jueves, julio 23, 2026
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Juan Cuvi

Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

Perú y Colombia: el mito de la gobernabilidad

El problema aflora cuando nos percatamos de que, con mucha frecuencia, el timonel carece de la capacidad, la voluntad, el conocimiento o la responsabilidad para conducir el barco en las condiciones en las que los pasajeros desean.

Aunque suene a obviedad, hay que volver a reflexionar sobre el significado de la palabra gobierno para intentar entender algunos términos derivados, que se han impuesto en el mundo de la política como dogmas de fe. Tal es el caso de la palabra gobernabilidad, cuya invocación ya tiene rango de encíclica papal. O el de gobernanza, ese insumo del léxico tecnocrático que nadie, ni sus proponentes ni Internet, logran definir con claridad.

Hace 2.500 años, los griegos inventaron la que probablemente sea la metáfora más importante de la política: la analogía entre la noción de gobierno y la imagen del timonel de un barco. (En aquella época no existían pilotos de avión ni choferes de bus que, para efectos de esta opinión, vendrían a ser lo mismo).

La metáfora fue tan precisa e inteligente que hasta ahora sigue siendo un referente universal: un país es como una nave que traslada a sus ciudadanos hacia un puerto seguro. Hay un capitán que controla el rumbo y una tripulación (la burocracia del Estado) que lo ayuda a conseguir su propósito. En principio, se supone que la ciudadanía, que es la parte mayoritaria en esta empresa, ha definido con antelación el puerto de destino.

Hasta ahí, la idea interviene casi como un manual colectivo para lograr la felicidad humana. O al menos, para que una sociedad alcance mejores días. El problema aflora cuando nos percatamos de que, con mucha frecuencia, el timonel, el piloto o el chofer carecen de la capacidad, la voluntad, el conocimiento o la responsabilidad para conducir el barco, el avión o el bus en las condiciones en las que los pasajeros desean. Un piloto con tendencias suicidas puede estrellar el avión en una montaña; un chofer inclinado a la bebida puede terminar con el bus en el fondo del abismo; un capitán indeciso puede dirigir el barco hacia un iceberg.

Por eso, precisamente, el término gobernabilidad —que se refiere a la capacidad de un sistema político para gobernar eficazmente y mantener la estabilidad— se vuelve tan ambiguo. Porque presumimos que todo gobierno tiene una hoja de ruta definida, cuenta con las condiciones básicas para conducir un país y —lo peor— busca el bien general.

Sin embargo, en nuestras democracias raquíticas el esquema suele desbaratarse con extrema facilidad. Veamos solamente lo que acaba de ocurrir en nuestros países vecinos. Es tal la polarización política y la aspereza del conflicto que aquel que se ponga al comando de la nave tendrá a la mitad de la población remando en contra. Ya lo han anticipado quienes perdieron la elección presidencial. En esas condiciones, la gobernabilidad queda reducida a un simple membrete.

Pero eso Perú cambia de presidentes cada año; por eso Colombia padece una violencia estructural que no se resuelve después de 80 años. Porque los puertos que imagina la población son demasiado distintos a los que aspiran las élites y los políticos a su servicio.

Junio 24, 2026

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