Cuando vivía en Guayaquil miraba en una TV de esquina al Emelec jugar en contra de un equipo peruano. En la cuadra siguiente ese mismo partido lo miraban los hinchas del Barcelona, haciendo vivas por el equipo peruano. Me parecía (me parece) ilógico y hasta risible que los hinchas de un equipo ecuatoriano apoyen a un equipo extranjero solo porque juega contra su histórico rival. Esa escena del siglo pasado volvió a mi memoria este domingo 5 de julio, al escuchar los emocionados gritos destemplados que surgían de las ventanas vecinas, festejando los goles ingleses como si fueran propios. Mis vecinos ecuatorianos gritaban esos goles con la misma enjundia que lo habrá hecho un hooligan londinense. Algún recién llegado se extrañaría viendo a mis mestizos compatriotas apoyar a ingleses que no comparten historia ni cultura ni lengua con nosotros, más aún sabiendo que con ellos iban en contra de los mexicanos, con quienes los quiteños hasta confundimos acentos.
Muchos dirán que era justificado el apoyo al equipo de Kane, que esos gritos apasionados lavaban una “afrenta”. Pero esta supuesta ofensa no se reduce al 2 a 0 que el Tri mexicano le propinó a la Tri ecuatoriana el 30 de junio. Su origen es político, como casi siempre es el origen de los conflictos en donde la política se impone con sus movimientos imprecisos pero certeros y trastoca la cotidianidad. Esta grotesca bronca que se expresó en los días previos al partido de fútbol del 30 de junio, la provocó dos años antes un político, el presidente ecuatoriano Daniel Noboa de Ecuador, al ordenar la incursión a la embajada de México en Quito, ese espacio territorial de un país que es inviolable según el Derecho internacional. Este detestable evento, luego de hacerse público en México, no concluyó: el presidente ecuatoriano nos invadió. Dijeron: los ecuatorianos nos agredieron. Conclusión simplista y equivocada desde la poca educación política que tenemos ambos pueblos.
En abril estuve en un evento en México y conversaba con el señor del asiento contiguo animadamente. Al enterarse que soy ecuatoriano, me preguntó ¿porque invadieron nuestra embajada? Y nuevamente tuve que explicar el contexto y la estúpida decisión de un individuo que funge de Presidente de mi país.
Esos antecedentes contextualizaron el partido México-Ecuador. Quizás también la victoria ecuatoriana sobre Alemania provocó culillo a un grupo de fanáticos futboleros mexicas que dijeron en el amor, en la guerra y en el fútbol vale todo, para apelar a la pirotecnia frente a los dormitorios de nuestros jugadores. La política explica las barras agresivas agrediendo a hinchas con camiseta amarilla y periodistas ecuatorianos. Sin embargo, nos ganaron en la cancha, porque los mexicanos jugaron mejor que nosotros.
Para consolar nuestra enésima eliminación, un periodista farfulla dijo que la mafia mexicana amenazó a nuestros jugadores. Justificación pobre para una pobre “performance” del equipo Tricolor. Desde esa lógica, el mal partido con Curazao fue por amenazas de un mafia caribeña y fue la mafia de Costa de Marfil quine les conminó a dejarse ganar. En todos esos tres partidos simplemente jugaron mal, no sudaron la camiseta, además estuvieron mal posicionados por un técnico que se estrenaba como tal. O quizás temieron ser lesionados y con ello “banqueados” en sus millonarios clubes europeos. Pero ese análisis es otra historia.
Esa tensión política entre ambos gobiernos se reflejó en el fútbol, tal como el poder geopolítico se manifestó una semana después con todo su cinismo, cuando el presidente Donald Trump pidió a Infantino, el presidente de la FIFA que levantara la sanción contra el goleador del equipo estadounidense y le permita jugar contra Bélgica. Lo peor de ese cinismo fue que, a través de una leguleyada, Infantino haya accedido. Quizás muchos de los jugadores del equipo de USA no querían aquello. Un chico honesto no se siente bien cuando su papá le ayuda en una competencia desde la ilegalidad. Flaco favor hizo Trump a su selección, que cayó derrotada por cuatro goles belgas.
La política y los negocios se manifiesta en el favoritismo y en la proyección financiera del espectáculo, “tú me quieres, yo te quiero, no me toques el dinero”, reza un proverbio catalán y con Argentina perdiendo dos a cero al minuto 60, caían todas las apuestas. Tal vez fue por eso que anularon ese segundo gol a Egipto desde una revisión en el VAR. Pero se reafirmó el 2 a 0 en el minuto 67.8 (¡Ay, las apuestas! ¡Uy, la cara de Infantino!). Cuando están empatados a dos, los egipcios reclamaron una falta penal, pero esta no fue revisada en el VAR y de esa jugada salió el contragolpe que terminó en el tercer gol argentino. VAR y no VAR. No se midió con la misma VARa. Un favoritismo innecesario. El egipcio Salah no está al nivel de Messi, mimado de la FIFA que no podía irse tan pronto y por la puerta de atrás. Al final del partido, el entrenador egipcio, ese ex máximo goleador que flamea la bandera Palestina es provocado por hinchas argentinos, que le restriegan una bandera israelita y este les responde con un escupitajo. La política es cruda.
Ahora probablemente tendremos un cuadrangular donde, claro, apoyaré a la Argentina, el único sudamericano, y espero que también entre Bélgica, que con su 4 a 1 a EE.UU. demostró a Trump y a Infantino que no todo es comprable. No creo que muchos compatriotas se queden con el toque inglés, ya veo que prefieren a esa selección sorpresa cuyos jugadores y barra emulan a vikingos remando.
