Ecuador arrastra desde hace décadas una limitación estructural en su desarrollo. No somos un país del todo industrializado en la transformación y refinación de nuestros propios recursos naturales. La dependencia creciente en la compra de combustibles importados, pese a ser productores de petrolero, lo evidencia con claridad.
En 2024, la producción nacional de Diésel Premium apenas cubrió con 4,7 millones de barriles su demanda nacional, principalmente en el sector automotriz, y debió comprar la astronómica cantidad de 24,2 millones de barriles de este combustible importado, por un valor de USD 2.551 millones, con un subsidio de USD 956 millones, según datos de Petroecuador y del Banco Central.
¿Cómo llegamos a esta situación? En los últimos años, las inversiones públicas en sectores estratégicos fueron deslegitimadas por escándalos de corrupción, y la inversión privada no termina de aterrizar más allá de muestras de interés. Es la expresión de una legendaria disputa de visiones ideológicas sobre el rol del Estado en la economía. La consecuencia ha sido una inmovilidad en la refinación de petróleo que obliga a Petroecuador a destinar más de 6000 mil millones de dólares, cada año, con la compra de combustibles importados, entre ellos el Diésel Premium, limitando sus excedentes.
Debemos encontrar una salida. El país necesita una política de industrialización de corto plazo, enlazada con una visión de transición energética de mediano y largo plazo, para reducir la dependencia de combustibles importados, entre ellos el Diésel Premium. Un primer paso es estabilizar y aumentar su producción en la Refinería Esmeraldas, con inversiones centradas en mejorar su rendimiento. Lo planteó también el presidente Noboa, en enero del 2024, bautizando la idea como un mecanismo para ofertar Diésel más barato a los ecuatorianos.
La gran dependencia de Ecuador de los combustibles importados es una muestra de la falta de consolidación de una visión de industrialización del país, sin ella Petroecuador seguirá pagando una factura millonaria cada año en la compra de combustibles importados, a pesar de la eliminación del subsidio al Diésel Premium o las gasolinas Extra y Ecopaís.
Esa versión del Presidente, con énfasis industrial, no fue equivocada. Con datos del 2023, el costo operativo de refinación de derivados por barril de petróleo se mueve entre 5,57 y 6,33 dólares. Es necesario añadir el costo del transporte del barril de derivados por los poliductos, su almacenamiento y su comercialización, de ahí es necesario incluir un margen de utilidad. El precio final, sin duda, sería muy diferente al del barril de Diésel Premium importado ($99,42, en promedio, entre enero y julio 2025, según estadísticas públicas de Petroecuador). Lastimosamente, de allá a acá, el enfoque presidencial se desvaneció con el tiempo, reemplazándolo con otras decisiones.
En junio y julio de este año no hubo producción de Diésel Premium en la Refinería Esmeraldas, por la salida de operación de toda la planta industrial a raíz de la paralización del Sistema de Oleoductos Ecuatorianos (SOTE) por efecto de la erosión regresiva en el límite provincial entre Napo y Sucumbíos. ¿Se podía evitar? Petroecuador tiene un informe desde el 2024 con 3 opciones de cambio de esta infraestructura y así eliminar su riesgo de daño. Sin embargo, a juzgar por los hechos, es letra muerta, a pesar de haber costado cerca de 1,8 millones de dólares. Cuando no hay producción nacional de Diésel Premium, Petroecuador compra combustible importado para atender la demanda nacional. Por aquí debe partir la necesaria política de industrialización de corto plazo, sencillamente, porque, sin petróleo, no hay refinación.
La gran dependencia de Ecuador de los combustibles importados es una muestra de la falta de consolidación de una visión de industrialización del país, sin ella Petroecuador seguirá pagando una factura millonaria cada año en la compra de combustibles importados, a pesar de la eliminación del subsidio al Diésel Premium o las gasolinas Extra y Ecopaís. Es hora de recuperar el valor de lo público, definir alianzas con el sector privado, y empujar hacia delante la producción nacional de derivados con inversiones transparentes. Nunca será tarde volver a caminar con esperanza hacia un mejor futuro.
