Capítulo 6
Repetitorium o El principio de las calamidades
Capítulo aparte es tierra firme.
Habíamos llegado. ¿A dónde?
Jagord se demoró en la puerta del tren. Era como si esperara a que volviera a arrancar su marcha para decidir si bajaba o se quedaba a último momento. Era un tiempista, listo para dar el salto definitivo y maratónico al pistoletazo.
Una señora de vestido primaveral lo vio, como se ve a un ex compañero de escuela. El vestido era inapropiado, pensé. Con un vestido así, no se puede ver a un mudo. Jagord le devolvió la misma mirada. Estoy seguro que él sí la reconoció. Estoy seguro que aquella mujer tuvo pesadillas esa noche y que el protagonista era Jagord.
Me sorprendí pensando: Jagord tiene que descender del tren para ir a su nueva prisión. Jagord ama ser prisionero. La prisión necesita a Jagord. Jagord y su prisión son sinónimos.
Cuando por fin dio sus primeros pasos afuera del tren, me remonté en los siglos hasta cuando Noé dio unos idénticos al bajar del Arca. Como Noé, Jagord no sabía cuál era el camino. Sabía, eso sí, que tenía que crear un camino.
Midió cada paso. Era la búsqueda de un tesoro. Supe que la vez anterior los había contado, de manera inversa. Desandó trece pasos a la derecha, siguió en línea recta hasta pasar una malla de seguridad que nadie respetaba, tomó el camino de la izquierda, cada vez efectuando su caminar de manera más sigilosa, como si no quisiera despertar a un crío. O a una bestia famélica. Su cadencia disminuía de manera opuesta a cómo su ritmo cardíaco se aceleraba. Y vio la puerta acristalada del ingreso al Café de Laurent. Y vio el letrero de neón, apagado. Y vio de lejos y supo que el menú que colgaba de una ventanilla lateral no estaba actualizado. Sudó frío y yo me relamía ante tal espectáculo sin precedentes. Me mentí que esta breve escena pagaba todos mis viajes y mis esfuerzos. De tanto mentirme, juré al Altísimo mi devoción eterna si en verdad existía Sogria y si era la mitad de hermosa como me la había imaginado, gracias a la influencia silente de Jagord.
El terror le congeló las articulaciones. Le crucé mi brazo por encima del hombro. No temblaba. Lo abracé, con el propósito de incomodarlo. Sentí su comodidad con mi gesto tranquilizador.
Quise decirle que tenía hambre. Lo curioso no es que no se lo dijera sino que sí tenía hambre. Mi instinto de supervivencia me detuvo. Sentí su abrigo, una piel que, de tan muerta que estaba, tenía encima ya una civilización de microbios y bacterias. Esa piel muerta cobraba vida. «La necesidad de la muerte», recapacité. Palpé esa alguna vez tela y me estremecí. Nunca lo había visto con otra ropa, pero esta ropa no estaba roída ni malgastada. Era un ropaje que de una manera misteriosa se había renovado a sí mismo.
El terror le congeló las articulaciones. Le crucé mi brazo por encima del hombro. No temblaba. Lo abracé, con el propósito de incomodarlo. Sentí su comodidad con mi gesto tranquilizador.
Y entonces, cuando mi otro instinto agudizado, el de supervivencia tiró de su antebrazo en sentido contrario al Café de Laurent, él sonrió. Lo sé. No lo vi. Solo sé que sonrió. Cuando traté de verlo, la sonrisa, cualquier sonrisa en su cara parecía la prehistoria de esa misma cara. No estaba ahí, sin embargo, en algún momento ahí estuvo, gobernante.
Miré al Café. No hallé ni a Sogria ni un chiste que me hiciera a mí también reír. Envalentonado y sin esperar la venia de mi amigo, me encaminé hacia allá.
Todo en Europa Central huele a Danubio. Es el olor predominante que se encuentra en las llaves de agua que no se han abierto jamás. El olor de lo que va a pasar y a los que las cosas arreglan el camino. En el Café de Laurent ese aroma de superlativizaba.
A un costado de la entrada, una máquina de caramelo giraba sin caramelo que producir. En el cielorraso, parpadeaba una lámpara. Reinaba la ausencia de Sogria.
Me inundó la sospecha de que Sogria apenas había sido un espejismo, cuando no un mito generado por la necesidad de mi cofrade. Eso habría sido decepcionante. Pero también me habría servido para seguir por otros derroteros con la terapia que estaba inventándome. «Algún día mereceré el Nobel», me convencía a mí mismo. «En el discurso de aceptación, aseguraría que todo se lo debía a un sujeto que se inventó todo, hasta el silencio. Lo vítores me encarecerían, demostraría una humildad, por estos tiempos inexistente. La gente se pondría de pie. Nadie preguntaría de qué sujeto hablaba».
Ahora que lo pienso bien, el olor predominante era de cigarrillo. Resultaba extraña la sensación de que alguien había tratado, en aquella misma puerta, de encender un cigarrillo mojado en extremo. Que lo había intentado con desesperación, amargura y mojándolo luego con sus propias lágrimas de impotencia. Era el olor del fracaso. Ningún gran empresario ni ningún magnate habría visto jamás en ese lugar. Era el lugar apropiado para alguien como Jagord; quizá también para alguien como yo.
Cuando entre las capas del porvenir apareció y pude verla bien, cuando el cielo cupo en el cielo de nuevo, y en la tierra la gente de buena voluntad caminaba alrededor de los cementerios en una travesía sin fin como si buscara el agujero en el que escondió su más preciado tesoro, descubrí que las personas son una forma de medida. Sogria era la medida de todas las cosas, o algo así dictan las Escrituras. Del tiempo y del espacio. Las nociones básicas de lejos o cerca se calculaban según su distancia. Ahora o nunca, según su disposición. Que se me entienda, por favor, era ella más y menos de lo que yo había esperado. Tenía más cabello y menos dificultades para arreglárselo. Tenía más energía y menos formas de malgastarla. Para dejar seña de sus maravillas bastaba con verla cuando se desocupaba, que era, paradójicamente, cuando más hacía. Se servía una taza de té. De un lugar secreto extraía una revista antigua de moda. Se acomodaba la cabellera con una precisión ortopedista. Subía los codos a la barra, reclinaba su espalda y sacaba la curva de su trasero, que era cuando sostenía su cuerpo en una pierna templada y con la otra bailoteaba al ritmo de algo que solo ella oía. Sorbía el té y soplaba con los labios figurando una u. La revista la entretenía lo suficiente hasta darle un honrosísimo y veloz acabose al té, que al entrar a un estado de frialdad ella prefería fulminarlo de un jalón antes que dejar que su composición se estropease por el tiempo. Cerraba la revista de la que había aprendido a reacomodarse el pelo y sin fijarse en otra cosa y del mismo cajón al que devolvía la revista sacaba un matamoscas que en su mano resplandecía cual cetro y se disponía a acabar de una buena vez con la plaga que cada dos horas llenaba el local, y que si me atreviera dijera que entraba con los viajeros. De cómo las aplastaba contra los vidrios o las mesas, no hablo además de recordar sus incontables blasfemias dichas entre dientes, cuando, con una acrobacia aprendida desde chiquilla, le acertaba a una. ¡Game, set y match!
¿Cuánto demoré en notar que ella y su presencia serían mejores medicinas y enfermeras que yo con todos mis intentos frustrados y, ciertamente, falsos? Yo no tenía nada que me acredite como curandero, ni una sola experiencia previa ni el menor estudio sobre el área. Aunque sé hablar, y mucho, con todas las palabras que me salen de la boca con facilidad, incluso me atrevería a decir que hablo como esas personas que labran la tierra porque llevan en sus hombros a todos sus antepasados que así lo hicieron, y que labran con el dolor de ellos, con las manos engarrotadas, como patitas de cuervo, de tanto darle al arado, curcos por el sol, que los ha doblado con los años.
Tenía más energía y menos formas de malgastarla. Para dejar seña de sus maravillas bastaba con verla cuando se desocupaba, que era, paradójicamente, cuando más hacía
Al restaurant entraba a diario una cuadrilla de impresentables que dirigían sus escuetos esfuerzos de conquista con la mira puesta en esa beldad que en cambio los atendía con una ternura infinita. Eran arrebatos de ternura que se manifestaban como si tuviera hipo. Pero esa era gente de cartón piedra, sin alma, carácter propio ni color, y Sogria se olvidaba de ellos, para seguirse santificando. Tanta santidad suele atolondrar a hombres como yo, que estamos seguros de que no existe el Cielo tal y como lo han concebido las generaciones pretéritas. Ella solo recordaba a su madre y a lo que tenía en frente. Yo, y también Jagord, los ahuyentábamos con la mirada. Lográbamos que entre los dos supieran que les teníamos clavados los ojos en las nucas al punto de incomodarlos y ahuyentarlos.
Pasados los primeros días en que Sogria había vuelto a ser la gran amiga de Jagord, a quien cogía de la mano para invitarlo a bailar cuando ya cerraban el local, y lo obligaba a pasarle el brazo por la cintura, y él rehuía un poco, porque no quería que ella se infectara con ese aliento insecticida que tiene todo aquel que no habla, por simple acumulación palabrera, yo los comprendía y disfrutaba, sin saber por qué ni cómo de sus tonterías. A veces paseábamos por el pueblo. Veía a Oliver Jagord aguantar las ganas inmensas de pedir caridad. En sus bolsillos habitaba yo. Yo le compraba fresas y manzanas que mordía con placer. El jugo se le resbalaba por las comisuras hasta el cuello. Un par de mujeres más se parecían a Sogria, me daba ganas de detenerlas y preguntarles cualquier cosa. Mi aprendizaje de los idiomas había sufrido una agudización tremenda merced a la compañía del mudo. Quizá su silencio nutría mis capacidades cognitivas, mis habilidades para captar los sentidos ocultos de todo lenguaje e idioma. Luego de un breve paseo volvíamos al mesón y nos sentábamos a jugar cualquier bagatela con el propósito de estar pendientes y cerca de esa mujer. Le guiñaba el ojo de Jagord cuando ella se acercaba y él solo bajaba la cabeza, como si buscara los indicios de su hombría por los pisos. Me avergonzaba él, para no tardar en envalentonarme y hablar de cualquier cosa con tal de cubrir el espacio que su silencio dejaba. Yo tenía que ser por los dos el parlanchín, el director del circo que presentaba a sus bestias y malabaristas para el sol entretenimiento de esa clientela selecta. A veces entraba el padre y un orgullo sobrecogedor le hacía ver a su hija jugando a dar piruetas a ese mendigo infesto de mi amigo. Sogria, dígase de una buena vez, amenazaba el futuro de todos los hombres que se le cruzaban por delante. Tenía el poder de destruir hogares, de destruir naciones, de destruir civilizaciones si lo hubiera pretendido. Y justamente eso ocurría porque no tenía ninguna pretensión. Solo era, salvajemente, era algo que roía el hígado, y que dejaba que la imaginación escapara a lugares donde se podía pasear con ella.
Esa capacidad de Jagord de envejecer y rejuvenecer a su antojo se acentuaba frente o lejos de su amada. Cuando estaba lejos de ella, se lo veía contrito, a punto del sepulcro, como si hubiese caminado demasiado camino que ya se pasó del terreno que le correspondía. Cuando, en cambio, la chica estaba en las proximidades, el hombre enderezaba su postura y le lucían bien los ojos y las manos, que estaban ahí para complacerla. El deterioro de un rato al otro lo volvía un digno monstruo de película de terror de bajo presupuesto, pero también un ser humano corriente que podía de pronto romper su silencio proclamando a los cuatro vientos su desgracia. Porque la dicha no se cuenta, deduje, así como las desgracias deben ser pronunciadas en voz alta para que se extingan. Lo dicho con énfasis y autoridad adquiere el don de la ficción. Lo que no se dice, sigue siendo deseo y sueño, así sean deseos nefastos y pesadillas. Jagord no podía gritar su desgracia, no podía desprenderse de esta con esa probidad. Apenas si podía exhalar un suspiro que le devolvían al rostro todas las huellas de lo intensamente y malamente vivido. El suspiro tiene la propiedad de desdibujarnos. Es así.
Pasamos los siguientes días entre desayuno y cena. Comíamos y veíamos a esa mujer. Le pagué una buena suma a Laurent para que nos diera hospedaje. Lo hizo sin chistar, por el mero encanto de servir de algo. Estaba acostumbrado ya a servir, así que tenía el tic nervioso de decir que sí a cuanto se le presentase en frente en forma de dinero.
Nadie tendría una buena respuesta al cómo, pero antes de tres días, Sogria consiguió un permiso de su padre ante mis súplicas de que me ayudase en la rehabilitación foniátrica de Oliver. Lo llamé con su nombre de pila para causarle familiaridad a Sogria.
—Necesita de un ambiente distinto. Algo más cálido, acompañado de personas que le hablen con claridad y en quienes confíe para así aflojar la lengua. El hombre acarrea a sus espaldas una vida llena de sufrimientos, impregna a todo de un olor turbio de días desperdiciados. A mí me estruja el corazón verlo sin la coraza que nos protege a todos los demás. ¿Te das cuenta, Sogria, lo que es vivir sin la posibilidad de responderle un insulto bien colocado a quien se lo merece?
En algo también tendría que ver la confianza que le inspiramos al viejo, las largas charlas entre hombres que podían terminar en indignación o vulgaridad (que en el caso de Jagord eran solo una extensión del desdén: siempre mostrando la misma expresión asnal y acomplejada, concentrada en lo que no había: Sogria), las botellas vaciadas (que tampoco lo distendían al miserable) y el hecho de nunca mencionar de mi parte los memorables atractivos de su hija (¿porque en el silencio de mi compañero de viaje ella estaba omnipresente?), pero tengo el presentimiento que lo más importante fue que tenía tanto que alegar para negarnos su permiso que fue por eso mismo que no supo qué decir, por ese temor a soltar boberías que se genera en los humanos cuando tenemos agolpadas de súbito cientos de razones: ya borracho, ni siquiera guiñando los ojos o arrugando la frente conseguía poner en orden sus pensamientos. Jamás he sido perezoso y en un santiamén alquilé un bólido sesentero en perfectas condiciones. Tracé una ruta de viaje. Iríamos al sur, al sol, donde las mujeres usen sombreros floreados y los abrigos de Jagord fueran innecesarios. Jagord no quiso ir. Parecía cohibido. Lo presioné a que nos acompañara so pretexto de que apoyaría su declaración de amor. Se negaba con algo que apercibía a su pasado más remoto. Un ex presidiario como galán de ese primor era tan próximo a pensar en un mandril cortejando a Cleopatra. Él lo sabía, y sabía más, sabía que en lo más hondo de su ser no la merecía, que los cánticos con los cuales Sogria debía verse engalanada y despertada cada mañana no saldrían de su boca torcida. Eso también callaba.
Cuando, en cambio, la chica estaba en las proximidades, el hombre enderezaba su postura y le lucían bien los ojos y las manos, que estaban ahí para complacerla.
Los hombres estamos forjados en base a las palabras. Las palabras son la música del alma. De ahí que es lógico que enlacemos la ausencia del verbo con la ausencia del alma. Para escapar de donde sea que haya hecho eso, Oliver Jagord ¿le vendió su alma al demonio? Me fascinó todavía más la idea de vivir con un ser maldito y, quién sabe, ser yo el gran héroe que lo salve de su aciago destino.
Al cabo, fuimos. Decidimos dormir en el auto, por turnos, siempre conmigo al volante. Yo al volante pinto, me enlazo al automóvil con la certeza de un amante a su objeto amado, doy la sensación de tener una idea sólida de todas las cosas.
Sogria nos compartió intimidades como una santa. Los santos hablan, los pecadores callan. Así supimos que su padre fue preso por el régimen, hará veinticinco años, en una cárcel organizada para que se enlistaran y se prepararan entre sus muros algunos miembros de las huestes de Satán. ¿Su culpa? Ella no la sabía, presentía apenas que fue uno de los miembros de la turba que quemó en una hoguera en la plaza pública algunos manuales comunistas y que difundieron por todas las casa menús dibujados a mano, meras réplicas cuyo interés era el de exaltar la ambición de los ciudadanos, de Mc’Donalds. “El contenido del menú era falso. Ni siquiera había hamburguesas. Mi padre no sabía entonces qué vendía esa firma comercial. El fin era motivar una revolución. Ahora usa el contenido de ese menú en el Mesón de Laurent. Lo que hace empeñarse en volver realidad lo que alguna vez fue una idea”, explicó. Su capacidad para describir el mundo visto desde esa prisión me desconcertó, aunque no fue tanto como lo logró la distracción de Jagord.
—Debe sentirse en familia —me lo susurró al oído Sogria. Los susurros se neutralizan, dejan de tener énfasis, cuando salen de labios de una mujer hermosa, llegan a uno envenenados. Lo que uno quiere de ellas son gritos, de rabia o placer, indistintamente.
Lo acunaban nuestras voces. Los ladridos de los perros a la vera del camino le devolvían algo que no tienen los trenes, la ternura de edades tempranas con el cachorro dándole vueltas sin marearse ni desfallecer en el intento. Lo despeinaba el viento, mano de mil dedos que masajeaban su cráneo, a sus pensamientos.
¿Soy solo yo o cuando una voz tan tersa como la de Sogria susurra algo siempre parece una invitación carnal? ¡Que la carne triunfe es una necesidad de la palabra!, aseguraba el Buda.
Nos detuvimos en Bogliasco. Había pescadores. Dos Iglesias de techo piramidales cuyas puntas le servirían a Dios para quitarse las basuras de las uñas. Las mujeres caminaban al son de una melodía que según rezaba la leyenda la compuso Casanova. Caminaban bien, entaconadas, ebrias de amar, a punto siempre de dar el paso decisivo que les conduciría hasta el hombre de sus vidas.
Nos instalamos en un hotel tres estrellas. Confortable. Perfecto para nosotros. Aquí nadie se sentiría digno de flirtear con una beldad como Sogria, pensé. Era una habitación partida en dos. Una puerta separaba nuestras camas de la suya. El baño era compartido y había que cerrar con llave al ocuparlo.
Los hombres estamos forjados en base a las palabras. Las palabras son la música del alma. De ahí que es lógico que enlacemos la ausencia del verbo con la ausencia del alma.
Rico, desenfadado, abordó a Sogria. El trayecto en el descapotable le había teñido los hombros que de color miel pasaron a un cautivador y tímido caoba. ¡Qué buen blanco para unos colmillos afilados! Los ojos no le cambiaban, los labios sí. Estaban hinchados, acaso fue la presión atmosférica pero había que hacer algo, era como una llamada de auxilio, para desinflarlos. Todos en la apacible Bogliasco opinaban sobre la proveniencia de Rico. Eran sus cómplices en el arte del cortejo. Él afirmaba haber sido desprovisto de su nacionalidad; era reacio a elegir una. “Solo un dueño de un imperio perdido no acepta pertenecer a un grupo de personas”.
Desde que nos abordó con sus intenciones libidinosas teledirigidas a nuestra virginal Sogria demostró su habilidad con los idiomas, refrendada por la minuciosa atención que le imprimía Jagord. “Me he dedicado a traducir de lenguas muertas obras que descansan casi en el olvido”. Su empresa era a todas luces encomiable y le brindaba una reputación de intelectual sin precedentes. Repetitorium, así la llamó. “Solo necesito a veces recordar viejos idiomas, los que se quedan en el ADN y solo ahí se pueden leer”. Su esfuerzo por conquistar a Sogria era respetable. La natural oposición de nuestra señora común, la volvía más enigmática, más atractiva, también más nuestra.
¿Cuán inofensivo puede ser un hombre? Yo no sabía que despreciaba a los inofensivos, que me causaban semejante repulsión. Un hombre inofensivo es un hombre que no ama, por supuesto. No tiene nada por lo que luchar contra viento y marea. El inofensivo es por naturaleza un insensible, no se despellejaría por nadie. Y eso no lo toleraría de mi amigo. Era algo más que tenía el deber de corregir a la brevedad.
A medianoche, considerando que en estos sitios decir medianoche da lo mismo que decir noche a secas, pasaba por las calles un predicador a quien nadie abucheaba, lo que era notable dada su voz templada y desperdiciada de tenor que repetía que todos estamos equivocados, que no fue hijo sino hija la que engendró María, que era una barbaridad que no nos percatáramos como humanidad que Dios en su infinita misericordia cumplió la máxima de arreglarlo todo con coherencia: si una mujer fue la culpable de que estuviéramos destruyendo el Edén a diario, así mismo una mujer sería la encargada de enmendarlo. “Por llamar mal a las cosas, las cosas no alcanzan a ser”, pregonaba al pie del balcón de nuestras habitaciones y se alejaba de la acera y enrumbándose hacia las tinieblas se reviraba de vez en cuando a vernos, tal vez creyendo que nos había convencido de sus disparates. Sogria lo aplaudía. Antes de dormir la oíamos rezar y rogarle a su Ángel de la Guarda por Jagord, su padre y la paz mundial. ¿La paz mundial, y no yo? Me encogía de hombros, llevaba la lengua a las paredes del paladar y chasqueaba un ja apoteósico, el que se le olvidó a Schubert para su Unvollendete. Sabía entonces que Sogria lo escuchaba, porque el silencio se formaba de inmediato, y entendía que nosotros la oíamos rezar.
Las mujeres de Bogliasco no comprendían que pudiera existir una mujer que hiciera tan feliz a los hombres como lo lograba Sogria. Casi todas ellas, para no perder la confianza de sus maridos, fingían ser malas en la cama, lo que era notorio por su aire de soledad multiplicada con el que deambulaban por las aceras en un tedioso ida y vuelta, lo que para mi aguda capacidad de asociación era una transcripción de lo que sucedía en sus lechos. Alineadas en la vereda opuesta o en la otra orilla de la calle se encargaban, con delicadeza y de un modo apenas perceptible, de elogiar con una dosis elevada de envidia las gracias y la belleza digamos que innumerable de esa mujer tocada por un sombrero florido y objeto de la pasión masculina. Claro, procedían a lamentarse que Sogria ya tuviera tantos años y que fuera una especie de monja puertas afuera, pues no les cabía otra explicación para que ella anduviese con Jagord y conmigo. Planteaban argumentos convincentes con respecto a su edad: sus piernas no eran ya de bailarina, no estaban torneadas sino como las de las mujeres que no salen de casa, y eso, dada su complexión y hermosura, era impensable, era impensable que ella no hubiese bailado hasta el desfallecimiento en sus años mozos. Pero reconocían que vestía bastante bien. Con humildad, para que los hombres la vieran a la cara y no perdieran el tiempo en sus defectos.
¿Cuán inofensivo puede ser un hombre? Yo no sabía que despreciaba a los inofensivos, que me causaban semejante repulsión. Un hombre inofensivo es un hombre que no ama, por supuesto.
En el aire reinaba un aroma a lavanda. Luego supe que en las afueras de la ciudad se sembraba esta planta que servía para la fabricación de perfume, la industria más próspera del lugar. Todo olía bien menos Jagord. Se bañó dos veces al día. El tufo gobernaba sus prendas. Sogria averiguó y acudimos a un sastre que, como todo hombre que mide el pellejo de otros, presumía al grado de vanidad un hábito repugnante, el suyo además era siniestro: mordía sus agujas que se las pasaba con la lengua entre los dientes, lo que le dibujaba en su faz una sonrisa maligna que hacía imposible el regate de precios. Aproveché y adquirí un traje de algodón y cuero. Quien es así de desfachatado para alegar que a las personas bellas les quedan a la perfección todas las vestiduras, es simplemente un descastado que necesita explicar por qué a él no le encaja nada, trata de que su deformidad sea una constante. A Sogria nada le quedaba, nada de nada. Su cuerpo era tan particular que la blusa no encajaba en sus hombros huesudos y amplios, y el talle estaba hecho para mujeres a nueve meses de parir, no para mujeres que hacen de los hombres unos inútiles en el lecho, que hacen que estos tengan tantas ganas de satisfacerlas que extravían la senda al desenfreno. Hombres que se contemplan a sí mismos en el amor, que se retan de que no podrán hacer de esa mujer un ángel de pasión.
A Jagord en cambio todo le sentaba al dedillo. A mí, a medias, digamos.
La playa era un encanto. Arena fina. Sol radiante. No miento, los niños leían sendos libros. Había una chiquilla, no pasaría de doce años, que se agenciaba los tres volúmenes de Las confesiones de un italiano y que tenía atados con un cordel a la vieja usanza un grupo de libros y cuadernos de dibujo. Un par de niños, que frisarían la misma edad de la chiquilla, interpretaban leyendo en voz alta Otro mar de Claudio Magris. Me di cuenta que así leyeron sus antepasados el Decamerón de Bocaccio. El viento y la arena pegada en sus mejillas les ayudaban para crear un escenario de cuento de hadas. Hasta los remeros tenían libros que no se molestaban en esconder sino más bien todo lo contrario, los blandían como estandartes patrios o heráldicas familiares. Todavía más pequeños, dos hermanitos, porque no podían ser otra cosa al correr dados de las manos, aprendían del amor con La Comedia y los cuentos de Moravia. En tanto, los viejos cantaban y tocaban sus instrumentos con emoción contenida siempre sobraba un silbador con “Vecchio frac” en la punta de los labios. Guitarras, mandolinas, flautas. Se oía venir las músicas desde atrás de cada esquina, desde adentro de los segundos pisos de las viviendas. Y todo ello daba una combinación de guía turística entre el paisaje, el aroma, los sonidos y el sabor, que a la postre y, lo sé, con todo el ridículo del universo, diría que se concentraban en Sogria.
Fueron la playa y su mar mis cómplices cuando, por un ligero descuido de su parte al arremangarse los brazos, salió a relucir aquella marca de mi amigo. Era ver el sol naciente. Bastó distinguir el contorno para reconocer el tatuaje. La piel magullada como un muñón dejaba adivinar que se lo había querido quitar a la fuerza y al no poder hacerlo se había ensañado rayándolo por encima con el fin de borrarlo no solo del cuerpo sino de la mente, sustituyéndolo por otro dolor. Al cabo habrá entendido la mala idea que era causarse un dolor sobre otro y cómo el segundo aviva al primero. Entonces supe por simple deducción lo que solo había sospechado hasta ese instante, que Oliver Jagord era un fugitivo de la ley, ya que no cualquiera trata de borrar con semejante enjundia un símbolo grabado con fuego, y uno de amor, mucho menos, y mucho menos empleando para ello instrumentos rústicos, posiblemente una cuchara o una piedra puntiaguda.
Bebimos mucho café y bebimos algo de Fernet y a veces bebimos agua. El agua no tenía buen sabor. Por eso el Fernet y el café eran especiales, porque eran compuestos con esa agua.
A pesar de ser todo yo verbo aceitado, de saciarlos con la diafanidad de mis palabras cuando les leía una guía turística en italiano y la traducía sin mostrar esfuerzo de mi parte, Sogria se sentía extasiada por el silencio de nuestro camarada. Cuando nos dejaba a solas yo aprovechaba para imprimir en la escena mi silueta meditativa y dejar que ella fuera absorbida por el remolino de mi líquida presencia.
—¿Te das cuenta que él no habla porque no quiere? —y se mordía una uña que solo entonces descubría yo que la tenía remordida, descascarada—. Me fascina ese estado de… ¡eh!, ¿cómo se dice?, ¿ingravidez?
Yo en cambio me hundía en el asiento, y, ¡trágame tierra!, soñaba con que ella me echara de menos, ir al baño y demorarme a propósito mientras irritara a Jagord con palabras similares dirigidas hacia mí.
—Con él no se puede hablar —asaltaba yo, arremangándome o alisando los muslos de mis pantalones.
—Al contrario. Solo con quien escucha se puede dialogar. Él no refuta, no comete la imprudencia de tener la razón. Estoy hasta la coronilla de tanto jactancioso que entra al restaurant y a la primera oportunidad intenta galantearme con sus millones de virtudes. ¿Qué pretenden? —y aquí bajó la voz, lo que me ponía en el desgastante lugar del amigo confidente, acompañado del gesto de esconder el cuello entre los hombros, para que no se lo cortasen por el atrevimiento—, ¿que una se toque pensando en ellos? —y volvió al tono habitual—. He oído desde lastimeros que no entienden por qué su mujer los dejó por nadie hasta quienes me han jurado vida eterna, vampiros mediocres. Él, en cambio, no usa artimañas. Está donde está sin esperar estar en otro lado. ¡Qué mujer no quiere eso!
Y esa mole de carne y hueso, todo él barba desordenada, se aproximaba a nosotros, con su oído biónico, campante y para Sogria radiante, tropezándose con la calzada o con la esquina de una mesa. Nos enseñaba la palma de la mano, igual a quien pierde de vista, en medio de una playa concurrida, a los escurridizos de sus hijos y los identifica. Enseñaba además sus dientes desalineados y yo me perdía en la luminosa, risueña expresión casi bovina de Sogria. La veía viéndolo y era contemplar a una diva del cine de Hollywood de los sesenta a quien se nos apetece devorar, pero jamás conocer. Ajena y dispuesta, no entiendo cómo Jagord no captó sus mensajes encriptados y, sin disculparse, la agarró de la mano y se la llevó a la habitación, a la suya, para curarse de la ausencia de la mujer.
Bebimos mucho café y bebimos algo de Fernet y a veces bebimos agua. El agua no tenía buen sabor. Por eso el Fernet y el café eran especiales, porque eran compuestos con esa agua..
Esa noche, los tres sentados en el roquerío, Sogria, o su belleza, desprovista de zapatillas, metiendo de a poquito las puntas de sus dedos en el agua empozada, en empeño por vaciar una botella de un licor que parecía zumo de cactus, le pregunté con la afilada de mi lengua a quién pertenecía aquel tapiz, si sabía a quién se lo había robado su padre. Fuera por el alcohol o por la porfía propia del amor paternal, reaccionó con violencia y, dirigiéndose a Jagord, me respondió a mí.
—¡Papá nunca robó nada a nadie! —fue un milagro que no la oyeran en Tombuctú—. Es tan solo la putada de paga que le dieron a cambio de mamá.
Tragué saliva y Jagord no supo qué decir.
—Me sorprende que en el mundo aún se compren las almas. De los cuerpos es cosa sabida—. En la simpleza de mis pensamientos fui capaz de torturarla.
Una gaviota sobrevolaba, atenta a los desperdicios de pan que caían a nuestro alrededor. Cantaba de pura hambre. Vi a Jagord, su silencio era otro canto de hambriento. La gaviota no descendía. Solo daba vueltas en círculos sobre nuestras cabezas, aureolándonos. En estos lugares ya no pueden vivir los pintores, la luz y los colores deben distraerlos. Sería una tragedia para uno de ellos vivir en las playas de Bogliasco, con su muelle de pescadores, con su faro que servía como se descomponía, con los hombres en perpetuo estado de excitación, con las mujeres yendo y viniendo en bicicleta, los ancianos regalándose flores para probar su olfato, sería una perdición, no cabrían esos azules en ninguna paleta. Eso sí, en cambio se trataba de un excelente sitio para jubilarse.
Sogria se levantó de un brinco. Debía estar furiosa. Intensamente. De un brinco y hasta percatarnos de lo que había ocurrido la perdimos de vista. Se llevó con ella nuestra embriaguez.
Bajo estas circunstancias vi a mi amigo con mayor detenimiento. Sogria se perdía en alguna montaña, en el olor del mar que dejábamos atrás. Jagord se ensimismaba. Yo empujaba el pedal del acelerador y ellos parecían seres inconscientes a quienes les daba igual perder pista y caer por un desfiladero o detenerse para orinar. Las preguntas se me agolpaban en tanto yo evitaba, con habilidad atlética, un acto suicida, sintiéndome heroico de no matarlos. ¿Será que la cárcel reemplaza las malas costumbres por otras superiores, refinadas? Ese sujeto había hecho de su laberinto sin salida un lugar apacible. Porque estar depositado sin opción a salida en un lugar tenebroso solo brinda dos opciones, o resignarse a morir o urdir una estratagema perfecta en procura de abandonar el lugar. Pero esta es la extrañeza del caso, que solo puede idear algo de una precisión de reloj suizo quien carezca de índices altos de desesperación. Alguien así tiene que ser puntilloso hasta decir el hartazgo, debe haber estudiado en los mejores institutos y leído a los más sabios de entre los sabios. Su corrección verbal había trascendido cualquier barrera, había traspuesto las limitantes de ser pronunciada, había avanzado en el tiempo, que en prisión escasea como el agua, hasta evolucionarse y ya no depender de la voz. Como en las historietas en que los alienígenas, seres mejorados, se comunican mediante telepatías.
El camino de regreso fue largo, sinuoso y bastante oscuro. Alguna bestia mitológica había devorado las luces de la carretera que la iluminaron cuando viajamos en sentido contrario. A intervalos y cuando la oportunidad se presentaba, le soltaba a Sogria una teoría sobre el mutismo de Jagord, todas descabellas o de por sí ridículas que encumbraba en mi relato con una sonrisa, que era a su vez la que demostraba mi vago esfuerzo por desacreditar a mi amigo. Mi sonrisa era nerviosa y adolescente. “¿Sabes que el buen muchacho fue tragafuegos de circo y por eso quemó sus cuerdas vocales para luego quemar el circo? ¿Sabes que lo suyo es el cumplimiento de un voto de silencio? ¿Sabes que la voz es la representación del alma que se la vendió al Demonio para conseguir el amor de una mujer espléndida?”, y cosas de ese talante.
