¿Lo somos, alguna vez, en algo, o hay alguna circunstancia en la que, fijos los ojos y el corazón, no se pueda hacer nada más que seguir pensando y hasta sufrir verdaderamente, otra vez fijos los ojos y el corazón en el dolor ajeno, en el implacable sufrimiento —hundimiento— de niños, de familias enteras rotas para siempre, sobre las que nada mejor, o menos terrible, podemos soñar? No, ni siquiera podemos imaginar con buena conciencia ante el horror, en que algo es menos terrible.
Quedar sin piernas o sin brazos y sentir aún sed y hambre en el mundo que se les ha brindado, después de habérseles quitado hasta el deseo de seguir. ¿No habría sido mejor para ellos y para nosotros no existir?
Se nos habría ahorrado esta pena impotente, inmisericorde también con nosotros, los que la sufrimos tan de lejos a base de noticias e imágenes breves, pero que podemos, sí, podemos olvidar. Basta cambiar de quehacer, bajar a la cocina, sugerir un menú sencillo y sano, atender con una botella de agua mineral de Güitig al maestro Víctor que está ayudándonos para que la casa luzca blanca y mejor: hacía ya tiempo que no la repintábamos y empezaron a caerse pedazos de pintura de la pared del garaje y el maestro fue golpeando las paredes y descubriendo nuevas grietas; porque por todo lado las hay, dentro y fuera. Voy a preguntarle cómo se llama esa especie de lezna o de paleta pequeña con la que, al parecer, apenas acaricia la pared descubre fallas que hay que recomponer.
Porque fallas, fallas, hoy somos enteros una sola grieta; y me pregunto si me metí en esto de repintar la casa sólo para olvidar. Sin embargo, la nueva pintura, por donde esté, removerá nuevamente este pensamiento que no sabe a dónde ir…
¿Olvidar?: prescindir del arrepentimiento vicario de haber nacido en un país de hermosos, hermosísimos paisajes de montañas y mar, de extraordinarias madres de familia manabitas, por ejemplo, que cocinaban de maravilla, mantenían limpísimo su hogar, cosían en una mañana dos vestidos, uno para Blanca Rosa y otro para mí, para que fuéramos a bailar por la tarde a casa de una amiga común que nos había invitado. ¿Dónde estarán hoy, ella y mi amiga, y Marcelo, el hijo varón del matrimonio del querido amigo de mi padre, el jovencito que destinado a estudiar ingeniería nunca quiso ser ingeniero sino seguir la incesante llamada del mar? Desde esa paz discreta, desde ese trabajo impecable, desde tanta capacidad de recepción y acogida, ¿cómo mirarían este mundo? Felizmente ha pasado el tiempo y ellos se fueron ya, antes de este insoportable pandemónium.
¿Podemos pedir misericordia desde nuestra comodidad, anhelar ser perdonados por no encontrar en nosotros culpa visible para ostentarla aquí, algo como no haber herido con arma blanca jamás, ni con armas de ningún color; de nunca haber tenido que robar para comer? No. Entonces, ¿qué sentido tiene hablar, escribir, sentirse, saberse lastimado por tanta negación; odiar de corazón el mal, apreciar el bien y hasta hacerlo, si la vida nunca nos desafió hasta el extremo de ofrecernos la oportunidad de probarnos?
Hasta hoy, soy como mendiga vergonzante de la desgracia, quiero entender mejor el sufrimiento…
¿Cuestión de pura suerte o gran desgracia no contar, no haber contado a nuestro haber con la flagrante oportunidad de mostrar que somos capaces de mejorar en algo tanta desesperanza?…
No me engaño, pero tengo vergüenza. Sí. De leer y escribir cómodamente en el refugio de este pequeño estudio rodeado de cientos, quizá de miles de libros, la mayoría de los cuales son también un reclamo por no haber llegado a ser abiertos: otra fuente, muy menor, de desesperanza.
Leo: “Hoy por hoy, la única esperanza para alterar el statu quo proviene del Sur Global, ya que Sudáfrica ha interpuesto una demanda ante el Tribunal Internacional de Justicia al considerar que Israel está perpetrando un genocidio planificado”.
Pero ¿quién devolverá la vida a tanta muerte, la alegría a esa infinita, incesante desolación? ¿Netanyahu, ese ser deplorable, nefasto, será debidamente castigado por el horror? ¿Vale su vida corrupta, mala y desgraciada, los miles de miles de muertos, los lisiados para siempre, tanta hambre, tanta sed?
Extrañamente, evoco a la madre Teotiste, la humilde y eterna portera francesa del Colegio de los Corazones de Cuenca, que luchaba para que los varones cuencanos ‘en edad de merecer’ no entraran a los actos públicos. (No, no se ofendan: este dicho solo definía nuestra tarea femenina y aquí se me coló). Recuerdo cómo la noche previa a la premiación de bachillerato, las quince graduandas dormimos en el colegio a manera de premio de confianza. Como parte de esa bella noche de insomnio, hacia las doce entramos, algo amilanadas y en fila discreta y silenciosa, a la capilla de los sábados de mayo, y vimos a lo lejos, en la oscuridad que sólo la llamita del Sagrario sacudía, otra vez humilde, verdadera, mínima, a madre Teotiste, que cumplía el deber de la comunidad, de ‘no dejar nunca solo al santísimo sacramento’.
El tiempo pasó. Comenté en un artículo emocionado su mínima presencia ante el Sagrario, a horas en que en la oscuridad sólo rondaba el diablo, y al cabo de algún tiempo me llegó la carta de una aspirante a religiosa de los Corazones que me ‘agradecía’ su vocación, por haber leído un día mi comentario acerca de esta exigencia del monjerío de la citada comunidad.
¿Efectos impensados? Sí. Quise contarlo aquí, sin más, en medio de este impotente cúmulo de dolor y de pena. Quizá todavía quiero creer. Quizá usted, lector, tampoco haya perdido aún la esperanza.
