En diciembre último culminó mi dirección de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, fundada en 1874; ya sesquicentenaria y tercera en antigüedad después de la Real Academia Española (1713) y de la Academia Colombiana (1871), la primera instalada en América.
Tengo tiempo libre, bueno para leer, pasear de lunes a viernes cinco kilómetros diarios por los arbolados caminos de Cumbayá, pensar… Veo brotar, reemplazarse y volver a brotar innúmeros macizos de buganvillas que escalan muros de patios y limitan jardines, amplias zonas llenas de color, aunque veo también cómo en los parques árboles incontables mueren lentamente a causa del muérdago que nadie quita.
Los guardias del reservorio de la Empresa Eléctrica se consumen de hastío tras ventanas de vidrios polarizados —como los carros “finos”—, para que nadie vea lo que pasa dentro; si el caminante, por azar, quiere preguntar algo, ha de llamar a la ventana hasta que asomen, como quien surge de la nada hacia una indeseada forma de ser, con carita de ‘qué también querrá’, ‘para qué molesta’, porque, para variar, ve la pantalla de su computadora a pesar de los programas ‘bloqueados’, y siempre tendrá el móvil a mano… Así vamos.
Camino por Cumbayá; ¿cómo no referirme a sus aceras imposibles, a cuyos desarreglos, roturas y peligros podrían dedicarse, al hilo, cien páginas de escritura? El Municipio respectivo nunca se hizo cargo del problema que duró treinta años, del colegio millonario fundado en el 95, que sólo ahora puso aceras en su parte trasera, a pesar de que lleva a conocidas urbanizaciones.
Bien sé que nuestra realidad se halla en todas partes, en lo pequeño y lo mediano, en lo que agrada y nos alegra, en lo que duele algunas veces y otras consuela, y es siempre, a pesar de nosotros mismos, esperanzador. ¡Qué persistencia en esperar, la nuestra! Esperar contra toda esperanza repetían los abuelos, cuyo modelo era Abraham, porque creyó y esperó en prueba de su fe, e Isaac, su hijo querido, no tuvo que ser sacrificado como Dios le había pedido. Historia de compleja interpretación, en la que aún cuesta entrar.
Y vuelvo de caminar a escribir, para compartir lo que considero desconocido, incierto, y tratar de abordarlo desde un punto de vista menos obvio —pretensión que justifica el deseo, o mejor, la necesidad de intromisión en el universo del lector, a sabiendas de que cualquier flanco admite infinitas miradas—.
La mitología japonesa incluye tres monos sabios, místicos: Mizaru se tapa los ojos para no ver; Kikazaru cubre sus oídos y no oye, e Iwazaru se tapa la boca para no hablar… En conjunto, “no ver, no oír, no hablar del mal», pero el mal, ¡ay!, es el muérdago y nos consume…
Escribir; hacer cuanto depende de nosotros para elevar la voz a la dignidad de la escritura, y dejar a los demás al albur de aceptar, de creer o no creer.
Deseaba escribir, necesitaba hacerlo. ¿Quién, sino yo este momento, comentaría con dolor, por ejemplo, la horrible intrusión del muérdago que invade los árboles del reservorio, se multiplica en los parques de la avenida Jacarandá y, una vez que empieza no para hasta devorarlos con la inocencia de la naturaleza? Bebe su savia, crece, se multiplica en las ramas, sube, invade, quiebra y mata rama tras rama del molle más aguerrido, bello y combativo. El muérdago horrible e invisible para muchos es tema que ha ido llenando de dolor mis silencios. Quizá es un símbolo, ícono inocente y cruel del mal… de nuestro mal: no ver, no pensar, no hablar, no imaginar.
La mitología japonesa incluye tres monos sabios, místicos: Mizaru se tapa los ojos para no ver; Kikazaru cubre sus oídos y no oye, e Iwazaru se tapa la boca para no hablar… En conjunto, “no ver, no oír, no hablar del mal», pero el mal, ¡ay!, es el muérdago y nos consume…
Escribo —intento escribir pues—, porque deseo hacerlo y el tema me buscó, casi al azar. Quizá a usted, lector, le parezca inocuo, pero al escribiente le basta con escribir sin preguntarse si hacerlo tiene sentido, aun después de tantos años, desde 1982, cuando empecé a escribir en diario Hoy, pasé por El Universo y El Comercio, sin detenerme hasta el 24.
Hoy me llama el deseo de creer para decir. Escribir, además de contribuir a la crítica inevitable y a veces acerba, supone creer en la palabra, aunque dicha y escrita sea apenas un intento de comunicación, ensayo que, como hoy, nos insta y a menudo nos cuesta mil dificultades, pero rinde en ilusión… Escribir para traslucir el muérdago, más allá del privilegio de Cumbayá, donde no solo es su plaga la que nos impide ver…
