En 2007 la Revolución Ciudadana le vendió al país un boleto en primera clase para un crucero de lujo al mejor estilo del glamoroso Titanic de 1912 con supuesto destino al primer mundo. Digo lujo porque se vendió la idea de que el país iba a alcanzar una etapa superior de desarrollo con cero costos, sin sacrificios, a full comodidad y en tiempo record.
Los ecuatorianos —embelesados en las carreteras, represas, universidades emblemáticas, mejora de la infraestructura de los edificios públicos y el ingreso de familias enteras al sector público sin criterios de eficiencia y ajustes salariales en muchos casos desmedidos, así como empresarios muy contentos con el motor de la inversión pública, el proteccionismo estatal y pago de favores políticos— dieron un cheque en blanco al capitán del barco para que pueda gastar no solamente los ahorros que heredó, sino todos los extraordinarios ingresos corrientes que recibía por el petróleo; así como endeudarse sin límite y en las peores condiciones posibles, y hasta vender por anticipado el petróleo con el objetivo de dar fiesta en el barco y crear una burbuja de prosperidad que obnubile toda la corrupción, la casi nula o negativa relación costo-beneficio de mucha de la inversión pública y los errores de la tripulación en cuanto a confundir entre ingresos transitorios y permanentes y desconocer el efecto crowding out del excesivo gasto público.
Se cae el precio del petróleo en 2015 y comienza una recesión que dura hasta 2019, evidenciando toda la imprevisión del capitán que no cargó suficiente combustible, ni llenó la despensa para poder atender los requerimientos de sus pasajeros hasta llegar a puerto. Para completar la mala suerte de haber elegido nuevamente un pésimo capitán, el barco choca con un tempano de hielo denominado COVID 19 a inicios de 2020, que parte al barco en dos.
Comienza el naufragio y no solamente que nos damos cuenta que hay pocos salvavidas gracias al desastre de tripulación de los últimos 13 años, sino que se trata de dar paso a todas las barbaridades posibles en este desembarco forzoso. En efecto, decretar arbitrariamente descuentos o relajar los únicos mecanismos de recuperación de cartera en el sector educativo pone en riesgo de quiebra a múltiples instituciones, cargar sin diferenciar el peso de la crisis a la gente y empresas con nuevos impuestos que ni con ellos mismo pueden, generar nuevas obligaciones al IESS, pero sin considerar su financiamiento pone en más apuros la sostenibilidad de la seguridad social en Ecuador, además de los siempre y recurrentes intentos de buscar que el Banco Central siga siendo la caja chica del gobierno y otras normas en el sistema financiero que suenan a tratar de apagar el incendio con gasolina, pone al país entero en una situación de riesgo inminente de hundimiento.
