Revocar el mandato del alcalde de Quito, Pabel Muñoz, solo sería parte de la solución, pero la ciudad no va a salir de los problemas causados por las pésimas administraciones municipales, desde tiempos de Augusto Barrera (el peor alcalde de este tiempo, solo superado por el radiodifusor Gustavo Herdoíza —una especie de antecesor de Jorge Yunda— en la década de los 80), porque los hechos demuestran que ninguno de los alcaldes de los últimos 25 años ha liderado una ciudad que, literalmente, se cae a pedazos.
Las recientes elecciones para la alcaldía de Quito mostraron la mezquindad de políticos que solo buscaron figuración personal, dejando de lado el servicio a los demás. La fragmentación de candidatos provocó un efecto similar en los votantes, que no supieron escoger al alcalde. Y se siguen equivocando…
Quito, por décadas, mantuvo una tradición de excelentes personeros municipales que fueron los primeros ciudadanos de la capital y sus voceros, cuando de luchar por los derechos de la ciudad se trataba. Jacinto Jijón y Caamaño, José Ricardo Chiriboga Villagómez, Jaime del Castillo, Sixto Durán Ballén, Álvaro Pérez, Rodrigo Paz, Jamil Mahuad o Roque Sevilla, dieron al primer sillón de la ciudad un lustre importante. Hubo un lunar en ese tiempo, Gustavo Herdoíza, excepción y no regla, pero presagiaba los peligros actuales.
Para calificar la gestión de los cinco últimos alcaldes, los peores de la historia (Barrera, Rodas, Yunda, Guarderas y Muñoz) hay que fusionar su incapacidad e ineptitud con la llegada del momento más nefasto para la ciudad con el modelo populista de la “década perdida-robada” de Rafael Correa al implementarse el Código Orgánico de Organización Territorial, Autonomía y Descentralización (COOTAD), que reemplazó a la Ley de Régimen Municipal (en la Constitución de Montecristi en 2008), con modificaciones que incrementaron la autoridad del alcalde y los concejales.
Por esa razón solo el alcalde, prácticamente, toma decisiones y concentra el poder en su persona. Así asegura su dominio —bajo la modalidad del código— entregando cuotas de poder a los concejales que, antes de la vigencia del COOTAD, asistían a sesiones y ganaban dietas.
Hoy, los concejales son funcionarios a tiempo completo con buen sueldo. Cada uno maneja un área o feudo (mercados, parques, transporte, cultura, deportes, agua potable y alcantarillado). En la alcaldía de Rodas, un ex concejal fue juzgado por lavado de activos en el ejercicio de sus funciones, pero mandaba en los mercados, usaba grillete en su tobillo y quiso ser alcalde.
El actual código perpetuó la ineficiencia que ya existía en el manejo de la ciudad. En las últimas administraciones municipales aumentó mucho la burocracia (Quito tiene 23 mil servidores, mientras que Guayaquil solo 4 mil). Esta burocracia, aunque el exalcalde Barrera lo niegue, creció desde su alcaldía, para pagar favores a simpatizantes del correísmo que no hallaron “pega” en la administración central. La administración de Pabel Muñoz no es la excepción, porque suma mil nombramientos adicionales.
Quito se cae a pedazos. La ciudad, desde hace 25 años, refleja todo lo malo que se hizo tras la irrupción del populismo correísta. Quito arrastra, desde entonces, una falta de liderazgos.
¿Y en otros asuntos, cómo está la ciudad?
Quito llegó a este nivel de deterioro, dice el periodista quiteño Martín Pallares, porque la ciudad es un botín político, desde la expedición en 2009 del COOTAD, haciendo modificaciones que aumentaron el poder del alcalde y los concejales.
El COOTAD, en vez de mejorar la eficiencia, provocó que Quito tuviera funcionarios y exfuncionarios investigados por corrupción, allanamientos de sedes municipales (el agua potable y el Metro), desvíos de fondos a Hong Kong de las cuentas de la EPMAAP, irregularidades para adquirir pruebas de detección de Covid-19 en tiempos de Yunda y sospecha de negociados por contratos del Metro, compra de troles y obras públicas en el actual período. En las cinco últimas alcaldías hubo gente del entorno personal y familiar de los alcaldes.
Quito se cae a pedazos. La ciudad, desde hace veinte y cinco años, refleja todo lo malo que se hizo tras la irrupción del populismo correísta. Quito arrastra, desde entonces, una falta de liderazgos, evidenciada al ver quiénes han sido alcaldes y concejales. Muchos no llegaron al cabildo por méritos, sino por populismo y demagogia. Algunos tampoco nacieron en la ciudad, sino que llegaron buscando oportunidades, lo que demuestra su desarraigo.
La alcaldía de Quito, en el pasado, era un cargo de honor y distinción. La ciudad era plataforma para la presidencia. Jijón y Caamaño, Chiriboga Villagómez, Durán Ballén, Rodrigo Paz y Jamil Mahuad fueron ejemplo de buena gestión con credibilidad que les otorgó opciones políticas que, en algunos casos, se cumplieron. Actualmente no hay líderes quiteños con proyección nacional.
La capital ecuatoriana está en orfandad política. No es el epicentro de la política nacional. Se pierde, en la memoria cercana, la imagen de alcaldes que daban la cara ante los problemas de la ciudad y del país, con el apoyo de los ciudadanos.
La ciudad también perdió su identidad. Aunque hay quienes piensan diferente, las fiestas de fundación española y los eventos conexos —como la feria taurina—, enorgullecían a la gente, atraían turismo e ingresos y daban a la ciudad un garbo que, de un solo tirón, con la amañada consulta de la metida de mano en la justicia de Correa de 2011, acabó con esa tradición. Justo ahora, Pabel Muñoz, el actual alcalde, aduciendo que la empresa Citotusa no paga impuestos y arriendos, quiere demoler la Monumental Plaza de Toros Quito. Demoliendo instalaciones no se acaba con una historia taurina que comenzó desde la erección de la Real Audiencia de Quito el 29 de agosto de 1563.

Ante el aumento de la delincuencia, muchos se fueron a vivir en los valles, especialmente los del Ilaló, que vive un “boom inmobiliario”, con sospechosos precios de Miami.
Al visitar el centro histórico y otros sitios al caer el día (el parque La Carolina, la Mariscal, Guápulo —tierra de nadie—, la zona del antiguo aeropuerto o Cotocollao) se constata la pérdida del sentido de pertenencia. Edificios vacíos y descuidados, se derrocó la tribuna de los Shyris, paredes grafiteadas, obra pública paralizada o mal hecha, bacheo aleatorio de calles, negocios abandonados, edificios sin ornato (las plataformas gubernamentales del norte y del sur), vagabundos, pandilleros, delincuentes y mendigos en las calles. La pandemia sacó a la luz todo, pero el problema de Quito es de antes.
Uno de los orígenes del desastre fue cuando Rafael Correa captó la alcaldía con Augusto Barrera (2009-2014), a quien le tomó más de tres años estudiar la situación de la ciudad y en los meses que le faltaban hacer obras de relumbrón y al apuro (el redondel del Condado y el paso a desnivel de San Carlos —tan mal hechas que no solucionaron el tránsito—). Buscando la reelección, Barrera ofreció el Metro (obra llena de irregularidades desde el inicio) que trece años después arrancó, en diciembre de 2023 (solo inaugurada por Muñoz, que es cuestionado por los contratos de mantenimiento de los trenes y estaciones). Mientras tanto, el trole, el Metrobús y la Ecovía muestran sus limitaciones en medio del caos del tránsito.
Los desastres del socialismo del siglo XXI afectaron a una ciudad orgullosa de su historia. Las actuales autoridades (de la RC) quieren modificar la segunda estrofa del himno de la ciudad, para borrar de golpe la memoria ibérica de la “ciudad española en el Ande”, gracias a resentidos sociales correístas aupados por intelectuales de izquierda, defensores de animales y extremistas que vieron en el correísmo la opción para implantar agenda y ayudaron a enterrar a Quito.
Una ciudad longitudinal
Uno de los mayores problemas de Quito es su asentamiento en un valle de 45 km. del norte al sur. Los problemas de transporte crecieron en los años 70, por los accidentes geográficos (montañas y quebradas que rodean a la ciudad) y el crecimiento desordenado en las laderas y valles de San Antonio, Tumbaco y Los Chillos. Ante el aumento de la delincuencia, muchos se fueron a vivir en los valles, especialmente el del Ilaló, que vive un “boom inmobiliario”, con sospechosos precios de Miami, que pueden desencadenar un estallido. No faltan los comedidos que piden la autonomía de ese valle, cuando ellos abandonaron y no lucharon por Quito.

Mientras tanto, la ciudad longitudinal crece, desordenada y anárquicamente, en los extremos norte y sur, hacia los valles y laderas y con las invasiones, generando conflictos en la movilidad urbana, más desempleo, informalidad y la migración, como evidencias de la ausencia de políticas claras.
Quito es eje de muchas ambiciones políticas reñidas con su bienestar. Para las últimas elecciones seccionales surgieron casi los mismos nombres como “salvadores” de la ciudad. Yunda, Guarderas, Rodas, Muñoz y Barrera son el resultado de la miseria en la que ellos convirtieron a la antes Luz de América. Quienquiera que sea alcalde debería resolver problemas latentes y que no ha habido intención de solucionar en estas administraciones municipales.
Los quiteños son descuidados en muchos temas: sumideros y alcantarillas llenos de basura, sin rutas de desfogue para el agua de lluvia. No se olvida el “parque acuático del paso a desnivel de la Y” de Barrera en 2014 o las inundaciones de la plataforma gubernamental norte al final del régimen de Correa en 2017.
El municipio es una entidad con denuncias de corrupción y una tramitología interminable, desde pequeñas coimas por gestiones hasta grandes sobornos para cambiar leyes y ordenanzas.
Las construcciones e invasiones en los límites de las quebradas, tapando sus vías de desfogue, así como los incendios, son otras realidades incontrolables y hubo alcaldes irresponsables que, para ganar votos, no atendieron (o lo hicieron mal, reactivamente) esos temas. No se mantiene laderas, no se prohíbe la tala de árboles, se otorgan permisos de construcción y se legaliza barrios invadidos en toda la pendiente occidental de Quito desde El Tejar. No hay prevención, solo mucha burocracia en las administraciones central y zonales.
El municipio es una entidad corrupta con tramitología interminable, desde pequeñas coimas por gestiones hasta grandes sobornos para cambiar leyes y ordenanzas (legalizaciones de barrios y construcción de edificios y urbanizaciones), por un modelo equivocado. El municipio abarca demasiados frentes: educación, salud, radiodifusoras, entre otros, pero no planifica, no genera de normas urbanísticas adecuadas (no por el capricho de inmobiliarias y constructoras). No hay proyectos de alcantarillado, energía, transporte y basura. No hay cómo tener 23 mil empleados -como cuota política, parientes o amigos- haciendo que mucho del presupuesto sea para salarios y no haya recursos para prevenir desastres (incendios, aluviones, caída de rocas o choques en la avenida Simón Bolívar o la Ruta Viva -muerta-) y el hundimiento de zonas (el Trébol).
La tragedia de Quito
Así califica a lo que sucede en la capital ecuatoriana el exvicepresidente Alberto Dahik, señalando que “el problema gravísimo por el cual atraviesa la ciudad de Quito pues no es un problema de la municipalidad, ni siquiera de todos los quiteños, es ya un problema nacional”. Para Dahik es una pelea entre bandos que se disputan -como las pandillas en las cárceles- por saber quién mismo es el alcalde. Pero, los problemas no son solo sobre quién ocupa el cargo y qué concejales lo apoyan o no, sino que Quito se ahoga en las turbulencias de un mal manejo financiero, donde el gasto corriente (30% del presupuesto total -sueldos de los burócratas-) es mayor que el gasto de inversión (un 30%), con un sistema de transporte, el Metro (se lleva el 40% del presupuesto).
La nómina municipal es abultada. Tres personas hacen el mismo trabajo de una sola en algunas dependencias municipales. Muchas comisiones, subcomisiones, secretarías, subsecretarías, direcciones y subdirecciones y demasiada gente en el Municipio de Quito que no sabe sus funciones ni cómo realizarlas. Desde la alcaldía de Barrera se agrandó la burocracia municipal, que no fue reducida con Rodas, Yunda, Guarderas y Muñoz. No hay balances contables y financieros confiables en las empresas y direcciones municipales. Solo existe celo y secretismo para compartir la información.
Quito debe mirarse en el espejo del Guayaquil de los 70 y 80, cuando era gobernado por gente corrupta, como en la alcaldía de un presentador de televisión, Antonio Hanna, que terminó preso, acusado por el escándalo de las procesadoras de basura. Bolívar Cali Bajaña (el imaginario porteño lo llamaba “baja calaña”) y después, los Bucaram (Abdalá y Elsa), que hicieron del municipio una cloaca, denigrando a la población con teletones navideños, arrojando por tobogán juguetes que la gente, desesperada, intentaba atrapar.
Como menciona el jurista Fabián Corral en Réquiem por una ciudad, «agoniza la ciudad. Muere su dignidad, caducan sus valores, prospera el cálculo político. Agoniza una ciudad que fue la cara de la República».
Para volver a ser lo que antes fue
Quito llegó a ser lo que es hoy porque no escogió bien a los últimos alcaldes (con apenas el 25% o menos de votos en cada caso). El uso político de la municipalidad por gobernantes como Correa y políticos oportunistas, así como la indecisión para hacer cambios necesarios, muestra esta parodia, beneficiando a personajes descarados.
Continúa la iniciativa ciudadana de revocatoria del mandato del alcalde Pabel Muñoz. Al momento hay más de las 200 mil firmas requeridas, pero la aspiración del colectivo “chao Pabel” es llegar a medio millón de rúbricas (para evitar que el CNE nulite muchas). La revocatoria coincide con los tiempos que puso el gobierno de Noboa para hacer la consulta de reformas a la constitución.

Quito debe enfrentar su realidad y hacer lo correcto. Debe prevalecer la iniciativa ciudadana, para resolver, de una vez por todas, la enfermedad del agonizante al que, en lugar de aplicarle terapias de alivio, le dan remedios para matarlo. Quito parece un enfermo desahuciado, pero el compromiso es que se levante.
Como menciona el articulista y jurista Fabián Corral en Réquiem por una ciudad, “agoniza la ciudad. Muere su dignidad, caducan sus valores, prospera el cálculo político. Agoniza una ciudad que fue la cara de la República, el sitio de encuentro, el punto de referencia, el signo distintivo del país”. Para el autor, “qué se puede decir ahora del centro histórico, antes monumento de la arquitectura colonial, expresión del mestizaje y el arte”, que hoy es “un mercado donde impera el griterío, el desorden, la delincuencia y la suciedad”.
¿Qué es hoy el Municipio? Un revoltijo de intereses y mezquindades. De un alcalde y unos concejales que piensan solo en sus espacios de poder, no en el interés por una ciudad que creció, pero también sus problemas. Se acabaron las vecindades donde todos se conocían y el espíritu barrial (de las jorgas), que eran las micro identidades de una gran razón.
¿Dónde está el Quito de antes? La ciudad de la rebelión de las Alcabalas de 1594, de la revuelta de los Estancos o Barrios Quiteños de 1766, del grito de independencia del 10 de agosto de 1809, de la constitución de 1812, del 24 de mayo de 1822, la de un pueblo que se rebelaba ante las arbitrariedades. ¿Merece Quito este lamentable desfile de alcaldes incompetentes? La respuesta, definitivamente, es no.
Como menciona un editorial de diario Expreso, “Quito se está sumiendo en la decadencia. Muchos de sus barrios se están quedando vacíos porque sus pobladores no tienen estímulos para quedarse y porque la inseguridad los obliga a irse. El ejemplo más visible es el del centro histórico: pasadas las seis de la tarde la zona queda desolada, a merced de la delincuencia, sin que las autoridades municipales implementen medidas para evitarlo”.
“El gobierno de Quito tiene 23.000 empleados y contratistas, sin contar otro tanto de sus empresas públicas, dependiendo a quién se pregunte, y estos números se multiplican sin control desde el 2008″.
No se aprovechó las oportunidades que generó el Metro para reactivarlo. Otros sectores, como la avenida 10 de agosto o Patria, siguen el mismo camino: pierden vecinos por razones similares. Mención aparte merece La Mariscal, que era lugar obligado de paseos, bares y fiestas como el “amazonazo”, hoy territorio tomado por la prostitución, el microtráfico y las bandas delictivas.
Urge detener el deterioro progresivo de Quito. Si las autoridades no actúan para detener la delincuencia, más sectores caerán. Hacen falta soluciones integrales para que la gente vuelva a los espacios públicos, como seguridad, buen transporte público y una agenda municipal que potencie la historia y el turismo de la ciudad. Esta Alcaldía no tiene soluciones integrales para lograr su rescate.
“Si la Alcaldía de Quito estuviera vacante en lugar de ocupada por quien logró apenas el 25 % de los votos -así de absurdo es el sistema-, probablemente no se notaría mayor diferencia. Coincido con muchos en que se trata de una de las peores gestiones del municipio capitalino, ni un burgomaestre con luces y arrestos podría hacer mayor cosa dada la estructura y el régimen jurídico seccional”, sostiene Bernardo Tobar.
“El gobierno de Quito tiene 23.000 empleados y contratistas, sin contar otro tanto de sus empresas públicas, dependiendo a quién se pregunte, y estos números se multiplican sin control desde el 2008. … Una relación en extremo ineficiente entre nómina pública y población, incluso si la comparamos con ciudades prósperas donde los servicios públicos y la infraestructura funcionan, como Toronto, Sídney o Dubái. En Quito el dinero de los contribuyentes va en su mayor parte a gasto corriente, no a obras y servicios”, agrega.
Y la tramitología es un martirio. Para un fraccionamiento pueden ser de dos a cinco años o menos, si alguien “pone para las colas” No se diga en proyectos urbanísticos o permisos de construcción (aunque algunas constructoras lograron el favor municipal en las obras del boom inmobiliario de Cumbayá y Tumbaco).
El Metro, la única obra relevante de la década, cuya entrada en operación cayó en la maraña legal, pues para fabricar normas, trámites y autorizaciones hay tantas firmas y multas “porque faltan papeles”. Mientras la alcaldía, la Concentración Deportiva del Pichincha, el gobierno y el Ministerio del Deporte se pelean por el casi destruido Estadio Atahualpa, Quito requiere de infraestructura vial, pasos a nivel, anillos viales y mantenimiento preventivo. Igualmente, la ampliación del Metro y su integración con buses, ciclovías e infraestructura intermodal (como pasa en cualquier ciudad organizada).

Mejorar el sistema de agua potable, alcantarillado, tratamiento de aguas residuales y prevenir el reasentamiento de zonas de riesgo. Prevenir los cortes de agua como el que afectó al sur de Quito. El 70% de las construcciones son informales, hay que controlar el crecimiento urbano. No hay infraestructura educativa, de salud y espacios públicos en zonas vulnerables. Como una última cachetada a la ciudad, la vuelta automovilística del Ecuador no pasará ni finalizará, como tradicionalmente sucedía, en la capital ecuatoriana.
Quito no puede morir así, porque de esta urbe depende el destino de un país que busca salir adelante. Para que nunca más sea una ciudad abierta para que cualquier charlatán la maneje a su antojo. La ciudad debe volver a ser lo que era. No esa ciudad atrapada entre la demagogia y la ineptitud. Hoy el grito “viva Quito”, más que un pretexto para beber el 6 de diciembre parece un grito de auxilio de la ciudad. Que salgan de su zona de comodidad las elites y los ciudadanos y reaccionen, porque Quito no aguanta más, se está muriendo y se está “desquiteñizando”.