domingo, octubre 11, 2026
Ideas
Juan Carlos Calderón

Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

La insepulta de Santa Elena

Oh dioses, queréis favorecer al pernicioso Aquiles, el cual concibe pensamientos no razonables, tiene en su pecho un ánimo inflexible y medita cosas feroces (…). Perdió Aquiles la piedad y ni siquiera conserva el pudor que tanto favorece o daña a los varones. (La Iliada)

En la tragedia Antígona, presentada en Atenas el 441 Ac, Sófocles cuenta la historia de cómo dos hermanos, Etéocles y Polinices, se matan entre sí al disputar el trono. Tras un pacto para turnarse en el poder, luego de que su padre Edipo muriera, Etéocles debía devolver el trono a su hermano Polinices, pero no cumplió su palabra, así que Polinices atacó su propia ciudad con aliados del extranjero. Se matan mutuamente y al quedar el trono bacante asume su tío Creonte, quien ordena honrar a Etéocles, con un funeral de Estado por defender la ciudad, y decreta que el cuerpo de Polinices, por considerarlo traidor a su patria, permanezca insepulto en el campo de batalla, abandonado a la intemperie para que los perros y las aves rapaces lo devoren. Y quien intente darle sepultura sería castigado con la muerte. Así, profana el cadáver.

En La Iliada, escrita en el siglo VIII Ac, Homero nos cuenta cómo en el largo asedio de Troya por parte de los griegos, surge un enfrentamiento cuerpo a cuerpo entre “el divino” Héctor, el hijo del rey de Troya, Príamo, y Aquiles, el héroe griego, un semidios inmortal salvo en un lugar en su cuerpo, el talón. Es un combate en el que Aquiles, del lado de los griegos, buscaba vengar la muerte de su amado Patroclo por parte de Héctor. A pesar del valor y destreza del héroe troyano, Aquiles, un protegido por los dioses, lo mata frente a todo el pueblo troyano, incluida su familia real. Entonces, cegado por la venganza, Aquiles ata el cuerpo de Héctor a un carro tirado por caballos y lo arrastra haciendo golpear su adorada cabeza contra las piedras. Profana el cuerpo y se lo lleva al campamento griego.

Antígona, hermana de Polinices y Etéocles, desobedece al rey, porque ella comprende que no hay orden real ni poder humano ni decreto o ley de la ciudad por encima del derecho de un ser humano a recibir el rito funerario sagrado, que le permitirá, según su tradición y creencias cruzar el río Aqueronte, con las dos monedas sobre los párpados como pago al barquero que lo llevaría al Hades. Negar, por un castigo, el acto funerario equivalía a condenar el alma de Polinices a errar eternamente y no descansar en paz. Así que Antígona, en un acto de supremo valor y compasión, se escabulle al descampado donde está el cadáver insepulto de su hermano, cubre su cuerpo con tierra y ofrece los ritos fúnebres.

Príamo, el padre de Héctor, supera su dolor y su miedo, y doce días luego de la muerte de Héctor, se escabulle en secreto hacia la tienda de Aquiles y, arriesgando la vida, le ruega, besando las manos que mataron a su hijo, que le permita llevar el cuerpo de su adorado primogénito hasta su palacio en Troya y brindarle los ritos funerarios. Aquiles se niega, mantiene su ira contra Héctor. No solo que Aquiles había mantenido insepulto el cuerpo de su rival, sino que en un acto de mayor crueldad lo insultaba y salía en ocasiones de su tienda, volvía a atar el cuerpo de Héctor al carro de caballos y lo arrastraba por el polvo dando tres vueltas a su túmulo, para luego dejarlo en peores condiciones. Viendo todo eso, el dios Apolo dice a los otros dioses en La Iliada: Ahora que Héctor ha fallecido no os atrevéis a salvar el cadáver y ponerlo a la vista de su esposa, de su madre, de su hijo, de su padre Príamo y del pueblo, que al momento lo entregarían a las llamas y le harían honras fúnebres, por el contrario, oh dioses, queréis favorecer al pernicioso Aquiles, el cual concibe pensamientos no razonables, tiene en su pecho un ánimo inflexible y medita cosas feroces, como un león que dejándose llevar por su gran fuerza y espíritu soberbio se encamina a los rebaños de los hombres para aderezarse un festín: de igual modo perdió Aquiles la piedad y ni siquiera conserva el pudor que tanto favorece o daña a los varones.

Luego de una discusión entre los dioses es Júpiter quien se apiada de Príamo y condena la soberbia de Aquiles y envía al rey de Troya el mensaje de que rescate el cuerpo de su hijo, que lleve regalos preciosos a Aquiles para pagar el rescate del cuerpo y calmar su cólera y que vaya con la seguridad que no será atacado ni descubierto hasta llegar a la tienda de Aquiles, y que este comprenderá pues no se puede negar a la súplica de un padre para honrar el cuerpo de su hijo muerto. Luego de una conmovedora conversación, Aquiles accede a la súplica de Príamo, acepta los regalos y advierte a los suyos que no hagan daño al anciano rey, en su camino de retorno a Troya con el cuerpo de su hijo. Príamo también obtiene de Aquiles la promesa de una tregua hasta que Troya honre el cuerpo de Héctor. Durante nueve días el pueblo troyano recoge leña para la hoguera que es encendida en medio del llanto de su esposa y de su madre y de todos sus amigos.

Las leyes divinas e inmutables exigen piedad para los muertos. Esta convicción acompaña a Antígona en su rebelión contra la ley del poder. Frente a la muerte de su hermano y el horror de su cadáver insepulto y sin derecho a ser redimido con las honras fúnebres, Antígona arriesga su vida. Y así sucede: enterado de la desobediencia, Creonte ordena enterrarla viva en una tumba de piedra. Los dioses se enfurecen ante la crueldad de Creonte. Y este finalmente accede a enterrar el cuerpo de Polinices, pero ya es tarde: Antígona se ha ahorcado dentro de la cueva; el hijo del cruel Creonte, y prometido de Antígona, se suicida a la vez al verla muerta, y la esposa de Creonte, Eurídice, se quita la vida al enterarse de la muerte de su hijo. Creonte termina perdiéndolo todo y devastado por violar el derecho sagrado de los muertos a ser respetados, sepultados y honrados.

Cuando finalmente los griegos toman la ciudad gracias al ardid del caballo de Troya, Aquiles participa en el saqueo y profanación de la ciudad. Pero un arquero defensor troyano dispara una flecha contra Aquiles. La flecha es empujada por los dioses, que no perdonan la crueldad de Aquiles, y la dirigen exactamente al único punto donde saben que el semidios es vulnerable: su talón. Aquiles muere, pues la venganza de los dioses es terrible con quienes se creen por encima de la ley sagrada de respetar a los muertos.

Cientos de años después, a miles de kilómetros de estos sucesos, el cadáver de una mujer llamada Mónika Silva permanece cuatro meses insepulto en una morgue de la provincia de Santa Elena, república del Ecuador, no se sabe por orden o decreto de cuál rey, que se cree por encima del deber sagrado de respetar y honrar el cuerpo de los muertos, y que está seguro de que no recibirá, en algún momento, la cólera de los dioses.

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