En la casa de mi niñez había un solo televisor en blanco y negro. Un General Electric mil veces reparado, con el selector de canales a perilla, por lo cual mis hermanos eran el control remoto. La pantalla era un altar en una pequeña habitación con vistas a la loma de Puengasí, al sur de Quito, que compartíamos con mi abuelita. A las 19:55 de todos los días teníamos una batalla campal con ella por el control de la TV.
Ella quería ver a Diego Oquendo Silva en el noticiero 24 Horas, de Teleamazonas; nosotros, Los Picapiedra, en Teletrece, el canal cultural de Gerardo Berborich. Al final, ganaba mi abuelita a fuerza de carajazos. El malestar sanaba con los ecos de los tacones lejanos de mi madre llegando a casa, luego de 12 horas de dar clases de lenguaje y literatura. Madre que fue padre, madre y amiga.
Creo que en esos primeros años de los 90 decidí que cuando grande sería periodista. Se lo debo a Diego. La severidad de sus comentarios, la diversidad de su léxico, el manejo de la ironía y el quiteñísimo arrastre de la letra R me atraparon y me llevaron a indagar más sobre el oficio. Tres años después, como integrante del Club de Periodismo del Colegio San Gabriel, hice mi “primera entrevista” a Jamil Mahuad, para entonces en su primer período como Alcalde de Quito. Qué duro que has sido conmigo —me dijo con una sonrisa—, pareces Diego Oquendo.
Con el paso de los años, ya como periodista con algún recorrido por varias redacciones del país, tuve el honor de ser un invitado frecuente a los debates que Diego suscitaba en el programa Buenos días, de Radio Visión. Más de una vez lo metí en problemas por los excesos de mis comentarios y no pocas veces Diego y yo fuimos plato fuerte de varias sabatinas en la época correísta. Inolvidables esas mañanas en el estudio principal de Visión, en la casa del cerro Guangüiltahua, con una inmejorable vista del Pichincha, el Panecillo y el Ungüí. Diego siempre tenía escondido un chocolate para compartir y la dinámica Susana Gándara, coordinadora del programa, hacía lo suyo con un café siempre sin azúcar para mí.
Cada entrevista de Diego, que al aire no duraba más de 20 minutos, se asentaba en un guion de 12 páginas, en las cuales se proyectaban todas las preguntas y repreguntas posibles, con varias notas al margen garabateadas con esfero rojo. Esas 12 páginas, a la par, eran el producto de horas de conversación y contrapunto con Diego y Susana.
Pasaron los años. Llegó el cáncer. Pasé meses en un hospital. Me quedé sin trabajo. “El jefe quiere hablar con Usted, mi querido Iván”, me decía al teléfono la cálida Susana. Y desde 2020 hasta el cierre de Visión, en julio de 2022, fui asesor editorial de su programa. En las primeras horas de trabajo con Diego, con Susana, con Édison (el operador de cabina) entendí por qué, en mi etapa al frente de algunos medios, aceptaba con más frecuencia las invitaciones de Diego que las de otros referentes de la radiodifusión que también me convocaban gentilmente a sus paneles. Era el rigor. La documentación. El humor. Y la posibilidad de desarrollar una idea, sin que el entrevistador se pregunte y se responda a sí mismo.
Cada entrevista de Diego, que al aire no duraba más de 20 minutos, se asentaba en un guion de 12 páginas, en las cuales se proyectaban todas las preguntas y repreguntas posibles, con varias notas al margen garabateadas con esfero rojo. Esas 12 páginas, a la par, eran el producto de horas de conversación y contrapunto con Diego y Susana. Acuso que por aquellos años cerrábamos el teléfono con Diego cerca de la medianoche. Había temas que se debían tratar y Diego no estaba tan convencido. Pero las diferencias nutren propósitos comunes.
Así, en esa época, Diego abrió su agenda a temas que antes no habían sido tratados con tanta periodicidad, como el derecho al aborto en casos de violación, el secuestro de los jóvenes por parte de bandas de narcotraficantes, los derechos y la cotidianidad de las personas Lgbti, los miles de casos de femicidios desde 2014 a la fecha, y las luchas de ambientalistas y animalistas. Y también abrió los micrófonos a más voces de mujeres, en un escenario mediático atravesado mayoritariamente por ideas masculinas. Por ello, a sus 82 años en aquel 2020, reconozco en Diego a un adolescente sin edad, siempre ávido de conocer nuevas realidades. Y si aquel conocimiento iba de la mano de un café de tueste medio con trufas de un famoso chocolatero francés de la ciudad, pues las jornadas de trabajo eran un ganar-ganar.
Diego siempre me decía que uno de sus sueños era morir frente al micrófono. Yo le respondía con versos de Jaime Sabines: “¡vive, vive, vive!”. Pero a finales de julio de 2021 casi ocurre. Una hemorragia interna obligó a Diego, por primera vez en medio siglo, a ausentarse de la cabina por una semana. Me cupo el honor de tomar el micrófono ante tan inmensa responsabilidad.
La vida es curiosa. Diego, como diablo en botella, aceleró su recuperación y volvió a la radio. Entonces fui yo quien casi muere. Un virulento síndrome de Guillain-Barré me puso al borde de un paro respiratorio. Pasé tres semanas hospitalizado y en ese lapso no hubo día en que Diego y Susana no hayan enviado mensajes de aliento a mi esposa y mis hijos. Tras el alta vino un periodo en que recibí de Diego una atención casi paternal. El síndrome que desarrollé me obligó, entre otros retos, a reaprender a caminar, escribir y hablar. Nuestros diálogos se volvieron más extensos en minutos y en horas. Yo, literalmente, tartamudeaba y Diego, por décadas de golpizas, disparos, bombazos y gritos a causa de su tarea periodística, acumuló cierta limitación auditiva. No eran sesiones de trabajo: eran encuentros de empatía y solidaridad.
Diego abrió su agenda a temas que antes no habían sido tratados con tanta periodicidad, como el derecho al aborto en casos de violación, el secuestro de los jóvenes por parte de bandas de narcotraficantes, los derechos y la cotidianidad de las personas Lgbti, los miles de casos de femicidios desde 2014 a la fecha, y las luchas de ambientalistas y animalistas.
Desde sus primeros artículos como el Agente DOS, en diario El Tiempo, en los 60, hasta el último editorial de Buenos días, el 25 de julio de 2022, Diego cumplió una tarea sin traicionarse a sí mismo. “Procuro no traicionarme, pese a mi condición humana”, solía decirme. Y con más luces que necesarias sombras, afianzó un estilo por el cual la radiodifusión marcó la agenda de la discusión pública matinal.
Una carrera periodística de casi 60 años es un itinerario lleno de aristas. Buena parte de la audiencia extraña su trabajo, otra parte ha evolucionado y busca información en las plataformas digitales. Muchos han sido críticos, con tesis, de su trayectoria. Y tampoco faltan los insultadores de manual. Pero eso es la democracia. Y el programa Buenos días promovió esa diversidad en sus debates.
Aquel 25 de julio de 2022, cuando con Carlos Vera participamos en el último panel de Radio Visión, dijimos a Diego, casi en coro: misión cumplida. Nos equivocamos. Entre una decena de libros de entrevistas periodísticas —Voces en el papel es un título referencial—, ensayos, cuentos, poesía, aún faltaba un desafío mayor: El lugar de donde vengo. Se trata del libro de memorias de Diego. Decir “libro de memorias” puede asustar. Para Diego es un balance crítico y una apuesta por no dejar nada sin decir.
La obra tiene el sello de Dinediciones y se presenta este miércoles 27 de noviembre, a las 17:00, junto con la revista Perdebate, de la carrera de Periodismo de la Universidad San Francisco de Quito, en el Salón Azul del campus Santiago Gangotena, en las calles Diego de Robles y Francisco de Orellana, en Cumbayá.
