jueves, junio 25, 2026
Ideas
Gianna Benalcázar Manzano

Gianna Benalcázar Manzano

Fotoperiodista, apasionada por temas de derechos humanos, género y niñez.

La fotografía en tiempos de la belleza digital

Sospecho que el mayor desafío de nuestra época no sea convivir con la inteligencia artificial ni adaptarnos a los cambios tecnológicos. Será algo mucho más básico y complejo: recuperar la capacidad de reconocernos, volver a mirarnos sin filtros.

23:15. Suena el teléfono.

—Hola, Gianna. La jefa quiere hablar contigo.

Al otro lado de la línea solo había gritos.

—¿Tienes más fotos mías?

—Señora, envié setenta fotografías de su reunión.

—¡Ninguna sirve! ¡En todas estoy gorda, vieja y despeinada!

Me quedé sin palabras. Ella gritaba descontrolada, furiosa conmigo y con todo el equipo que aún permanecía junto a ella. En una reacción torpe, intenté tranquilizarla.

—Señora, usted luce muy bien en las fotos.

Y realmente lo creía. Durante años admiré a esta mujer desde lejos y, cuando llegó a ser mi jefa, yo estaba genuinamente feliz por ello. Era la primera mujer en liderar una institución centenaria. ¡Chapeau!

—¿Y quién eres tú para decirme que luzco bien? Estoy fatal. Luzco HO – RRO -RO- SA. #You’reFired.

Han pasado muchos años desde aquel episodio. Sin embargo, lo que entonces parecía una anécdota aislada hoy se ha convertido en una escena cotidiana. Es una conversación recurrente entre fotógrafos, comunicadores y periodistas: personas incapaces de reconocerse en una imagen real de sí mismas.

Sin que termináramos de notarlo, ocurrió algo extraordinario. Comenzamos a relacionarnos más con nuestras imágenes que con nosotros mismos, vivimos una de las transformaciones culturales más silenciosas y profundas de nuestra época, dejamos de corregir fotografías para empezar a corregir identidades. Las redes sociales, los filtros, la inteligencia artificial y la cultura de la híper exposición han alterado profundamente nuestra autopercepción.

Nunca antes habíamos tenido tantas herramientas para editar nuestra apariencia ni tantas oportunidades para compararnos con otros. La perfección física se ha transformado en un objetivo permanente, casi una obligación moral. Y, paradójicamente, cuanto más cerca parece estar, más insatisfechos nos sentimos. Por primera vez, el espejo dejó de tener la última palabra, y tenemos todo el control sobre cómo queremos ser vistos. Hemos democratizado la belleza digital.

El psicólogo Daniel Goleman, uno de los mayores referentes mundiales en inteligencia emocional, sostiene que la autopercepción o autoconciencia emocional es la capacidad de reconocer con honestidad nuestras emociones, fortalezas, limitaciones y el impacto que tienen en quienes nos rodean. Una persona con una autopercepción saludable no vive atrapada entre la autocrítica despiadada ni la falsa confianza; es capaz de verse con realismo.

Pero vivimos en una época que premia justamente lo contrario. Elegimos las mejores fotos, ocultamos las derrotas, corregimos imperfecciones y construimos una narrativa visual que termina convirtiéndose en una identidad paralela. El problema surge cuando esa identidad digital deja de ser una representación y se convierte en una aspiración, cuando comenzamos a enamorarnos de una versión editada de nosotros mismos y a rechazar a la persona real que vemos en el espejo.

La psicóloga Sherry Turkle, investigadora del Instituto Tecnológico de Massachusetts  (MIT), advierte que las tecnologías digitales han cambiado la forma en que construimos nuestra identidad. “Ya no solo mostramos quiénes somos; diseñamos quiénes queremos parecer”. En muchos casos, la distancia entre ambas versiones genera ansiedad, frustración y una constante sensación de insuficiencia.

Esa no soy yo. Traducción simultánea para fotógrafos: No me veo como la versión de mí que vive en Instagram. Una discusión imposible de ganar, porque competimos contra una persona que existe, pero únicamente dentro de un teléfono.

Revisemos algunos datos preocupantes. Tres de cada cinco mujeres experimentan emociones negativas al mirarse al espejo y apenas una minoría se declara plenamente satisfecha con su apariencia física. Al mismo tiempo, las generaciones que crecieron bajo la lógica del “like” desarrollan una relación cada vez más dependiente de la validación externa. La pregunta ya no es quién soy, sino cuántas personas aprueban quién parezco ser.

Sin embargo, hay un actor de esta historia del que se habla poco: el fotógrafo.Nadie ha presenciado esta transformación con tanta claridad como quienes trabajamos detrás de una cámara. Durante décadas, la fotografía fue entendida como una interpretación de la realidad. Hoy, para muchas personas, la fotografía se ha convertido en una negociación permanente con una versión idealizada de sí misma. La cámara ya no registra únicamente un momento, también pone a prueba la distancia entre la persona real y la identidad digital que cada uno ha construido.

En el fotoperiodismo y la fotografía documental esta tensión es particularmente compleja. Nuestro trabajo consiste precisamente en observar, registrar y narrar la realidad. Trabajamos con la luz disponible, con el contexto, con el instante irrepetible. Documentamos personas, acontecimientos y emociones tal como ocurren. Ahora con más frecuencia, el reclamo ya no está relacionado con la calidad técnica de la imagen, la composición o el valor informativo de la fotografía. El reclamo es otro.

Esa no soy yo. Traducción simultánea para fotógrafos: No me veo como la versión de mí que vive en Instagram. Una discusión imposible de ganar, porque competimos contra una persona que existe, pero únicamente dentro de un teléfono.

Es una diferencia fundamental. Porque el problema no es la fotografía. El problema es que la imagen obtenida compite contra cientos de fotografías previamente editadas, filtradas o alteradas por aplicaciones que prometen exactamente lo que los cánones de belleza contemporáneos exigen: piel perfecta, rostros simétricos, cuerpos estilizados, ojos más grandes, mandíbulas más definidas, cinturas más estrechas y una juventud prácticamente infinita.

Por primera vez en la historia, millones de personas tienen acceso cotidiano a herramientas capaces de modificar digitalmente su apariencia en cuestión de segundos. La inteligencia artificial ya no corrige una fotografía, altera una realidad. Lo más inquietante es que estas herramientas no solo transforman imágenes, también modifican expectativas. Y cuando una persona se acostumbra a verse a través de esa versión “mejorada” de sí misma, cualquier fotografía documental comienza a percibirse como un error.

Los fotógrafos nos encontramos en una posición paradójica. Se nos exige registrar la realidad y, al mismo tiempo, producir una ficción; se espera objetividad, pero también embellecimiento; documentación, pero también validación emocional. Cuando esas expectativas chocan, la fotografía termina siendo juzgada no por lo que muestra sino por aquello que no logró ocultar.

No es casualidad que cada vez más profesionales de la fotografía recibamos reclamos relacionados con el aspecto físico de las personas retratadas. Lo que está ocurriendo en realidad es mucho más profundo: la imagen documental se ha convertido en el escenario donde colisionan la realidad y la fantasía digital. Esa obsesión por la imagen no se queda en el ámbito privado, ha comenzado a invadir espacios laborales, institucionales e incluso políticos.

Hace pocas semanas, una funcionaria pública denunció que dentro de su entorno de trabajo existía una “confusión entre dirección estratégica de comunicación y operación fotográfica”, señalando que se le exigían criterios “personalísimos” relacionados con la imagen institucional y la apariencia física de mujeres que cumplían funciones protocolares.

Más allá del caso particular, el hecho revela una realidad incómoda: una sociedad cada vez más desconectada de sí misma. Sospecho que el mayor desafío de nuestra época no sea aprender a convivir con la inteligencia artificial ni adaptarnos a los cambios tecnológicos. Será algo mucho más básico y complejo: recuperar la capacidad de reconocernos, volver a mirarnos sin filtros. Aceptar que un algoritmo no determina nuestra belleza, que la autoestima no puede construirse sobre una imagen editada y que la realidad, aunque imperfecta, sigue siendo infinitamente más humana que cualquier versión optimizada de nosotros mismos.

Porque el problema nunca ha sido el espejo. La dificultad es que hemos empezado a creer más en la ficción digital que en la persona real que tenemos delante. Y ahí radica la incomodidad de una fotografía documental, porque todavía insiste en mostrarnos algo que los filtros, los algoritmos y la inteligencia artificial llevan años intentando corregir:

Nosotros mismos. Imperfectos. Humanos. Y, por fortuna, imposibles de editar por completo.

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