Algún momento de estos días agitados por el fútbol y por circunstancias más íntimas, leí en diario El País sobre el enriquecimiento incesante del que Trump se vanagloria; por ejemplo, que Qatar regaló un lujoso avión Boeing 747-8, valorado en 400 millones de dólares a su gobierno, es decir, a él; otro regalo y este, no para el Estado estadounidense, sino directo al bolsillísimo del propio Trump, es el de las criptomonedas: “ganó más de US$ 1.000 millones con criptomonedas mientras la mayoría de los inversores perdieron dinero”…
Más allá de este notición, uno de los incontables artículos sobre el hoy presidente de los EE UU se refería a cómo el Partido Popular de España se adhiere a Vox y a Trump, y ampliaba sus criterios sobre la trumpinización del PP, que no es novedad para nadie en España, pues el señor Feijóo se parece en mucho al señor Trump…
Esta trumpinización me llevó a preocuparme sobre el tema trumpiano, y me pregunté si debe decirse trumpinización o trumpenización, ¡y hasta cuándo hablar del tema Dios santo!…
Pese a la objetividad de la IA, tan ajena a afectos, por una vez coincidí con ella y copio su respuesta: las dos, trumpinización o trumpenización son horribles, como lo que implican, aunque más allá del espantable significado de la palabreja, tenemos derecho a preferir; vamos, pues, a la siguiente reflexión: Ni una ni otra merecen nuestro acuerdo, sino trumpización, que no deriva de Trump, sino de trumpismo; palabras que no sé por qué (o sí lo sé) repugnan a nuestra imaginación: he aquí otro ‘triunfo’ del magnate, ya que directamente, sin otro paso, podemos hablar en español de trumpismo y trumpización, ventaja que el sujeto al cual aluden nunca conocerá, pues su interés por el aprendizaje de otras lenguas es tan pobre como su intelecto: ‘¡Pobre niño rico!’, como se decía en España en los años sesenta, respecto de los niños del edificio cuyos padres no los dejaban salir a disfrutar del ‘fresco’ jugando con los niños vecinos en la nochecita veraniega! Tal nostalgia, a la que ellos asistían desde las ventanas de su apartamento, era su pobre y triste ‘ventaja’. ¿Cuál, cuáles son las del señor Trump? Dejémoslo aquí, la madre Historia lo dirá…
Además de la palabreja que me preocupó, leí un proverbio sobre algo o alguien que dice: Es demasiado grande como para fallar; dicho en inglés es fácil e inmediato: Too big to fail. Y el proverbio me llevó a Kant, porque a su estilo de vida consagrada a la filosofía y al cumplimiento del deber, se atribuye una forma de disciplina que vence la decadencia, el declive de nuestra vida cotidiana, la de nuestra política, la de la política universal, en la que, por ahora, el susodicho magnate pone su inconfundible rúbrica de nefanda y vulgar ambición.
Este breve y precioso principio me llamó a pensar en refranes o proverbios, sentencias que encierran antigua sabiduría y cuya desgracia consiste en que, a base de ser repetidas acaban por olvidarse. Tanto es así, que ni siquiera al momento de actuar las formulamos mentalmente, como si nunca los hubiéramos concienciado, pues nuestra propia conciencia de la realidad, la de nuestras urgencias siempre en proceso, muestran que pocas convicciones contribuyen a iluminar la voluntad libre de actuar que tiene mucho, muchísimo de automatismo, de carencia de deliberación: si antes de tomar una decisión experimentamos incipientes deseos de algo bueno o mejor, ese deseo, a la larga, es una menudencia sin huella en nuestro espontáneo obrar…
Por contraste, volvamos a lo real y vamos a otro personaje, superior, sin duda, a cuantos conocemos: se trata del querido, admirable filósofo Emanuel Kant, quien vivía imprimiendo en cada uno de sus pensamientos, de sus anhelos y sus actos la convicción de que “El deseo de hacer las cosas bien es lo único bueno sin excepción”. Esta certeza generaba en él un hacer adecuado, hasta el punto de que, en Konisberg, ciudad en la que él vivía, los caminantes al verle pasar sabían la hora del día en que se hallaban e igualaban sus relojes, —este es un mínimo ejemplo del diario obrar kantiano—.
Leo en línea que su discípulo R.B. Jachmann escribió en la biografía del filósofo publicada en 1804: … “Kant en su paseo cotidiano era sencillo como el pan: consideraba la lengua de la conversación como un medio para intercambiar con facilidad nuestros pensamientos; esta, [servía] para un trato sencillo y general y no debía, por tanto, tener otro cuño que el cuño de la tierra”, es decir, la impronta de su origen, el sencillo desafío de la propia cotidianidad. De aquí, continúa Jachmann “que fuera él mismo en su lengua tan poco cuidadoso como para proferir provincialismos y seguir en varias palabras la errónea pronunciación de su provincia”….
Hacer las cosas bien es ‘lo único bueno sin excepción’; por tanto, hagamos las cosas bien. ¿Quién puede no concordar con este principio que solo pide de nosotros coherencia? ¡Ah, la coherencia!: ese acuerdo entre lo que debemos hacer y lo que hacemos, entre lo que decimos o escribimos y lo que vivimos en nuestra intimidad, búsqueda incesante de unidad y consecuencia, de respeto a los principios que rigen nuestra vida que resulta, sin embargo, una de las posibilidades humanas más difíciles de cumplir. Ser coherentes exige de nosotros atención a cada instante, cuidadosa e incesante promesa de no fallar, pese a la tendencia probada de la naturaleza humana a cometer inevitables falencias.
¿Cómo no concordar con Kant, para quien desear algo bueno bastaba para ejercer el bien, mientras la práctica de este anhelo exige de nosotros ejercicio constante y singular esfuerzo para entender y trabajar?
Y concluyo repitiendo la convicción que Hegel, otro gran filósofo, esgrimía sobre la primacía de la filosofía en nuestra vida: La lechuza de Minerva inicia su vuelo solo al caer de la tarde…
Desde la antigua Grecia, la lechuza representa a Minerva, diosa de la sabiduría, porque sus grandes y penetrantes ojos le ayudan a orientarse en la más densa oscuridad, de la misma manera en que la auténtica filosofía orienta, dirige y administra la existencia de quien indaga de verdad dentro y fuera de sí, para aprender a ver en la sombra y más allá de la sombra, aquello que la aparente luz diurna disimula y confunde…
