martes, agosto 25, 2026
Ideas
William Millingalli

William Millingalli

Vicepresidente de la Alianza Jambato y defensor del territorio en Angamarca, Cotopaxi

No dejemos solos a quienes cuidan la naturaleza

Defender la naturaleza no debería costar amenazas, procesos ni el miedo de una familia entera. Debería ser motivo de orgullo y de apoyo, no de sospecha.

Me llamo William Millingalli. Soy de la comunidad de Quilaló, en la parroquia de Angamarca, provincia de Cotopaxi. Desde el 2021 acompaño, junto a mi comunidad, el trabajo de la Alianza Jambato para proteger al jambato, una ranita que el mundo dio por extinta en 2004 y que, para sorpresa de todos, seguía viva aquí, en nuestros ríos y potreros, donde siempre convivió con nosotros sin que supiéramos su verdadero valor.

Cuando empecé a cuidar al jambato no imaginé lo que me costaría. Antes de conocer a la Alianza, como muchos en el campo, no sabíamos lo que significaba esta especie ni cómo protegerla. Aprender a cuidarla, a manejar el fuego, a reconocer a otras especies que viven en nuestro territorio, cambió mi vida. Pero ese mismo cuidado despertó sospechas, rumores y, con el tiempo, violencia. Me acusaron en falso de un robo de ganado. Viví amenazado por defender el agua y el páramo, por pedir que no se quemara lo que aún no habíamos aprendido a valorar. Y llegó un momento en que la llamada «justicia indígena» se ejerció sobre mí y sobre mi familia con una dureza que todavía duele. Mi esposa y mis hijas quedaron atemorizadas, y solo gracias al acompañamiento psicológico que nos dio la Alianza Jambato pudimos empezar a sanar.

Cuento esto no para pedir lástima, sino para que se entienda que quien defiende la naturaleza en el campo ecuatoriano no lo hace desde un escritorio ni desde la comodidad de la ciudad. Lo hace exponiendo su cuerpo, su familia y su nombre. Y muchas veces lo hace en medio de la desinformación, cuando autoridades o intereses políticos convencen a la gente de que quienes cuidamos el territorio somos un obstáculo para el desarrollo, cuando en realidad solo pedimos que las obras se hagan bien, con estudios y permisos, cuidando el agua de la que todos vivimos.

Viví amenazado por defender el agua y el páramo, por pedir que no se quemara lo que aún no habíamos aprendido a valorar. Y llegó un momento en que la llamada «justicia indígena» se ejerció sobre mí y sobre mi familia con una dureza que todavía duele.

Lo vivimos con el conflicto de la vía que atraviesa Ambato-Guambaine-Angamarca. Durante meses vimos cómo el trabajo mal hecho fue destruyendo casas, dejando a la comunidad de Quilaló sin agua y llenando de escombros el río donde vive el jambato. Hoy, en pleno verano, ya casi no salen a asomarse; y tememos que muchos hayan quedado atrapados bajo esos escombros. Ojalá podamos recuperarlos cuando llegue el invierno. Eso es lo que está en juego cuando se construye sin respetar el territorio. No es solo una rana, es el futuro de Angamarca entero.

Por eso quiero decirles a las autoridades, a la Prefectura de Cotopaxi, a quienes deciden sobre nuestras tierras, que los defensores de la naturaleza no somos enemigos del desarrollo. Queremos progreso para nuestros hijos, fuentes de trabajo para que la gente no tenga que migrar, un centro del jambato donde lleguen turistas y se queden las nuevas generaciones. Pero ese desarrollo tiene que respetar el medio ambiente, porque sin agua limpia y sin territorio sano no hay futuro posible para nadie, ni para la gente ni para el jambato.

A quienes, como yo, han sido señalados, criminalizados o amenazados por cuidar la tierra, les digo lo que aprendí en carne propia: no hay que desmoralizarse. La violencia que recibí me hizo más fuerte, no más callado. Sigo presentándome ante cualquier autoridad o comunero a contar la verdad de lo que hemos vivido, porque no tengo nada que ocultar. Solo he cuidado lo que es de todos.

Defender la naturaleza no debería costar amenazas, procesos ni el miedo de una familia entera. Debería ser motivo de orgullo y de apoyo, no de sospecha. Angamarca le devolvió al mundo una especie que se creía perdida; lo menos que merecemos quienes la protegemos es que se respete nuestra vida, nuestros derechos y nuestro trabajo. Ese es el mensaje que dejo, con la misma fuerza con la que sigo buscando al jambato entre las piedras del río. No bajemos los brazos, ni yo ni quienes vienen detrás de nosotros a seguir cuidando lo que con tanto esfuerzo hemos aprendido a querer.

 

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