Desde los años setenta del siglo pasado, el mundo se ha visto embarcado en la llamada “Guerra contra el narcotráfico”. Una guerra que, se entiende, enfrenta al Estado (los Estados) con las organizaciones criminales dedicadas al tráfico de estupefacientes.
Sin embargo, la del Estado con el crimen organizado es una guerra menor. La verdadera guerra, esa de los miles de muertos y heridos al año de las que da puntual cuenta la prensa, es la que se libra entre los miembros de las organizaciones criminales que se disputan el dominio del mercado de la droga.
El Estado, así, se ve obligado a intervenir en dos frentes: el del control y sanción del tráfico ilícito de drogas y el de la guerra entre bandas.
Pese a que en el mundo, y Ecuador no es una excepción a la regla, la captura de grandes cargamentos de drogas ha ido en aumento, el recrudecimiento de la guerra intercriminal que se libra ante nuestros ojos revela que el Estado (los Estados) ha sido derrotado en el primer frente.
Sun Tzu decía que la guerra debe hacerse solo cuando se ha hecho lo necesario para ganarla. Para él, la guerra prolongada provoca ingentes gastos al Estado y causa grandes penalidades y sufrimientos a las familias. “Estar varios años…haciendo la guerra, afirma, no es amar al pueblo, es ser enemigo del país”.
La del Estado contra el crimen organizado es una guerra menor. La verdadera guerra, esa de los miles de muertos y heridos al año de las que da puntual cuenta la prensa, es la que se libra entre los miembros de las organizaciones criminales que se disputan el dominio del mercado de la droga
Pese a que en el primer frente, y si bien la guerra está perdida, el Estado ha ganado y puede, en el futuro, seguir ganando algunas batallas, en el segundo frente es imposible que llegue a obtener una victoria que no sea pírrica, como la de la pacificación de las cárceles con la aquiescencia de los capos criminales.
Mientras el Estado hace la vida más difícil a los narcotraficantes, más sube el precio de las drogas y más despiadada se vuelve la guerra entre las bandas por el control del mercado. Así mismo, mientras para escapar del control del Estado, más sofisticado y violento se vuelve el negocio de la droga, más deben gastar los países para enfrentar a unos criminales mejor organizados y pertrechados, a veces, que los propios agentes estatales.
Pero, y pese a que se ha embarcado en una guerra perdida de antemano, el Estado no puede retirarse, pues de hacerlo estaría renunciando a sus funciones y dejando al país bajo el control total del crimen.
En las actuales circunstancias, la lucha que mantiene contra los narcotraficantes es una especie de guerra defensiva para preservar la comunidad política y el Estado de Derecho, mas no para acabar con el narcotráfico; cuyos rendimientos han mejorado con la guerra.
La situación claramente se presenta como un callejón sin salida. Un callejón en el que nos mantiene encerrados la política hipócrita de los Estados Unidos frente al consumo de drogas en su país. También ha sido hipócrita, no hay que olvidarlo, su política contra la corrupción, ¿o es en otro sitio, y no en Estados Unidos, donde se encuentra protegido Carlos Pólit, el contralor más corrupto que ha tenido Ecuador?
El problema del narcotráfico no se va a resolver solo con medidas de política interna. Su solución está en el campo de la política exterior y de los acuerdos regionales y globales, el principal de ellos, la despenalización del comercio y el consumo de drogas.
