Parecería que las cosas han vuelto a la normalidad. Que las aguas han bajado y que el riesgo de un cataclismo ha desaparecido. Pero no es así. Solo se trata de una calma chicha. En el fondo de nuestra vida social, política y económica, las cosas siguen igual que antes. Y posiblemente peor.
Es de ingenuos pensar que, porque ya se enterraron a los muertos, que sus familiares ya lloraron lo suficiente. Que el poder ya se rasgó las vestiduras. Que ya se cambiaron unos presos de un lugar a otro supuestamente más seguro. Que con esto y algo más, la paz ha retornado a las cárceles del país. Absurdo.
En el territorio real de las drogas, nada es simple. ¿Cómo pensar que las cárceles han retornado el orden y la paz? ¿Ha aparecido la verdad sobre lo que realmente aconteció en las cárceles de Cuenca, Guayaquil y Latacunga? Por supuesto que no. Tan solo se han dado algunas explicaciones que de ninguna manea convencen. Ya todo se ha tapado con un pesado silencio. La muerte de supuestos criminales solo causa llanto a sus familiares. Y el gobierno hace lo posible para que nadie vaya a ver lo que hay detrás del cuadro. Caso cerrado.
El gobierno no dice nada porque nada tiene que decir. Porque nada sabe. Porque esas muertes, en el fondo tal vez bienvenidas, no le quitarán un segundo de su gran reposo. Pero quizás olvida que la culpa seguirá corroyendo las conciencias. ¿Cuál es la conciencia ética del poder?
En las cárceles se ha estatuido un sistema paralelo de administración constituido por delincuentes unidos para seguir delinquiendo desde adentro, con la protección que les brinda, paradójicamente, la prisión. Lo evidente en esa especie de hecatombe destinada, menos a la fuga de presos que a eliminar a aquellos posiblemente ya declarados traidores o a punto de serlo. Por ende, sujetos destinados a la muerte.
Se dice que el anterior régimen presidencial, el de Correa, habría estado íntimamente ligado a ciertos grupos mafiosos, en especial, de narcotraficantes. También se dijo, desde el primer día, que se eliminaron algunos sistemas de seguridad y de control, como el de Manta, justamente para crear un espacio menos protegido o incluso claramente desprotegido para facilitar el libre tráfico de drogas a nivel internacional. Insistentemente aquello se comentó dentro y fuera del país. Y, cuando el río suena, piedras lleva.
En las cárceles se ha estatuido un sistema paralelo de administración constituido por delincuentes unidos para seguir delinquiendo desde adentro, con la protección que les brinda, paradójicamente, la prisión.
Luego se eliminó el Consep. Y el tema de las drogas pasó de manera inaudita al ministerio de salud. Entonces se creó un campo más seguro y amplio para que el gran tráfico se pasee libremente en el país, como Pedro por su casa. Y para que nadie investigue, teorice, denuncie y divulgue.
Las drogas son mucho más que sustancias que se producen, trafican y consumen. Exigen complejos sistemas de protección para su producción y tránsito por diferentes países hasta llegar a su destino final. Por ende, también un sistema jerárquico de mafias que actúan bajo el imperio de su propia ley.
Es cierto que, desde muchos lugares, llegaron tanto el rechazo a la supresión de la base de Manta como las sospechas de que esa supresión correspondía a un plan bien meditado para crear menos dificultades a los grandes traficantes de entonces y de ahora. Al respecto, el actual gobierno ha mantenido silencio. Para los grandes traficantes, un sabio silencio.
¿Por qué Moreno no restituyó inmediatamente la base de Manta pese a múltiples pedidos y sugerencias dentro y fuera del país?
¿Por qué las mafias que gobiernan el sistema de drogas se hallarían igualmente organizadas en las cárceles de mayor seguridad del país? Simplemente porque allá han ido a parar no solo subalternos sino también algunos importantes cabecillas. Estas presencias originan discordias, celos y enfrentamientos.
Por otra parte, estas mafias están muy lejos de constituir una santa y abigarrada fraternidad. Todo lo contrario. Son acérrimos rivales que luchan por los espacios de acción como por la misma droga. Si a alguien le molesta inmensamente la competencia es al negocio del narcotráfico. El de la competencia será siempre un enemigo que, con frecuencia, debe ser físicamente eliminado.
En Colombia y Ecuador, el tema del tráfico se halla organizado y protegido por un sistema piramidal de poder que permite su éxito. Por ende, todo intento de alterarlo es violentamente reprimido. Allí las cosas son absolutamente claras, de lo contrario, el sistema no funciona. Allí no hay lugar para las traiciones que se pagan con la muerte.
¿Cómo no aprovechar el encarcelamiento para los ajustes de cuentas cuando siros y troyanos se hallan en el mismo lugar y cuando la corrupción penitenciaria permite que una cárcel, supuestamente de máxima seguridad, se convierta, no precisamente en campo de batalla, sino en el mejor lugar para las ejecuciones? Ahí el hacinamiento tiene mucho que ver y no puede ser pasado por alto.
