Que la derecha ha experimentado un repunte a escala global no es novedad. Y no solo en los últimos tiempos. Desde la caída de la Unión Soviética y la reconversión económica de China, prácticamente la casi totalidad de países del orbe terminaron alineados con el sistema capitalista occidental.
Para que este fenómeno ocurriera fueron necesarios al menos dos factores. En primer lugar –y por más paradójico que suene–, la capacidad de innovación política y simbólica de la derecha, sobre todo gracias al desarrollo vertiginoso de las tecnologías digitales. Las redes sociales son el principal sustento de una visión de la vida y del mundo basada en el consumo, la individualización y la superficialidad.
En segundo lugar, la imposibilidad de la izquierda de renovar su discurso. Más precisamente, su proyecto de sociedad. Hace medio siglo –y al margen de errores, distorsiones y fracasos inocultables–, la izquierda abogaba por la revolución y el socialismo. No obstante, terminó dedicada a la administración del sistema, con todas las limitaciones y taras que eso implica. Sus propuestas de cambio no solo perdieron capacidad de seducción, sino que naufragaron en las cenagosas aguas de la burocracia estatal cuando llegó al poder.
Luego de las vergonzosas imposturas de los mal llamados gobiernos progresistas en América Latina, o del agotamiento del Estado de bienestar en Europa, la izquierda mundial se ha limitado a contener la ofensiva de la derecha y de la ultraderecha. Este objetivo es positivo, pero insuficiente, porque renuncia a alcanzar los cambios estructurales y duraderos a los que aspira la gente. Y porque, además, esa contención no implica la derrota estratégica de proyectos autoritarios, antidemocráticos y violentos. Cada vez que tiene la oportunidad, la derecha vuelve con mayor fanatismo. Veamos.
Boric logró frenar a Kazt una primera vez, pero sucumbió a la segunda; Petro frenó a Hernández, pero no pudo hacer lo mismo con De la Espriella; Lula consiguió, milagrosamente, contener al clan Bolsonaro, pero ahora tiene que lidiar con una ultraderecha fortalecida en los niveles de poder inferiores.
En Europa sucede algo parecido. Las izquierdas francesa y española esgrimen hoy un discurso cuyo principal contenido es el combate al fascismo. Ni siquiera está claro con qué se come ese argumento. La apelación al fascismo ha terminado convertida en una muletilla que sirve para designar todo aquello que no se enmarca dentro de ciertos parámetros políticos e ideológicos. Pero no ofrece alternativas convincentes. Poco o nada tienen en cuenta que los jóvenes en esos dos países han experimento un viraje hacia posturas autoritarias, conservadoras y xenófobas incompatibles con un proyecto medianamente democrático, en una peligrosa y sorprendente deriva derechista.
En estas condiciones, la izquierda afronta un desafío dramático e impostergable: renovarse en todos los sentidos. Conectarse con las realidades que azotan al mundo sin perder sus principales referentes. Recuperar la iniciativa y superar su opción por la contención. Nada fácil en un mundo tan adverso.
