¿Qué significa esta promesa que va en el título de mi artículo, hoy? Usted, lectora, lector, recordará que onomatopeya es la palabra formada por imitación del sonido de aquel animal o aquella cosa ‘designada por la palabra que la nombra’. Algo como El cordero bala —me siento aquí aludida, casi sin querer— o La campana repica: din, don, dan…
Nuestro diccionario general define onomatopeya como ‘formación de una palabra por imitación del sonido de aquello que designa”. La palabra quiquiriquí imita en español, el sonido emitido por el gallo o la gallina, porque ¡ojo!, mientras nuestro gallo o gallina hacen quiquiriquí, las mismas aves en Alemania emiten su kokoroko ¿qué tal? ¿Será, tal vez, que los gallos alemanes son más roncos que los nuestros? Pues bien, encuentro un artículo publicado en la sección de Cultura del diario El Conficencial que explora esta fascinante paradoja: El sonido de la naturaleza es el mismo, pero cada cultura lo interpreta y transcribe de forma distinta según sus propios moldes fonéticos y prosódicos. El oído humano no actúa como una grabadora, sino como un intérprete. Y ahora sí, estoy maravillada de cuántas respuestas pueden encontrarse en la computadora, donde parece que todo dependiera del preguntón. He desconfiado mucho, la verdad, pero hoy, que busco en ella algo casi insólito, me llega una respuesta poco usual, clara y válida, que tomo, casi maravillada.
El texto al que me refiero detalla cómo el canto del gallo varía desde el «kikirikí» español hasta el «ü-ürü-ü» turco, o cómo el tic-tac de un reloj se convierte en «dī-dā» en chino. También los sonidos humanos varían drásticamente entre fronteras. Muchas palabras cotidianas que hoy parecen arbitrarias nacieron de la imitación de su sonido. Parece que murmurar, burbuja, chicle o zigzag son onomatopeyas que se integraron plenamente a nuestro vocabulario y perdieron su procedencia para el hablante. En conclusión, las onomatopeyas demuestran que lo que consideramos más «natural» en el lenguaje es, en realidad, cultural. No es que los animales tengan acento, sino que nosotros los escuchamos a través del filtro de nuestra lengua materna.
Mientras el gallo emite su quiquiriquí, el gato hace miau, onomatopeya que significa maullido, el perro hace guau y el pollito pío, pío, y si vamos por orden alfabético, el asno o burro rebuzna y rozna; el sonido que hace al mascar la hierba se llama el roznido, ya que al comer ‘masca con ruido’. ¿Hay alguna diferencia, lector, entre mascar y masticar? Aunque esta última parece forma más culta, no lo es; el diccionario señala mascar y masticar como sinónimos.
Desde el burro vayamos a la abeja ¿qué hace cuando vuela y quiere que la noten? Pues zumba y el ruido emitido por ella se llama zumbido. El becerro berrea y, por supuesto, esta no es la primera vez que leemos una forma del verbo berrear, que no solo lo aplicamos a los becerros: berrean los malos cantantes que, por puro entusiasmo, desafinan en un coro, y un niño obcecado berrea cuando quiere nuestra atención. Berrendo se aplica al ‘rumiante de América del Norte parecido al ciervo’, que, por supuesto no es la llama ni la alpaca. La llama es más grande, y se usa más como animal de carga; la alpaca, pequeña y suave, tiene la lana muy fina y es muy apreciada, lo que ha fomentado su crianza.
El viejo y querido Diccionario ideológico de la lengua española, escrito por el respetabilísimo académico don Julio Casares, trae muchos de estos datos que hoy llegan más fácilmente tras el mínimo tecleo que pide el ordenador. Y pues usted, lector avisado, se pregunta por qué este diccionario contiene el calificativo de ideológico, dejemos un momento en paz a los animales, para dar la palabra al querido don Julio en su diccionario, (edición de 1959), en cuya introducción iluminadora, dos párrafos de la página VIII dicen así: “Supongamos que haya un medio de que el escritor pueda ver reunidos en cada caso cuantas palabras —nombres, adjetivos, verbos, frases, etc.— se relacionan con la idea que trata de expresar. … Y para esto hay que crear, junto al actual registro por abecé, archivo hermético y desarticulado, el diccionario orgánico, viviente, sugeridor de imágenes y asociaciones, donde, al conjuro de la idea, se ofrezcan en tropel las voces, seguidas del utilísimo cortejo de sinonimias, analogías, antítesis y referencias; un diccionario comparable a esos bibliotecarios solícitos que, poniendo a contribución el índice de materias, abren camino al lector más desorientado, le muestran perspectivas infinitas y le alumbran fuentes de información inagotables… Y continúa: Esto es lo que he intentado hacer y lo que, tras dilatada y fatigosísima labor, ofrezco hoy al lector… Y tras él, lo hizo también la imprescindible lexicógrafa doña María Moliner, a cuya obra paciente y brillante dedicaré otro de mis artículos.
Cuando sugerí ‘dejar en paz por un momento a los animales’ al referirme a usted, lector, lo llamé ‘avisado’. Pues bien, avisado, por prudente, discreto, se aplica también al toro que al ser toreado atiende a todo movimiento y ‘vuelve peligrosa su lidia’.
Muchas palabras que no designan solo voces animales como quiquiriquí, se formaron también por onomatopeya como runrún, que se aplica más al ser humano que a otro animal, definida por el diccionario general como Voz onomatopéyica, zumbido, ruido o sonido continuado y bronco. Y también: Voz que corre entre el público, rumor: No hagamos caso a tanto runrún, no vale la pena.
Hace poco leí que se descubrieron en nuestro Oriente miles de insectos desconocidos en otros ámbitos; ‘más de ocho mil, potenciales nuevas especies de insectos, casi todas “únicas en el mundo y localizadas mediante análisis genéticos en el bosque nublado”.
¿Cómo se llaman unos a otros, con qué sonidos llegan y llegarán a nosotros esta inmensidad de insectos? Los seres humanos nos comunicamos con la palabra, y no solamente con ella: ¿llega nuestra palabra, portadora de verdades y sueños, aspiraciones y desilusiones, pues que todo lo vivido se dice con palabras, y otra cosa sería traicionarnos, ¿llega a donde debe llegar y lleva consuelo y alegría, cuando somos capaces de brindarlos, y también penas y nostalgias, sobre todo nostalgia, pues todo, en el paso irremisible del tiempo de la vida es ese tiempo que para los poetas ‘fue mejor’?
Aquí estarán, lo prometo, la vida o, mejor, la gracia con que la palabra nombra a insectos, animales y plantas, pero no, por supuesto, las ocho mil indispensables para este descubrimiento en nuestro Chocó andino, que ya los entomólogos del mundo entero estarán buscando cómo nombrar. Y tampoco es que la IA nos lo dé todo, porque yo pregunté cómo se nombrará a esta enorme cantidad de insectos y me contesta: Tras el análisis anatómico y la revisión de registros mundiales, los investigadores nombrarán formalmente a las moscas, avispas y mariposas de la manera clásica de la ciencia. Esta ‘manera clásica de la ciencia’ es la que nos inquieta. Y claro, hasta la IA espera para inquirir y definirla. Pero ¿inquiere la IA? Es pregunta para usted, lector. Yo, por mi parte, me despreocupo de algo tan elevado, y seguiré con nuestros animales.
