miércoles, abril 8, 2026

Nosotros los de siempre (VII)

La publicación por capítulos de la novela de Carlos Vásconez, Nosotros los de siempre, es un experimento decimonónico que se ancla en la modernidad. Vásconez ha confiado en Plan V para publicar una novela por entregas, como un ensayo en el cual los lectores son los beneficiarios. Séptimo capítulo: La propina.

Carlos Vásconez

Por: Carlos Vásconez

Capítulo siete

La propina

Al final del hilo que íbamos ovillando estaba el mesón de Laurent que para estupor de los tres seguía en su debido puesto, agraciado, justificado por el tapiz, en el que al parecer el padre se había resignado a perder a su hija. Ya era hora de eso. Tuvo el tiempo para recapacitar acerca del rol de Sogria, y tenerla trabajando en casa en espera de que alguien pudiente se las llevara a ella y al tapiz como su dote lo volvía un ser abominable y egoísta y temible. Se habría visto al espejo así, abominable, egoísta y temible. Nos recibió con nerviosismo, consciente de la importancia del momento, de no verse solo para el resto de sus días.

No lo sabíamos pero Sogria tenía un caballo en un potrero aledaño a la estación del tren donde lo cuidaban y entrenaban para competencias hípicas locales. Laurent, después de dos bofetaditas que se dio en símbolo de reproche, le indicó, con gesto inconsciente, delicado y cauteloso, que estaba enfermo desde el día anterior y que el veterinario, e incluso el doctor Bastión ya lo habían revisado sin hallar cura porque no hallaban el mal. La noticia humedeció las pupilas de nuestra amada.

V

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—Recuerda que la muerte de las bestias debe ser maravillo…

Le dejó con la palabra en la boca. Se veía lo que continuaba, una s junto a lo que parecía una a que tuvo que atrapar para que no se cayeran ahí mismo, sobre el piso, ensuciándolo con restos.

Casi por encima de nosotros fue a toda prisa a un establo destartalado que quedaba al cruzar la calle y nosotros corrimos sin entender nada detrás de sus zancadas de inválida (¡hay que ver cómo corren los hombres detrás de una mujer hermosa, esforzándose por no rebasarla!).

Al llegar vimos a ese remedo de Pegaso. Bueno, para ser justo a eso yo no llamaría caballo, menos jamelgo. Era un corcel, sí, y muy digno en su majestad de pertenecer a Sogria. Su padre, las pestañas, el tapiz y el tafanario, y ahora el animal le conferían a mi dama etiqueta y garbo, eran parte de ella igual a su voz que era igual a sus piernas que compaginaban a la perfección con mis ganas que me entumecían los dedos. (Si las personas se parecen a su voz, ¿a qué se parecía Jagord?)

El caballo babeaba por hocico y narices. No había evacuado en más de seis días y respiraba con dificultad, asmático, el corazón agotado, los ojos caídos y las pezuñas flácidas, igual a cuero de cerdo recalentado. Sogria se sentó a llorar, porque la veíamos y porque relacionó al jamelgo con ella y su pena. Jagord, en un acto imprevisible, se acercó y la tomó de la mano, alejándola del animal. La sentó en un taburete de madera del que casi se cayó. Suspiró, Sogria, lo que me enardeció. ¡Ella suspiró por un gesto de ese otro jamelgo! Era algo que me resultaba incomprensible. Más incomprensible fue que oí, creí oír, me inventé que le respondió a Jagord, en un inglés que nunca hubiese pronunciado y que sin embargo retumbó por todo el planeta: “If you say so, sweetheart”.

Todo sanador parece que está matando, usa las mismas artes solo que al revés. Por eso los que presencian esas cualidades en marcha no pueden sino callar y admirarlo.

El animal resoplaba de miedo en su rincón viendo a aquellos seres imbuidos de oscuridad que lo rodeábamos, y se sintió una deidad a la que hay que atar para que los hombres se sientan libres hoy y siempre, y escondió la cara como quien busca el regazo de la madre. Sogria se limpió las lágrimas sin saber que así divisaría mejor el consiguiente y maravilloso proceder de nuestro común amigo, quien se acercó al animal como si tuviera cuidado, como si estuviera intentando domarlo, me pidió moviendo los labios sin expulsar un cric, unas vendas, un escalpelo o una navaja afilada, un tacho, ginebra. El guardia de la caballeriza fue a por todo ello y regresó en un abrir y cerrar de ojos con todos los requerimientos desviados a sus similares, llegó con unas camisas en jirones, una cantimplora de leche vacía, un cuchillo y vodka. Jagord sabía qué hacer. Todo sanador parece que está matando, usa las mismas artes solo que al revés. Por eso los que presencian esas cualidades en marcha no pueden sino callar y admirarlo. Cuando le puso sus manos encima sentí a mi sangre transformarse en bilis. ¡Ese bueno para nada le ponía las manos encima con una seguridad y sensualidad que había sido trasplantada de su boca a sus yemas y a las palmas y los dorsos, y nosotros boquiabiertos ante lo inconcebible! Yo jamás de los jamases, y que me perdonen mis padres por esto, habría alcanzado semejante perfección en nada. Con frustración y mil emociones negativas que se abalanzaron sobre mí, comprendí a mi ex esposa, a las razones que tuvo para buscar a alguien que le pusiera las manos encima de esa forma. Con el cuchillo abrió una vena en el punto exacto y practicó una buena sangría. El caballo no opuso resistencia, dejándose caer lentamente, con confianza, sobre el cúmulo de heno. Le dio de beber el vodka hasta atiborrarlo, hasta que su hocico bizqueaba. A los pocos días el caballo estaría como nuevo.

Y entonces se inauguró en mí la capacidad de juramentación. Hasta ese día mis palabras iban y venían, como los dos insolentes viajeros que éramos Jagord y yo en el tren. Puedo jurar que el cabello de Sogria quería ondear en el viento; que el lugar de sacrificio de sus manos era Jagord; que ella, por él fundaría un lenguaje nuevo; que ahí se ahogaba todo lo que le hizo caminar a mi amigo, que quería esta nueva prisión, quería la danza de dos palabras hechas otoño y seda y nada que conocemos burdamente como amor. Juro que en el tentacular y huesudo dedo de Sogria se le despertó un anillo. Juro que yo había perdido el don de la respiración. Juro que yo llevaba ese momento como el reloj lleva su peor hora.

¿Cómo era posible que yo sintiera celos por alguien a quien no amaba? ¿Cómo no me di cuenta de la evidente relación tripartita entre un hombre que sabe tratar a un caballo y la dueña del animal? Lo cierto es que me hirvió la sangre. Para apagar las llamas me entregué a un papel de pinocho y un polichinela de mí mismo. Busqué mis excentricidades, alguna singularidad incluso irrisoria de mi comportamiento, de mi historial, al cual descubrí que le faltaba lo delictivo, algo que lo salpimiente, algo que destacar y exalte mi clarividencia con una locuaz y fulminante perorata. Pero yo estaba vacío. Vacío de rarezas. Sentía mis manos vacías. Como un mendigo que en un día entero ha sido despreciado por todos los transeúntes, a quien ya no le importa el dinero el dinero faltante sino el mundo y su indiferencia. Quien ya no reza por sobrevivir sino porque el alma vuelva a tener valor.

Nosotros bebimos con su padre, quien, apacible, se refirió a los hombres y los caballos y las miles de semejanzas entre sus voluntades y el carácter que necesita el uno para tratar al otro.

En medio del torbellino de eventos vi a Oliver Jagord perdido en sus ensoñaciones. Íntimamente su cuerpo gritaba unas ganas demenciales por regresar a los hábitos de ese monasterio en el que había convertido a la prisión, y en el altar a la fuga que era su celda. Podía adivinar en mi amigo las ganas que lo rebasaban por volver a desear estar libre, no por estarlo. Entonces entendí que a veces el deseo es superior al logro. Incluso estéticamente. Todo su recorrido de regreso desde el anonimato y el ostracismo era como si buscara con ansiedad a alguien que lo recordara, alguien que dijera de él algo, así fueran cosas negativas. No volvía a Sogria y su docilidad. Él era, tan solo, el día que iba detrás del sol.

Esa noche Sogria durmió en el establo. El heno y su cabellera se confundían, se identificaban, se fusionaban. Nosotros bebimos con su padre, quien, apacible, se refirió a los hombres y los caballos y las miles de semejanzas entre sus voluntades y el carácter que necesita el uno para tratar al otro. “Hombre que es respetado por un potro es respetado por cualquiera”. Nos contó, viendo en alguno de los dos al próximo yerno, la triste, patética historia de su esposa. Fue toda su culpa, cosas de apuestas, cosas de hombres. Yo indagaba a profundidad el cuándo, la primera ocasión en que estuvieron juntos, si Sogria se parece a la mujer que no se le quita de la cabeza. “Esa mujer está feliz”, supo manifestar, y su mirada se perdía en el tapiz. Más feliz se hallaba sin la responsabilidad de Sogria. “Así hay personas que nacen desheredadas del cariño o de la sangre. Les gusta lamer las superficies, pero jamás meter el dedo en el tarro de miel y chuparlo hasta arrugar las yemas de los dedos”. Yo no entendía la indirecta, y sin embargo y porque era obvio que Jagord sí, me aplicaba en asentir copiosamente. Nosotros solo sabíamos que Sogria nos tenía en el filo de nosotros mismos. A su cara le faltaban mis besos, por eso las mujeres espléndidas son incompletas. Le faltaban mis manos encima. Le faltaba a su boca mi nombre repetido con ansiedad. Les faltaban a sus pies los pasos que la llevarían a mí en cada noche.

Había vuelto a empezar a llover. Yo, ni idea, lo apuntó Laurent. El frío era milagroso. En alguien debía estar pensando Sogria tendida sobre el heno, abrazada al cuadrúpedo, asilvestrándose. ¡Las ganas de correr y revolcarme encima de ella! Con esa lluvia, era fácil adivinar las rodadas de la población en esas calles mal estructuradas, de aceras lodosas, mientras los limpiaparabrisas de los autos golpeteaban. Unos desafortunados viajeros clamaron ante el cristal de la puerta por servicio. Laurent les gritó con energía y lástima que el mesón estaba cerrado hasta el día siguiente. Jagord se obstinaba en hurgarse las narices y rascar las paredes traseras de sus orejas. Diluvió.

Con un arrebato contenido escribí en un papel de mandados, dormidos ya todos, con letra ajena:

Si algo me dijera que debo aprender a hablar, me sentiría invadido por la pleitesía. Acaso se trataría de un arrebato de mi intelecto, que es el mismo que cuando razono me detiene a hacerlo. Este mutismo no proviene de un complejo, menos de una enfermedad. Si de algo nace sería de mi bufanda, que es azul, de un azul intenso, parecido al color del cielo que no tiene, ese azul que extrañamos al levantar la mirada, no hallar esa nube y, sin embargo, inventarnos que está ahí. Al percatarme de tal ausencia, callo aún más. No decir la palabra “azul” me tranquiliza, y siento cómo todos los demás se impacientan, en cambio, porque dicen esa palabra señalando un punto gigantesco como es el cielo que es donde más falta hace.

 Continué al reverso:

Solemos buscar el silencio en otras bocas. Al silencio lo tenemos en las nuestras. Pero anhelamos las bocas de los otros. Son la forma que tratamos de ser. No una boca múltiple que haga eco de nuestros suplicios. Somos el hambre, somos el deseo. Somos ese algo que tanto se parece a nosotros que no alcanzamos a identificarnos. Por eso el silencio está en la boca ajena, porque nosotros gritamos y exigimos y nuestros lamentos no saben hablar.

La palabra es lo primero. Gracias a ella soñamos. El sueño es mimetizarse. El sueño es expandirse. El sueño es identificarse. Solo mediante la palabra conseguimos plantear el sueño en los otros, al sueño que es de uno volverlo de otros.

La palabra es lo último. Nos acompaña durante nuestros senderos y termina con nosotros. Sí, nos fulmina, para así hacernos parte suya.  Al final somos nuestra palabra. Nos parecemos tanto a ella que nos tornamos movedizos. Vamos de boca en boca.

La palabra no es ni lo último ni lo primero. La palabra es el silencio. Por eso se parece a nosotros.

 Consideré que era suficiente desvarío. Sin miedo, o sea sin ser descubierto, deslicé el papel, doblado en cuatro, en el bolsillo dormido de Jagord.

A la mañana siguiente le declaré mi amor. Lo hice con parsimonia, con la resaca a cuestas, le aclaré mi incomodidad de que mi amigo Oliver la amara también y que fuera por él que la imaginé tanto y tan mal antes de conocerla. Me pidió una pausa, me pidió que le explicara mi comentario de la playa. Traté de hacerlo, de ser expedito. Incriminé a Jagord. Me empeñé en encontrar las mejores palabras y ninguna la conmovió. Me dolió no haber preparado un argumento convincente a más de su inevitable atractivo y mi carestía de caricias. Y me apené cuando ella me refutó todo aludiendo a que las palabras que Jagord no podía decir eran las que ella no quería oír, y que esas palabras eran las que ahora estaba usando.

La rabia royó mi cerebro. Los roedores roen para que los dientes no les atraviesen las encías, los labios, el paladar. La rabia se hizo fuerte en mi cerebro.

Lo demás es lógico dada mi infamia natural. Por Dios, lo juro, la bajeza me ha acompañado desde que tengo memoria, aunque la memoria es lo que más se descompone por la infamia. Hace de nuestros pasados vil ficción.

Fue cosa de peinarme con rigidez hacia atrás, fue cosa de telefonear desde la cabina pública, fue cosa de fingir la voz, fue cosa de dar una descripción dígase que superficial y de impostar un sentimiento de temor. Fue cosa de sentarse en una banca de pintura marrón carcomida y contar minutos en reversa. Fue cosa de extender el dedo y apuntar al mesón de Laurent.

Así y sin más, Jagord se vio maniatado por tres uniformados. Lo despertaron a azotes, cosa que, presto, detuve. Furioso e indignado, me interpuse colocando mi humanidad frente a ellos que con el tolete en alto clamaban venganza en nombre de las leyes universales y cósmicas, o alguna de esas vaciedades. ¡Mi mano heroica interponiéndose a esa horda de brutos, a la que se sumaba algún que otro improvisado! Toda esa violencia sobre Jagord demostró a las claras que no lo habían buscado, que ni siquiera les importaba; quién sabe y ni siquiera notaron su ausencia de prisión. Era una sobreactuación que solo yo, que sobreactuaba mejor que ellos, tenía la capacidad de identificar. Alrededor nuestro el aturdimiento de la escena surtía su efecto abarcador.

A la mañana siguiente le declaré mi amor. Lo hice con parsimonia, con la resaca a cuestas, le aclaré mi incomodidad de que mi amigo Oliver la amara también y que fuera por él que la imaginé tanto y tan mal antes de conocerla.

Mi adiestramiento en lectura de labios, o adivinación de lo que se quiere decir, por las semanas junto a Jagord, me permitió leer lo que uno de ellos, bajo y aguerrido, le dijo antes de escupirle en la cara. “Desertor”. Fue una palabra desapasionada. Me sorprendió, fingí de nuevo que no lo entendí. Oliver Jagord estaba aturdido pero el escupitajo del enano surtió el efecto de un baldazo de agua helada.

Sogria, Laurent y un grupo de curiosos vieron cómo Jagord, con los ojos cristalinos y saltones, trataba de librarse de los brazos y grilletes de los gendarmes y buscaba mi cuello con sus manos tentaculares y que pedían como deseo el convertirse en dogales perfectos y enrollarme y estrangularme. Su último deseo. Creo que Sogria alcanzó a entenderlo porque muy internamente deseó lo mismo que él. No sabía ya cómo decirlo, ya le había enseñado yo a perder su cualidad y quedarse apenas entre el mutismo y la palabra no dicha, cual idiota, y yo solo me entristecía por el suceso, agachando un poco la cabeza, ladeándola, encogiéndome de hombros, verdaderamente creyéndome un hombre que por ética y el bien social devolvía a su precinto a un criminal. Solo temí que aquel jamelgo, que sí comprendía a Jagord, entrara por la puerta trasera y me asesinara a patadas y mordiscos.

El capitán, no tenía dos dedos de frente, me felicitó con un apretón de manos. No sé si significaba algo que no fuera lo que para mí es lo asqueroso pero su mano sudaba del temor de capturar al hombre equivocado.

—Caballeros así son los que nos hacen falta. Gente de bien. Honorable.

Luego se me reveló el asunto. Jagord había huido con la venia de los guardias. El capitán lo recriminó, lo empujó hasta desestabilizarlo pero cuando se dio cuenta de su brusquedad hizo el gesto de abalanzarse para sujetarlo antes de que cayera por completo. Esos guardias habían incumplido su cometido y lo habían liberado, sobre seguro impulsados por un sentido de justicia superior, al saber que Jagord no era culpable de nada, de nada, por lo menos, que lo confinara por tanto tiempo. Su silencio, ¿provenía entonces de un trato, un juramento con esos hombres de no hablar? Jagord fue conducido al patrullero, con la mirada perdida en el piso, pensando él en lo idiota y sumiso que había sido al regresar sobre sus pasos por un amor que de una u otra manera no le estaba deparado. Pero pensando más en mí, en su compañero de travesía a quien en definitiva engañó, haciéndome creer que podía reponerlo de un trauma que le había usurpado la voz. Sumergido en esas maravillosas conclusiones, me sacó a flote la caricia de la voz de mi novísimo y, ¡lo juro!, por fin eterno amor.

Sogria, casi sin separar los labios, con una rabia contenida que la hermoseaba todavía más (era como estar ante un cuadro realista que se había congelado en el tiempo pero que tenía la potestad de contar la historia de todos los tiempos en su expresión compuesta por la sorpresa que es vivir), añadía, casi en silencio, casi como si rezara para un Dios privado, “delator”.

¿Acaso no es el final lo más interesante de alguien?

El viento salía del baño que tenía la puerta y la ventana abiertas. ¿Quién será el cretino que no sabe que Dios husmea por esas aberturas y que la misión que Él mismo nos encomendó es que no le dejemos usar nuestras vidas para acrecentar su morbo? Ella no comprendía nada. Ni siquiera por qué sentía desde lo más recóndito de su estómago un impulso inevitable por llorar. Mi sarcasmo iba por dentro. Luego lo conté todo tal cual lo había ideado. Para ellos Jagord fue un prófugo que, confeso, había ido a prisión por extorsionar y luego asesinar a una familia entera: padre, madre, dos hijos, una mujer y un varón. Un monstruo. Los había enterrado vivos. Les narré con lujo de detalles aquella siniestra historia y cómo lo supuse desde un principio y cómo me las ingenié para extraer la verdad. La verdad era que yo me había convertido con el paso de los años en un reputadísimo detective privado y que una rama de aquella familia me había contratado para dar con el tal Oliver Jagord. El disfraz que tantos réditos me había dado era el del sujeto vulnerable psicológicamente que se acercaba a los otros con el camuflaje efectivísimo de la debilidad mental y emocional y la necesidad de hablar. “Cuando una persona se confiesa impulsa a que su oyente también exponga sus mayores profundidades”. Como sabueso, cobraba una fortuna y así costeaba los viajes. Claro que este caso era más delicado en vista de su mutismo.

—Su gran truco radica en no hablar. Yo no me explico cómo lo consigue, y en eso su talento roza el genio. Pero además de todo, sepan ustedes que antes fue un casanova de primera clase. Conquistaba mujeres con sus habilidades lingüísticas, ¿o no te percataste, muchacha, que el hombre es todo un políglota? Lo comprende todo en un chistar. Su instrucción supera en mucho a la de un vulgar criminal que ha sido juzgado de manera ilegal y que ha sufrido vejaciones de toda laya ante lo que no le quedaba otra salida que o quitarse la vida a punta de santiguadas o fugarse al primer intento. Lo buscaba medio mundo, era peligrosísimo, y, claro, te pretendía.

—¡Uf! —apostilló Laurent, lo que impidió oír el gruñido de Sogria con claridad.

Sogria no se creyó una sola palabra. Laurent palmeó mi espalda, me agradeció mi intervención descorchando una botella. Comimos y bebimos hasta que Sogria cerró el local, fue a dormir bajo la venia de su padre y la mía y se despidió. Sé que ya en su cama le dedicó una serie de oraciones. Sé que le pidió a Dios que yo fuera un mentiroso, un timador, que regresara la gendarmería y sonrojados se disculparan, enrocando nuestros sitiales. ¡Con cuánta agilidad Dios se anticipa a nuestros deseos!

Usé el mismo cuchillo que empleó Jagord con el caballo. La misma lentitud. La misma seriedad. Era un cirujano. Era Miguel Ángel midiendo con escalofríos el roce del dedo creador con el del creado.

—Le confieso que me gusta su hija. La he visto desvanecerse ante ese limosnero, como toda gran mujer que encuentra la inmundicia de frente: ha tratado misteriosamente de enderezar su sendero. ¿Se imagina usted esa delicada dama con semejante truhan? Ese individuo tiene un olfato prodigioso y en este caso usó la pena ajena a su favor. La suya, la de Sogria, la mía. Pero no sabía que yo soy inmune al patetismo. He aprendido a controlar las ganas de matar por el bien de la vida. Laurent estaba acontecido. “Luego de constatar que los hombres se pueden camuflar en cualquier cosa, incluso bajo el aspecto de un vagabundo mudo, ya no sé si creeré en otro hombre”, sus palabras eran tan solo una extensión del pensamiento de su hija, con quien estaba enlazado de una manera misteriosa y hermosa.

Quise explicarme. Argumentar que “muy pronto en la vida el mundo separa crudamente a los que han conocido el sexo y a los que no lo han conocido. A los que han conocido el amor y a los que no lo han conocido. A los que han sufrido aflicciones y a los que no las han sufrido”. Quise decir que “hemos perdido la altura de Dios y por eso mismo hemos perdido profundidad. En otro tiempo podíamos descender al Averno, donde los muertos seguían viviendo. Ahora practicamos espeleología y nos causa vértigo el metro con ochenta que es encumbrado por una placa de latón a cuyos pies se arrojan flores”.

Ni lo lavé ni lo afilé. Usé el mismo cuchillo que empleó Jagord con el caballo. La misma lentitud. La misma seriedad. Era un cirujano. Era Miguel Ángel midiendo con escalofríos el roce del dedo creador con el del creado. Cada corte, milimétricamente soñado en los últimos días, era de una precisión semejante a la de quien no habla para no caer preso, para no morir por su propia boca. Cada corte era una caricia. Yo no estaba rompiendo nada, lo prometo, eso era zurcir, solo que de una forma que nadie podrá entender. Zurcir al revés. Cuando abrimos cada botón y cierre de la ropa del ser amado hacemos exactamente lo mismo. Tampoco me importa mayormente que se entienda o no. Ese es un asunto mío. Tras cada zarpazo aguantaba la risa tapándome la boca con la mano libre, e imaginé las múltiples expresiones de Laurent al comprender al día siguiente lo que significa, lo que tiene un agujero negro.

¿Tuvo algo que ver Jagord en mi hurto? Lo dudo mucho. Pero me tranquiliza pensar que su odio hacia mí se incrementa a cada hora, que sabe que Sogria no se quedó así, sin más, contemplando en absoluto silencio el rencor y el remordimiento de su padre, quien estoy seguro que nunca más ha preparado un cocido decente. No. Jagord sabe que estoy en la cabeza de Sogria, y que permanentemente me siente al estilo en que siente su piel y su sensualidad, que ella sigue mi rastro, el que dejo de forma astuta en ciertos lugares claves. Jagord muerde las palabrotas que no sabe decir, aferrado con sus manos callosas a los barrotes de su celda.

Que no se crea que no me pregunto sobre su silencio, tan férreo que ni siquiera me insultó como me merecía, que ni siquiera mi infamia logró causarle el odio suficiente para que de su retorcida boca saliera una sílaba articulada. Me ha divertido sacar mis propias conclusiones, y, en mis tiempos de ocio, he investigado sobre su caso en algún que otro periódico que cubrió la noticia de su arresto. Abundan las contradicciones oficiales, pero, al parecer, Oliver Jagord Okloba fue arrestado por no haber escrito el mejor libro del mundo. El estado lo había instruido para ello, con los más destacados profesores en todas las áreas. Le habían dado la vida de un rey, adoptándolo como el hijo dilecto del país entero. Mancebos y doncellas a sus expensas, toda clase de exquisiteces con solo chasquear los dedos. Una palabra suya, y se negaría el mismísimo clima. Si para él llovía, afuera no importaba qué sucediera, solo se sabía que llovía. Su fin era convertirse en el héroe nacional. Pero cuando llegó el día acordado, en el que las cadenas televisivas y las radios detuvieron sus transmisiones ordinarias con el firme propósito de ver en acción a su invención más grande, el hombre, sencillamente, no supo qué escribir, tirando al traste una inversión de millones y destruyendo las cifradas esperanzas de todo un pueblo. Su condena debía ser la antípoda de lo que había recibido. Lo condenaron al hueco más ruin de la nación. Lo condenaron a comer polvo y beber orina. Lo condenaron al olvido.

Ni siquiera pudieron denunciarme a las autoridades competentes. El mutismo también es contagioso, cuando no es natural se convierte en algo peor, en tartamudeo. ¡El pobre diablo de Laurent y su grito ahogado! Solo pueden hacer eso: soñar en que un buen día Sogria dará con mi paradero y con el tapiz, que llevo debidamente enrollado en una valija y que admiro por fragmentos cuando las condiciones son adecuadas. Cuando lo haga y Sogria nos encuentre, yo estaré preparado, la recibiré esbozando una sonrisa de satisfacción que quién sabe qué efecto le causará. Por ahora, me contento con ser la sombra que se le adelanta siempre dos pasos.

Sobre nuestra mesa favorita dejé una magnífica propina.

 

Carlos Vásconez

Carlos Vásconez

Escritor

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