He vuelto de Arequipa, como siempre que regreso de los congresos o reuniones en los que, en calidad de miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, primero, y de su directora durante casi once años, después, me ha sido dado participar.
He vuelto, escribía, feliz del X Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE), llena de reconocimiento por lo recibido. Fueron días intensos y ricos, de comunicación con gran número de académicos de todas las corporaciones, de entre los cuales muchos vinieron a nuestro Quito, hará en noviembre próximo un año, para tomar parte en el XVII Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua (ASALE) que reunió a delegados de las veintitrés academias del mundo de habla hispana, con excepción de los académicos venezolanos, que, lamentablemente, no pudieron asistir.
El miércoles 15 de octubre tuvo lugar la solemne sesión inaugural del Congreso arequipeño, acto que finalizó con el discurso del rey, Felipe VI.
No me detendré en la triste circunstancia de ataques insustanciales de un señor García Montero, —’poeta monocorde’ lo llaman— contra el director de la Real Academia Española, Santiago Muñoz Machado, a quien lo único que yo podría criticar en el mejor sentido, es su enorme capacidad de trabajo, así como la de sugerir y hacer trabajar a cada una de las academias hermanas en proyectos sustanciales; es lamentable que la prensa haya dado tanta importancia a dicho desencuentro. En todo caso, todas y cada una de las Academias de la Lengua estuvo del lado de nuestro discreto y fino director, Santiago Muñoz.
Vamos a lo esencial: Uno de dichos proyectos titulado «La claridad de los lenguajes especializados: una necesidad social acuciante» fue clave en el congreso de Arequipa, pues respondía a la importancia que hoy conceden las academias a crear una ‘Red panhispánica de lenguaje claro y accesible’, «iniciativa global e inclusiva a servicio de la comunidad».
Me remitiré, pues a una parte de la ponencia que el martes 14 de octubre pronuncié precisamente sobre este tema, acompañada por cuatro ponentes más, además del presidente de la mesa, Carlos Cárdenas Quirós y su coordinador, Andrés Betancur, presentación que tuvo lugar en el paraninfo del claustro de la Universidad Nacional de San Agustín; en ella procuré hacer una crítica reductiva —siempre será positivo lo que idiomáticamente se aporte— del texto de la constitución de Montecristi que hoy nos rige:
«[…] Dicha historia —la de nuestra constitucionalidad— se remonta a la época de la colonización española en América, y se inicia a partir de 1830. Su última carta constitucional, la que rige hasta hoy, se aprobó el 28 de septiembre del 2008 con el 63.93% de los votos del pueblo ecuatoriano.
Pero a nombre de nuestra historia he de volver atrás, hacia 1851, cuando lideraba el país el presidente José María Urbina, militar y político bajo cuyo mandato el Ecuador fue, después de México, el segundo país de América en abolir la esclavitud, elemento central del sistema económico de la época, basado aún en el colonialismo español. Esta abolición instituyó el más importante de los principios del liberalismo, al haber sido un hito esencial en la lucha por los derechos civiles y la igualdad […]
«El primer presidente liberal llegó algunas décadas más tarde. Fue el general Eloy Alfaro, quien, el 5 de junio de 1895, en Guayaquil, llevó al triunfo a la Revolución Liberal y quedó proclamado, contra el vigente y repetitivo conservadurismo, Jefe Supremo de la República.
«Entre algunos de los textos que emularon nuestros constituyentes de 2008, se destaca la Constitución Liberal de 1896, mediante la cual el Presidente Alfaro promovió la secularización del Estado, la libertad de cultos, la reforma agraria, la igualdad ciudadana ante la ley, derogó la pena de muerte e implantó un nuevo orden que definió un Estado social de Derecho, soberano y con enfoque centrado en el desarrollo, principios de los cuales ningún texto constitucional posterior ha prescindido […]
«Esta breve anotación es consistente, pues el texto constitucional de 2008, vigente hoy, fue redactado y aprobado en la ciudad de Montecristi, cuna del citado líder de la Revolución Liberal […]
«En palabras del constitucionalista Carlos Montaño: En 2008, Ecuador promulgó una nueva Constitución que reemplazó a la Carta de 1998. Esta reforma constitucional marcó un giro hacia un Estado constitucional de derechos y justicia, orientado al Buen Vivir (Sumak Kawsay), en contraste con el enfoque más neoliberal de la Constitución de 1998”. […]
Nuestra Constitución cumplió en septiembre último diecisiete años de vigencia. Desde su entrada en vigor ha sido objeto de, al menos, 24 reformas, que no han alterado su estructura.
Desde lo esencialmente político, se atribuye a ella un exceso fundamental: la concentración de poder en el Ejecutivo con la consecuente debilidad del control parlamentario y erosión de sus facultades fiscalizadoras […]
En cuanto a su redacción, ya desde el preámbulo el lector se enfrenta al abuso del gerundio inicial: reconociendo, celebrando, invocando, apelando, en lugar de El pueblo del Ecuador reconoce, celebra, invoca, etcétera… Igualmente, sorprende el uso reiterado de masculino y femenino en lugar del plural: El joven, la joven, el hijo, la hija, niños, niñas, hombres y mujeres, por el plural no marcado jóvenes, hijos, hombres, seres humanos; lo mismo, en relación con los calificativos de ambos géneros.
El lector nota, en el fondo del texto constitucional, cierta euforia comunicativa que no tiene en cuenta la eficacia y sencillez de lo expresado […]
Sobre la esperanza de procurar, mediante la práctica de estos principios, «una nueva forma de convivencia ciudadana, en diversidad y armonía con la naturaleza, para alcanzar el buen vivir, o sumak kawsay», reitero que este es el sustento de los derechos colectivos, fundamentales en un estado plurinacional y, por tanto, debe permanecer como criterio básico de entre los principios constitucionales […]
Mi interés consistió, en rigor, en mostrar, a partir de unos pocos artículos de nuestra carta constitucional, sus posibilidades de legibilidad, gracias a la aplicación de los principios del lenguaje claro, cuya mayor utilidad, a mi entender, es su contribución a la redacción de los textos jurídicos […]».
Acompañaba a esta ponencia un cuadro difícil de trasladar a este espacio, en el cual se aplican a unos pocos artículos de nuestra Constitución del 2008, las normas del lenguaje claro que han de tomarse en cuenta…, como puede verse ya en la parte citada de mi ponencia.
