Es indudable que a un amplio sector de los electores quiteños no los mueve un partido ni una ideología. Los mueven los temas. Hoy mismo, puede movilizarlos una pregunta concreta: ¿quién me protege y a quién le creo que puede cumplir? El elector “no alineado” la responde con la desconfianza de quien ya cambió de opinión varias veces en pocos meses, en una ciudad que lleva lustros sin que un alcalde gane una reelección; una fragmentación que permitió al penúltimo candidato ganar con el 21% de los votos y al actual burgomaestre con el 25%; una capital sin liderazgo político desde enero del 2009.
El vacío de liderazgo político y administrativo en la capital no es una percepción: Quito ha retrocedido de manera objetiva en casi todos los aspectos. Desde esa fecha, múltiples factores han tejido una enmarañada trama político-ideológica que reemplazó el modelo de planificación metropolitano que venía funcionando de manera integral en servicios, movilidad, territorio, crecimiento, riesgo, medio ambiente y estructura administrativa, atrapando a la ciudad y a sus habitantes en los deleznables linderos de un municipio tradicional del siglo pasado, que reacciona sobre la marcha, sin una estrategia clara, fragmentado y sin metas de consenso.
El miedo llegó a la capital
Según Quito cómo vamos, el 83 % de los ciudadanos señala la delincuencia como el problema que más afecta su calidad de vida. Las cifras son menores que en la Costa, pero las muertes violentas en Quito subieron de 30 a 40 en el primer bimestre de 2026 frente a 2025, sobre una base pequeña. Entre enero y julio se registraron además 940 reportes de desaparición. Quito
La seguridad es competencia del Estado central, pero parte de una campaña negativa siempre puede redireccionar, desde voceros en territorio y operadores en redes sociales, el reclamo hacia el alcalde; ese tipo de campañas son comunes y recurrentes en democracias endebles —léase con electores susceptibles de ser desinformados e influenciados fácilmente— y ocurren en épocas electorales pero también en otros escenarios; por eso la disputa real no es quién es más duro, sino quién carga con la culpa. El Gobierno ya movió fichas: ordenó el 3 de agosto el Plan de Protección Quito, con 4.000 policías y militares, y Pichincha estará en estado de excepción del 15 de septiembre al 14 de noviembre. Ese plazo vence dos días después de que empiece la campaña, el 12 de noviembre. El Estado se muestra presente justo cuando el problema es más visible, y la ciudadanía tendrá que decidir si eso la tranquiliza o le confirma el problema.
¿Un electorado indeciso o más reflexivo?
De acuerdo con el Código de la Democracia y el sistema electoral ecuatoriano, las autoridades locales (alcaldes, prefectos y viceprefectos) se eligen por mayoría simple de votos válidos en una única jornada electoral. Esto significa que el candidato que obtenga el mayor número de votos gana el cargo directamente, sin importar la diferencia con el segundo lugar ni el porcentaje total alcanzado. Con diez candidatos inscritos el margen de victoria puede ser estrecho: Muñoz ganó en 2023 con el 25,18 % entre 12 candidatos; en las elecciones de 2019 compitieron 18 candidatos en total para la Alcaldía de Quito.
Ese número de postulantes marcó un récord histórico de fragmentación electoral en la capital. Debido a la enorme cantidad de opciones en la papeleta, el voto se dividió tanto que Yunda logró ganar el cargo con apenas el 21,39 % de los sufragios, lo que significa que casi el 80 % de los votantes quiteños eligió a alguna de las otras 17 alternativas disponibles. Ganar Quito el 2026 puede significar convencer a uno de cada cuatro votantes.
El voto quiteño no es históricamente voluble o volátil; las “sorpresas” suelen entrar por la puerta grande de la investigación mal hecha o la anticipada presunción de muchos sobre una realidad que aún no ocurre, de la realidad como la imaginan y sobre todo, de cómo la desean; no como es: del distanciamiento y hartazgo de la gente con la política tradicional y con ciertas candidaturas. Si hoy la votación de los electores de la capital es impredecible, es porque obedece al declive de marcas políticas tradicionales o que simplemente ya no existen; porque hay nuevos perfiles de electores, con distintas expectativas así como diversas y disruptivas formas conectarse con su entorno e interactuar socialmente.
El voto quiteño no es históricamente voluble o volátil; las “sorpresas” suelen entrar por la puerta grande de la investigación mal hecha o la anticipada presunción de muchos sobre una realidad que aún no ocurre.
Las redes sociales y las plataformas tecnológicas tienen mucho que ver en esa transformación. La emocionalidad primigenia que rige las campañas electorales ahora se manipula con microsegmentación y algoritmos; Quito ha demostrado repetidamente que puede transformar su resiliencia política en voto castigo o protesta orgánica. Los “chimbadores” o aventureros más de una ocasión han sido reubicados por una ciudadanía fiel a sí misma y a sus valores comunes; la pregunta es ¿Podrán los quiteños y quiteñas decidir esta vez su suerte, en medio de tantas sombras?
El Metro es el mejor símbolo de la tensión entre el Ejecutivo y el alcalde en el marco de las próximas elecciones seccionales. El presidente Noboa anunció su ampliación durante el Informe a la Nación del 24 de mayo de 2026, pero sin mencionar presupuesto, cronograma, estudios técnicos ni mecanismo de ejecución, plazos ni presupuesto. La temporada preelectoral y la elección en firme pueden ser escenarios muy útiles para anuncios de fuertes efectos.
Las marcas son débiles y los nombres propios pesan
Muñoz compite con una alianza de Unidad Popular, el PSE y Todos (listas 2-17-70), porque la Revolución Ciudadana está suspendida. ADN presenta a Harold Burbano, removido de la Prefectura a la Alcaldía, con un intercambio de candidaturas con Giovanna Ubidia. Yunda aparentemente ha llegado a su techo y los otros candidatos forman parte del vagón que fragmenta las elecciones. La mayoría de aspirantes con ese perfil, usualmente ni siquiera logran más votos que los nulos y blancos, pero cumplen un rol específico: evitar la victoria de alguien.
Cuatro señales para leer hasta el 29 de noviembre
Quién queda en la papeleta el 9 de noviembre.
Qué pasa con el estado de excepción alrededor del 14 de noviembre, cuando vence en plena campaña.
Cómo se reparte la culpa por la inseguridad entre el Municipio y el Gobierno.
Si el voto contra el alcalde se concentra o se dispersa entre los candidatos opositores.
En el marco de las elecciones seccionales del 29 de noviembre, al elector de Quito lo mueve la búsqueda de certezas dentro de un ecosistema de extrema incertidumbre, que empezó a gestarse desde enero de 2009.
En esta ocasión, la capacidad de sembrar y conducir los relatos en la sociedad y en la esfera pública, es decisiva. No está en pugna una visión ideológica vs otra: quien logre convencer a los ciudadanos de que puede garantizar orden público, luz y servicios básicos estables frente al colapso de la infraestructura nacional y su abandono durante varios gobiernos, ganará el centro del tablero. Pero eso no garantizará como en otras ocasiones, ganar la partida.


