“La estupidez es más visible desde que la vergüenza ha sido derrotada.”
Esta reflexión surge a partir de observar un video en redes sociales donde un personaje de la política aborda diversos temas sin conexión lógica, sin profundidad y sin un hilo discursivo reconocible. No se trata únicamente de una postura ideológica, sino de la forma en la que el discurso se construye, o se fragmenta, frente a una audiencia que lo consume, lo replica y, en muchos casos, lo valida.
En la actualidad, es bastante observable que las capacidades humanas de mantener un discurso coherente, narrativo y estructurado ha disminuido.
Como usuaria activa de redes sociales desde hace más de una década, he podido observar transformaciones progresivas por etapas: del contenido reflexivo al contenido rápido; del argumento al impacto; del pensamiento al algoritmo.
A partir de este punto, la idea central se vuelve clara: la estupidez es más visible desde que la vergüenza dejó de funcionar como mecanismo de autorregulación.
Psicológicamente, la vergüenza cumple una función clave en la vida social, actúa como freno interno, como límite simbólico que permite evaluar el impacto de la conducta propia en los otros. No se trata de culpa patológica, sino de una señal que invita a ajustar, a corregir, a pensar antes de actuar o hablar.
Cuando este mecanismo se debilita o se vuelve opcional, los comportamientos irracionales dejan de ser inhibidos. Se exhiben sin censura, sin elaboración y sin consecuencias subjetivas aparentes. Esto no solo incrementa su visibilidad, sino también su peligrosidad, porque lo que se muestra sin regulación se normaliza. La ausencia de vergüenza no libera; expone. Y en esa exposición constante, el límite entre lo privado, lo absurdo y lo socialmente responsable se desdibuja.
Desde este marco, uno de los escenarios donde este fenómeno se manifiesta con mayor calidad es en el comportamiento de personas famosas. Figuras públicas que, por su alcance y capacidad de influencia, antes se veían obligadas a sostener ciertos estándares mínimos de coherencia discursiva o autocontrol, hoy parecen operar bajo la lógica distinta: la transgresión, el ridículo y la incoherencia ya no son errores a evitar, sino recursos para mantenerse visibles.
El ridículo ha dejado de cumplir su función reguladora. Ya no genera repliegue ni reflexión; genera tráfico, atención y viralidad. En lugar de funcionar como señal de exceso, se convierte en moneda de cambio. La vergüenza, que antes operaba como una frontera psíquica entre el impulso y la acción pública, es descartada para no perder presencia en el espacio digital.
El aislamiento, la incertidumbre y la migración masiva a lo virtual redujeron los espacios de interacción presencial, donde la regulación social es más inmediata. La palabra perdió cuerpo, contexto y retroalimentación directa.
Así, se observan escenas donde la desorganización emocional, el discurso inconexo o la conducta impulsiva no solo son toleradas, sino celebradas. No importa lo que se dice, ni cómo se dice, sino que se diga algo que provoque reacción. El contenido pierde densidad simbólica y se transforma en estímulo. No comunica sentido; activa respuesta.
Desde una lectura clínica, esto implica una desconexión progresiva entre pensamiento, lenguaje y responsabilidad. Al no existir un freno interno, el yo se expone sin mediación, sin filtro y sin elaboración. No hay espacio para la pausa, la autocrítica o la rectificación. El error no se procesa; se repite. El sinsentido no se revisa; se amplifica.
Surge entonces la pregunta de investigación, ¿Desde cuándo se viene presenciando este cambio?
En una primera etapa, las redes sociales funcionaban principalmente como espacios de intercambio y expresión. Aunque ya existían discursos superficiales, estos no eran de consumo masivo por la existencia de filtros sociales: la vergüenza, el pudor y el temor al juicio cumplían un rol regulador. El error podía generar corrección y el ridículo aún tenía un costo simbólico.
Con el paso de los años, y especialmente consolidación de economías basadas en la atención, este equilibrio empezó a desplazarse, el valor dejó de estar en la coherencia del contenido y pasó a centrarse en su capacidad de generar reacción. En este punto la vergüenza empezó a perder eficacia como mecanismo de autorregulación, ya que la exposición dejó de ser sancionada y comenzó a ser recompensada.
Posteriormente, la pandemia actuó como un acelerado de este proceso. El aislamiento, la incertidumbre y la migración masiva a lo virtual redujeron los espacios de interacción presencial, donde la regulación social es más inmediata. La palabra perdió cuerpo, contexto y retroalimentación directa. Hablar, incluso sin estructura o elaboración, se volvió suficiente mientras se cumpliera con “estar presente”.
En Ecuador, durante este periodo, las intervenciones políticas en espacios oficiales de comunicación pública se caracterizaron, en muchos casos, por un estilo comunicativo rígido y poco elaborado. Discursos leídos, entonaciones monótonas y estructuras poco claras evidenciaron una distancia entre quien hablaba y el contenido que se transmitía.
Este tipo de discursos no solo se sostienen por quien los emite, sino también porque la estupidez –entendida como falta de reflexión, análisis y coherencia– ha comenzado a ser socialmente aceptada. La ausencia de responsabilidad, tanto en la producción como en la recepción del mensaje, permite que el sinsentido circule sin resistencia. Cuando no se exige claridad, profundidad ni elaboración, cualquier discurso ocupa lugar, independientemente de su calidad.
La normalización de esta precariedad comunicativa tiene mucho que ver con algo más amplio: el abandono de la responsabilidad personal frente al pensamiento. Escuchar sin cuestionar, repetir sin entender y consumir contenido sin discriminar se ha vuelto habitual. Por lo que la incoherencia ya no incomoda, se acepta, se tolera y en muchos casos se asume como parte de lo cotidiano, casi como si fuera inevitable.
Y aquí aparece un punto clave: cada persona es responsable de lo que elige consumir. Vivimos en un entorno saturado de información, pero no todo merece el mismo nivel de atención ni de credibilidad. Elegir no es un acto neutro. Elegir implica tomar postura, y tomar postura exige pensar.
Aprender no es solo acumular datos o repetir lo que otros dicen. Aprender es leer, contrastar, analizar y sostener la incomodidad que muchas veces trae el pensamiento crítico. Formar criterio propio no es inmediato ni cómodo; es un proceso que requiere tiempo, esfuerzo y experiencia. Cuando este ejercicio no existe, los argumentos sin sentido encuentran un terreno perfecto para circular y reproducirse.
Desde lo psicológico, aprender es un acto de autonomía. Pensar, comprender y elaborar permiten no quedar atrapados en discursos vacíos, reactivos o impuestos. El conocimiento, cuando realmente se integra, da poder. No un poder de superioridad, sino de discernimiento, de cuestionamiento y de decisión.
Por eso en un contexto donde la estupidez se vuelve cada vez más visible y socialmente aceptada, elegir informarse y aprender se convierte en un acto de responsabilidad personal y social. No desde la moral, sino desde el cuidado: cuidado del pensamiento, del lenguaje y de la forma en que participamos en la vida pública.
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