Es domingo por la tarde. “Llueve detrás de los cristales, llueve y llueve”, como canta Joan Manuel Serrat. Estoy sola en casa y siento una cierta nostalgia. Las tardes de domingo siempre me han provocado una sensación difícil de descifrar. Cuando era niña y estaba en el colegio, esa sensación solía tener una causa concreta: la preocupación que me invadía al pensar: “Es domingo y aún no he hecho los deberes”. Con la adultez, esa inquietud fue mutando, aunque nunca acabó de irse del todo.
En esta tarde nostálgica saboreo mi primera colada morada. Es una bebida que espero con ilusión cada año. Su intenso sabor a mortiño, mora, naranjilla, babaco y frutilla despierta cada una de mis papilas gustativas y me transporta a los maravillosos páramos andinos que nos regalan sus frutos silvestres.

Antes de probarla, percibo sus aromas: el ishpingo, el clavo de olor, la flor de canela, el cedrón, el arrayán, el taraxaco y la hierba luisa. Todos ellos también me hablan. El primer sorbo llega a mi boca y, al tragarlo, su calor me abriga el corazón. Pienso en los seres queridos que ya partieron y a quienes recordaré en estos días con gratitud por su legado.
Por un momento me dejo habitar por la colada morada; su color, su aroma y su sabor me atraviesan. El timbre del teléfono me saca de ese trance. Es un mensaje de mi madre, luego otro de mi hermana y un tercero de mi hermano. Leo sus palabras y me conmuevo. No cabe duda de que hemos estado sintonizados. Todos se refieren a las manifestaciones en Francia; la mitad de nuestro ADN viene de allá. Algunos hablan de los actos violentos; otros, de las muestras de solidaridad y afecto; y otros más, de expresiones artísticas profundamente conmovedoras.
Manifestaciones por todas partes
En Francia, las protestas juveniles comenzaron a mediados de septiembre. Las causas son múltiples: colegios sin profesores, aulas masificadas, falta de mobiliario escolar y deterioro de las condiciones educativas. A estas demandas se sumaron los chalecos amarillos (gilets jaunes), sindicatos, agricultores y bomberos, que denuncian salarios congelados, despidos y una pérdida sostenida de calidad de vida. Es un país que siente que paga más y recibe menos.
En las últimas semanas, escenas similares se han repetido en España, Alemania, Italia, Portugal, Bélgica, Grecia, Albania, Argentina y Chile. Países distintos, gobiernos distintos, realidades distintas. Sin embargo, las protestas comparten un mismo trasfondo.
Miles de jóvenes salen a las calles para exigir educación de calidad, acceso a una vivienda digna, oportunidades laborales y un futuro posible. Protestan contra el incremento del costo de la vida, contra el desempleo y contra políticas de rearme que fortalecen los presupuestos militares mientras se reducen las inversiones sociales.
La juventud expresa su descontento frente a sociedades que parecen incapaces de ofrecerles un horizonte esperanzador. Se les pide paciencia, resignación y sacrificio. No obstante, observan cómo siempre aparecen recursos para la guerra mientras escasean para garantizar educación, vivienda o empleo.
Estas manifestaciones simultáneas no son una casualidad. Revelan una crisis más profunda: el deterioro de las condiciones de vida en amplios sectores de la población y la creciente concentración de riqueza en manos de unos pocos. Un modelo en el que los multimillonarios acumulan cada vez más recursos mientras millones de personas experimentan una creciente precariedad.
La generación Z ha decidido ocupar el espacio público. No está dispuesta a permanecer al margen mientras se toman decisiones que condicionan su futuro sin contar con ella.
A pesar de la represión, de los gases lacrimógenos y de las granadas, aquellos músicos mostraron que la música es un lenguaje universal. Un espacio de encuentro, de resistencia y de esperanza.
Las imágenes que circulan en las redes sociales suelen privilegiar los episodios de violencia. Con frecuencia, buscan desacreditar las movilizaciones, minimizar la fuerza de la juventud y reforzar discursos basados en el miedo, la inseguridad y el control social.
Por eso me conmovieron especialmente las manifestaciones pacíficas y las expresiones culturales que florecieron en medio de las protestas. Me emocionó ver cómo la música ocupaba plazas y espacios públicos. Más de trescientos músicos de la Orquesta del Nuevo Mundo (Orchestre du Nouveau Monde), dirigida por Étienne Jarrier, ofrecieron conciertos frente al Hôtel de Ville de París como una forma de acompañar a los manifestantes y de afirmar que la cultura también puede ser una forma de participación política.
A pesar de la represión, de los gases lacrimógenos y de las granadas, aquellos músicos mostraron que la música es un lenguaje universal. Un espacio de encuentro, de resistencia y de esperanza.
En una entrevista con Laura Arroyo, Jarrier afirmaba que la música nunca está separada de la política, porque toda decisión cultural tiene efectos sobre la vida y las emociones de las personas. Decía también que la diferencia entre una manifestación y un concierto no es tan grande: en ambos casos se trata de personas que se reúnen para compartir una experiencia colectiva y salir de ella más fortalecidas.[1]
Durante años hemos escuchado que esta generación está perdida, que no lee, que no participa, que es indiferente a la política. Sin embargo, los acontecimientos recientes parecen desmentir esa idea.

Las movilizaciones que recorren Europa y América Latina muestran a jóvenes que se organizan, debaten y se movilizan para defender su futuro. Parecen haber comprendido que la participación sigue siendo necesaria y que los cambios no ocurren desde la indiferencia.
También conmueve escuchar su preocupación. Muchos expresan la sensación de que el mundo no les sonríe. Temen que la inteligencia artificial transforme radicalmente el empleo, que el colapso climático haga inhabitables los veranos y que la desigualdad continúe creciendo al ritmo de la concentración tecnológica y financiera.
Estos temores ya no pertenecen únicamente a la juventud francesa. Se repiten en muchos rincones del planeta.
Frente a todas estas expresiones de profundo malestar, el papel de las autoridades se queda corta, la represión desde las fuerzas del orden es brutal, alimentan el miedo, y no dan respuestas a las demandas, lo que aumenta la escalada de protestas. Si bien las movilizaciones expresan demandas legítimas, en algunas ciudades se registraron actos de violencia y destrozos que resultan inaceptables. Las autoridades deberán esclarecer lo ocurrido y sancionar a quienes resulten responsables.
Durante años hemos escuchado que esta generación está perdida, que no lee, que no participa, que es indiferente a la política. Sin embargo, los acontecimientos recientes parecen desmentir esa idea.
Luciérnagas y luces sobrias
Mientras sigo las noticias, veo imágenes de miles de jóvenes marchando tomados de la mano. A través de sus pancartas parecen repetir una misma consigna: queremos un mañana; necesitamos ampliar el horizonte; necesitamos esperanza; necesitamos futuro.
En medio de estas imágenes, mi hija me cuenta que asistirá a la conferencia Luciérnagas y luces sobrias (política de las alegorías) de Georges Didi-Huberman, impartida en la UNAM. No conocía su obra. Busco algunas referencias y descubro unas ideas que me resuenan profundamente.
Didi-Huberman afirma que no vemos únicamente con los ojos: vemos con todo el cuerpo. Vemos desde la memoria, la experiencia, los afectos y también desde nuestras heridas. Y creo que eso es precisamente lo que revelan estas manifestaciones: cuerpos que no sólo protestan, sino que sienten, recuerdan y defienden la posibilidad de un futuro distinto.
En su conferencia retomó la imagen de las luciérnagas propuesta por Pier Paolo Pasolini para recordarnos que, incluso en los tiempos más oscuros, persisten destellos de resistencia. Frente a quienes sólo ven crisis, derrota y decadencia, propuso reconocer esas pequeñas luces que sobreviven en los márgenes y mantienen abierta la posibilidad de imaginar otros mundos.
Inspirado en Walter Benjamin, habló de una “luz sobria”: una esperanza crítica, modesta y perseverante, alejada tanto del optimismo ingenuo como del pesimismo paralizante.
Para Didi-Huberman, la crítica no consiste únicamente en denunciar la oscuridad. Consiste también en aprender a reconocer las luciérnagas que aún iluminan el presente.[2]
Morada colada
Vuelvo a degustar una colada morada en el Día de Difuntos. Su sabor, su olor y su color traen de regreso recuerdos, momentos y caminos compartidos.
Mientras la bebo, pienso en las manifestaciones que recorren las calles de Francia. Y pienso que, a veces, el orden de los factores sí altera el producto.
Porque detrás de muchas de esas voces hay una morada colada: una vivienda cada vez más lejana e impagable; una escuela que no enseña porque el conocimiento se escurre por sus paredes; derechos que se diluyen frente a políticas que privilegian los intereses de unos pocos.
Francia, cuna de revoluciones y de largas luchas por la dignidad, vuelve a levantarse. Y vuelve también a recordarnos que los derechos no fueron concesiones generosas del poder, sino conquistas alcanzadas mediante organización y movilización colectivas.
Quizá por eso, cuando esos derechos empiezan a resquebrajarse o amenazan con desaparecer, se comprende plenamente su valor. Lo que parecía garantizado revela entonces su fragilidad. Sólo cuando comienzan a perderse entendemos cuántas luchas, cuántas voces y cuántas vidas hicieron falta para conquistarlos.
La colada morada y la morada colada. La memoria y la intemperie. Los seres queridos que ya no están y los derechos que alguna vez parecieron seguros. Las contradicciones y las propuestas.
En medio de esa incertidumbre regresan las luciérnagas de Didi-Huberman: pequeñas luces de resistencia que sobreviven a la oscuridad. Nos recuerdan que la memoria no sólo sirve para honrar a quienes partieron, sino también para defender lo conquistado y abrir caminos hacia el futuro. Quizá la tarea de nuestro tiempo consista en: aprender a reconocer las luciérnagas y mantener viva su luz sobria.
Porque allí donde parecen imponerse el desencanto y la renuncia, persisten destellos que invitan a cuidar, resistir y volver a imaginar el mundo.
[1] https://www.instagram.com/reel/De2QmTahhUo/?dlrf=ZXUwZGF1aTdhcmw4
[2] Georges Didi-Huberman llama a recuperar la luz de la crítica frente a la oscuridad social
https://www.instagram.com/p/DfKwgxaDy5l/?img_index=3&cplk=OTEwMjNrdG1ndXQw
