Una declaración oficial, emitida el 31 de julio, afirmó que los homicidios en Quito habían caído 14% frente a los dos gobiernos anteriores. Los registros institucionales muestran que esa reducción de 13,8% comparó dos semestres de la propia gestión actual, no períodos de administraciones distintas. Frente a tramos equivalentes de sus antecesores, Quito registra hoy más homicidios, no menos. https://lupa.com.ec/verificaciones/ documentó el error.
La precisión no es un detalle técnico, ya que la seguridad es el eje central de legitimidad de este Gobierno, cumple una función política precisa: sostiene la narrativa de eficacia.
El deterioro de la trazabilidad estadística a escala global coincide con una amenaza de mayor escala: la manipulación algorítmica del debate público. Un estudio brasileño Observatório Lupa —en alianza con la FAAP— examinó 226 piezas virales sospechosas difundidas entre febrero y junio de 2026 y confirmó uso de inteligencia artificial en 101. Cuarenta tenían fines políticos: falsos respaldos electorales, encuestas apócrifas, sátiras hiperrealistas y suplantaciones de figuras públicas. En veinte casos, los propios detectores entregaron resultados contradictorios entre sí, y 125 piezas quedaron sin poder confirmarse ni descartarse.
Ecuador no llega a las seccionales de noviembre de 2026 con este riesgo como hipótesis abstracta. Según el mismo monitoreo, el 74% de los 247 contenidos virales verificados durante la campaña presidencial de 2025 resultó falso, y uno de cada cinco incorporaba elementos generados o manipulados con inteligencia artificial. Durante la consulta popular de noviembre pasado, el 75% de 125 publicaciones emocionales monitoreadas usó IA, pero apenas el 5% lo declaró abiertamente.
Una falsificación puede apoyarse en datos reales; una declaración auténtica puede editarse para alterar su sentido; y una rectificación legítima puede presentarse como operación partidista.
En todos los países del mundo, la palabra oficial tiene cobertura inmediata, capacidad de repetición y acceso privilegiado a medios y plataformas; la verificación llega después, cuando la cifra ya circuló. En campaña, no necesariamente se impone la versión mejor sustentada, sino la que primero organiza la percepción pública; una asimetría que también pueden explotar de cara a las elecciones seccionales de noviembre de 2026, con alcaldes, prefectos, candidatos y opositores dispuestos a escoger el indicador que más les convenga.
La combinación entre cifras oficiales descontextualizadas y contenido sintético produce una amenaza mayor que cada fenómeno por separado. Una falsificación puede apoyarse en datos reales; una declaración auténtica puede editarse para alterar su sentido; y una rectificación legítima puede presentarse como operación partidista. La inteligencia artificial no origina la polarización, pero abarata drásticamente el costo de fabricar «evidencia» a la medida de prejuicios ya instalados. El adversario más eficaz de esta campaña no será quien produzca el deepfake más sofisticado, sino quien mejor conozca las emociones de cada comunidad digital y publique en el momento de mayor incertidumbre. WhatsApp y TikTok son especialmente vulnerables: allí la confianza descansa en quien comparte el contenido, no en su procedencia original.
Frente a ese escenario, el Consejo Nacional Electoral, las organizaciones políticas y los medios necesitan un protocolo común: repositorios de piezas originales, credenciales de procedencia o firmas digitales, respuesta coordinada y verificación humana como última instancia. Las candidaturas deberían registrar y publicar sus propios materiales audiovisuales antes de que una falsificación ocupe ese espacio primero. Se requiere, además, disciplina estadística elemental: toda cifra política debe declarar fuente, periodo, universo y base de comparación, porque incluso un dato numéricamente correcto, presentado sin ese marco, puede funcionar como desinformación.
El escenario más probable hacia las seccionales de 2026 no es una campaña dominada por una falsificación perfecta y devastadora, sino una sucesión de piezas ambiguas, difíciles de certificar y lo bastante verosímiles para profundizar sospechas ya existentes. Ese es, precisamente, el terreno donde prosperan la desmovilización, el desánimo y la polarización afectiva configurada desde plataformas digitales. No hace falta que la ciudadanía crea cada mentira individual, basta con que termine dudando de cualquier evidencia o, lo que es peor, aprobando la falta de ética y de valores cívicos del lumpen político.


