuelos, quiso dar nuevo brillo a expresiones que el tiempo definitivamente opacó”.
Las Catilinarias también podrían ser una especie de observatorio de ese período que revisa al Ecuador para contar lo que sucede en el territorio ecuatoriano en ese siglo en lo político y en lo social, pero lo hace de un modo particular desde el enojo, desde la inconformidad, desde los conceptos de “civilización y barbarie”.
Por eso, pienso que estos ensayos costumbristas, filosóficos y sociológicos de Montalvo podrían transformarse en un lienzo o porque no en un mural a lo Guernica de Pablo Picasso (1881-1973), porque el simbolismo en el lenguaje que posee es de todos los tiempos. Leyendo todos sus acápites que son doce números y que es una alegoría o que representa en algunas culturas como la griega, el orden cósmico, estos escritos no justamente demuestran la perfección porque su creador no fue un pensador o escritor común, su estilo desaforado, eufórico y al mismo tiempo elocuente y con una alta prosa refinada la convierte a esta compilación en una maquinaria textual expansiva y digresiva, pero cuando se la lee con detenimiento se refleja un ensayo sociológico, filosófico e histórico del Ecuador del siglo XIX y también de la civilización occidental de esa centuria.
Valdano también en su ensayo explica qué serían Las Catilinarias para su autor:
“¿Montalvo «pensador» en Las Catilinarias? Pues sí, en el amplio sentido de pensamiento que refleja una experiencia vital y comprometida de la realidad política y social del Ecuador de la segunda mitad del siglo X I X, y para ser más precisos, experiencia que deja ver la cosmovisión de la generación ecuatoriana de 1854 a la que perteneció Montalvo como uno de sus miembros más representativos”.
Las Catilinarias también podrían ser una especie de observatorio de ese período que revisa al Ecuador para contar lo que sucede en el territorio ecuatoriano en ese siglo en lo político y en lo social, pero lo hace de un modo particular desde el enojo, desde la inconformidad, desde los conceptos de “civilización y barbarie”, para él hay una forma civilizatoria ejemplar qué es la europea sobre todo la francesa basada o podríamos afirmar que es la réplica de la griega, ¿a acaso sólo existe una forma de ser civilizado? es posible que esta pregunta se cuestionaba Montalvo de forma continua.
Las Catilinarias indican que la ignorancia es la causa de la violencia y que un pueblo no civilizado poco a poco cae en el olvido, por ejemplo, en la séptima catilinaria describe una categorización de los pueblos más instruidos en occidente de ese periodo. Montalvo inicia este ensayo de la siguiente manera:
“En la exposición universal de 1867 el señor Manier presentó un mapa de la instrucción popular en Europa obra que tuvo premio y encomios del jurado del jurado de calificaciones. Este sabio laborioso francés divide los pueblos en cuatro categorías, según los conocimientos de ellos, y son:
Pueblos muy adelantados;
Pueblos bastante adelantados;
Pueblos atrasados;
Pueblos muy atrasados”.
Después el ensayista sigue narrando hechos históricos con datos de la educación de la época como es el caso de Noruega, Montalvo advierte que en esa nación de cada cinco habitantes existe una persona que va a la escuela:
“Hombres y mujeres, todos saben leer y escribir; algo más saben, saben geografía, historia nacional, aritmética por lo menos las cuatro reglas, siendo la de tres, muchas veces elemento de la educación primaria”.
Todo este desarrollo lo hace el ensayista para explicar sobre el concepto de educación y también para contar una anécdota sobre la enseñanza escolar, colegial y universitaria del país sobre todo desde la perspectiva de los jóvenes aristócratas de la época, en el relato los calificó como los “lores” de Quito.
La anécdota trata sobre una mujer inglesa que estaba de paseo en tren por Europa y a su alrededor tenía muchachos adinerados y de la aristocracia quiteña, al conversar y saber que son del Ecuador, la europea no dudó en preguntar: ¿Cuántos metros tenía el Chimborazo? en este relato dos de estos tres muchachos le dan poca importancia a esa mujer y se acomodan para dormir, pero sus ronquidos no interrumpían la indagación de la curiosa:
“Al más instruido de los viajeros le había cogido un sueño invencible ese rato, a vista y paciencia de esa impertinente marisabidilla, que le quería buscar el pelo al huevo, no que el ranúncula al Chimborazo, el imbilicaria postulata, ni el verrucaria geográfica que vio Humboldt a 5.554 metros en la famosa montaña. Lástima de zambo o de cholo que no hubiera estado allí para suplir por el señorío de esa capital, y volver por la honra de la raza hispanoamericana, respondiendo a esa maliciosa preguntona: El Chimborazo tiene 6.554 metros sobre el nivel del mar…”.
Después la viajera europea lanzó otro cuestionamiento ¿el Chimborazo es la montaña más alta del mundo?, dos de esos jóvenes seguían durmiendo, el único despierto dijo ¡sí! fríamente y en seguida Montalvo a este joven lo compara con el cholo y el zambo, categorías ciudadanas muy reconocidas del Ecuador decimonónico que pertenecían a los mestizos, este ejemplo indica una condición de clase, el ensayista ambateño retaba a esa aristocracia de no instruirse pero observaba en las personas de clase media que tenían mejor preparación y una educación sutil:
“Pero el zambo o el cholo hubieran respondido: Tal se había pensado, señora, antes de que los montes de Bolivia se los sujetara a estricta mensura: después de acuciosas operaciones, ya barométricas, verificadas posteriormente, el Chimborazo arría bandera del pico del Soratá y el encumbrado Illimani que pasan a siete mil metros”.
Para Juan Valdano, la postura de Montalvo era la del criollo instruido que estaba contento por la emancipación de América Latina, pero con el ansia de investigar y analizar su región como latinoamericano pero desde Europa, o sea, su mirada fue eurocentrista.
Esta anécdota también sirve a Montalvo para criticar al ex presidente Antonio Borrero Cortázar (1827-1911) que había nacido en Cuenca y en unos de los lugares más altos del país; y para cuestionar la actitud arrogante y blasona de Borrero que venía de la aristocracia de esa ciudad, por ejemplo, el ex mandatario colocó a su yegua blanca al servicio de la Caballería del ejército ecuatoriano:
“Oyendo estoy aquí que don Antonio Borrero, a fin de mejorar y ennoblecer su caballería ,me reduce a la memoria la yegua blanca de Mahoma, esa en la cual huyó el profeta por los aires de la Meca a Jerusalén, sea en buena hora, señor presidente; más sea usted bien servido vuestra excelencia, si vuestra excelencia haría en la suya lo que el hijo del Abdul Mortaleb y Codijah. Veamos si el señor don Antonio acierta huir por los aires con su yegua, de Lima donde le espera una cencerrada paliza, a Chile donde según sus epístolas a sus corintios, le han proclamado presidente legítimo e indefectible de una República del Cotopaxi. Si tanta virtud tiene su yegua ¿por qué no levantó hacia arriba en las atmósferas y se libró por arte de encantamiento de la soga y cantaleta que le dieron en el reino de sus antecesores los suipas, muiscas y moscas? ”.
Por otro lado, las comparaciones con Europa u Oriente son comunes en esta obra, el autor siempre tiende a un confrontar con los conquistadores; a veces, se va de un polo a otro, es decir crítica con vehemencia a los conservadores de occidente y a veces habla de que dios es fuente de sabiduría y esperanza, o sea, a veces su visión es contradictoria.
Para Valdano, la postura de Montalvo era la del criollo instruido que estaba contento por la emancipación de América Latina, pero con el ansia de investigar y analizar su región como latinoamericano pero desde Europa, o sea, su mirada fue eurocentrista:
“La actitud de Montalvo era, en definitiva, la dilemática actitud de toda la cultura hispanoamericana, la postura de los nuevos pueblos de América que no obstante independizados políticamente de Europa, volvían a ella en busca de un suelo cultural apelmasado por una tradición de siglos. «Nosotros los del sur, decía Montalvo, si no tenemos todavía literatura propia, somos capaces de comprender y comprendemos la gran literatura española, ésa donde iban a buscar sus obras maestras los mejores poetas franceses y los más sabios literatos”.
Entonces, Montalvo, según Valdano, al observar la realidad social ecuatoriana se daba cuenta que reinaba la ignorancia y el despotismo.
Dentro está obra ensayística existen muchas alusiones al desconocimiento y a la falta de criterio de la mayoría de mandatarios como Borrero, o como refleja está anécdota del ex dictador Ignacio de Veintemilla:
“Ignacio no sabe sino poner su nombre, dijo un amigo íntimo suyo; y eso porque yo le enseñé a viva fuerza, matándome dos meses en grabarle esos cuatro caracteres en la memoria … el jefe supremo piensa que el signo de la i segunda es la o, y escribe: Ignacio de Veintemolla”.
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