jueves, abril 23, 2026
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Juan Cuvi

Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

Negacionismo criollo

La sequía en el Ecuador tiene por lo menos tres efectos graves inmediatos: racionamiento del agua para consumo humano, apagones e incendios. Un coctel que no solo puede llegar a colapsar la economía, sino que afectaría la salud y la vida de mucha gente.

Hay temas globales que se demoran un tiempo en llegar a los países periféricos como el nuestro. La moda o los avances científicos son un ejemplo palmario, aunque ahora, gracias a las tecnologías de la comunicación, los tiempos se acortan. Pero una cosa es que se queden como fenómenos virtuales, y otra muy distinta es que se presenten con una descarnada realidad.

A una buena parte de la población ecuatoriana, el calentamiento global debe sonarle a una abstracción de ciertos organismos internacionales, más preocupados del medio ambiente que de las profundas desigualdades sociales que afectan la cotidianidad de millones de seres humanos. En efecto, frente a la pobreza extrema, a la marginalidad estructural y a la violencia crónica, la chamusquina del planeta les puede aparecer como un problema secundario. Hasta que se presenta de cuerpo entero, vivita y coleando.

Los incendios que están devorando amplias zonas del país no son episodios casuales ni aislados. La extrema sequía en la sierra ecuatoriana no responde únicamente a un proceso de deterioro provocado por la actividad humana, sino a una situación de carácter global. De acuerdo con Copernicus, el programa de la Unión Europea para la observación ambiental del planeta, 2024 será el año más caluroso de la historia. Estando el Ecuador ubicado en una zona particularmente caliente de la Tierra, no es casual que la radiación solar convierta a muchas zonas rurales en gigantescas hogueras.

La sequía en el Ecuador tiene por lo menos tres efectos graves inmediatos: racionamiento del agua para consumo humano, apagones e incendios. Un coctel que no solo puede llegar a colapsar la economía, sino que afectaría la salud y la vida de mucha gente. Sin embargo, a la mayor parte de los grupos económicos únicamente le preocupa la afectación al suministro de energía eléctrica y sus repercusiones en el aparato productivo del país. El debate público, absolutamente indiferente con el problema de fondo, apunta a medidas urgentes, y con frecuencia infructuosas, para producir electricidad. Quieren encender el aire acondicionado para disimular la quemazón. Asegurar sus negocios, nada más.

De ese pragmatismo económico al negacionismo media un pequeño paso. Ahora resulta que el modelo tecnológico industrial impuesto en el mundo desde hace medio milenio no tiene nada que ver con la catástrofe ambiental que padecemos. Y lo mismo dicen respecto de las consecuencias a escala local: extraer petróleo en el parque Yasuní no tiene por qué provocar impactos en el medio ambiente, la minería supuestamente responsable generará mayores beneficios que perjuicios, la devastación de los manglares para producir camarón tiene ventajas que compensan ampliamente los efectos adversos de esa actividad. En resumen, la destrucción de la naturaleza y el consecuente calentamiento global son un mito.

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