La última campaña electoral estuvo repleta de desinformación, contenidos falsos e inventados hasta el absurdo, que ni siquiera merecen denominarse como fake news. Sus propagadores fueron trolls y bots que contaminaron las redes sociales con informes ficticios, videos mentirosos, algunos de ellos con el uso de la inteligencia artificial <https://planv.com.ec/losconfidenciales/confidencialpolitica/peores-fakes-campana-elecciones-2025/; https://planv.com.ec/historias/politica/ecuador-inteligencia-artificial-campana-electoral-2025/>.
Tal desmesura y la mala onda de esos divulgadores llevó a que muchos ciudadanos decidieran contrastar lo que leían y veían en las redes sociales y en los chats grupales con lo que publicaban las organizaciones de noticias y los medios tradicionales. Quien compartió esta afirmación fue el periodista Gonzalo Ruiz, en el noticiero @notihoyecuador.
Como periodista agradezco a los trolls y bots, en particular a los auspiciados por la RC, pues su intervención en esa campaña presidencial condujo a que los denostados medios de prensa recibieran un voto de confianza y fueran reconocidos como fuentes serias y creíbles por ser, además, efectivamente existentes.
Lo sucedido en Ecuador no es algo excepcional. En determinadas situaciones críticas la desinformación ha tendido a esparcirse. Ello ocurrió durante la pandemia de la Covid-19 y frente a eventos electorales polarizados.
En el caso de la pandemia, un informe de 2020 de la empresa Comscore, <https://www.comscore.com/lat/Prensa-y-Eventos/Blog/Los-medios-tradicionales-recuperan-poder-y-credibilidad-con-la-pandemia-provocada-por-el-Coronavirus>especializada en la medición de audiencias, reportó que en Latinoamérica los medios tradicionales ocuparon los primeros lugares como fuentes de información sobre la pandemia por encima de plataformas como Facebook, Instagram y la antigua Twitter. Esta investigación incluyó países como Brasil, México, Argentina, Chile, Colombia y Perú. Este cambio lo corroboró la Fundación Gabo en uno de sus tuitdebate semanales <https://fundaciongabo.org/es/etica-periodistica/debate/estan-los-medios-tradicionales-recuperando-la-credibilidad-en-medio-de-la>. Allí destacó como Whatsapp actuó como la mayor plataforma de la desinformación.
Otro estudio señaló que 7 de 10 entrevistados seguían la información sobre el coronavirus en los medios tradicionales por considerar sus contenidos como los más confiables <https://www.edelman.com/research/edelman-trust-barometer-special-report-covid-19-demonstrates-essential-role-private-sector>.
Detrás de la desinformación deliberada, es decir intencional, subyace el discurso de odio, como concluyen las investigadoras María Reneses, María Riberas-Gutiérrez y Nereida Bueno-Guerra en su artículo publicado en 2024 <https://recyt.fecyt.es/index.php/Redu/article/view/99602>. Es un discurso alimentado por el sesgo cognitivo de personas que excluyen de sus intereses todo aquello que va en contra de sus propias creencias. Y que podrían estar atrapadas en burbujas ideológicas que la tecnología tiende a afianzar.
Lo señalado es complicado cuando un análisis reciente <https://opinno.com/es/insight/la-paradoja-de-la-ia-como-las-fake-news-pueden-devolver-la-confianza-en-los-medios-tradicionales/>, de 2024, señala a la producción de contenidos informativos falsos como uno de los problemas que más afecta a las sociedades democráticas. El estudio sostiene que el trabajo de agencias de verificación de la información se está volviendo crucial para las repúblicas.
Con independencia de las motivaciones para diseminar o consumir desinformación, la descomunal presencia de contenidos falsos a más de ser una oportunidad para que los medios de prensa recuperen credibilidad y autoridad en términos informativos es una alerta para que la sociedad enfrente la alfabetización mediática. O que apunte un poquito más profundo hacia lo que el investigador Craig Silverman denomina el escepticismo emocional. Es decir, una invitación a dudar incluso de aquello con lo que coincidimos y estamos más de acuerdo <https://medium.com/1st-draft/fake-news-its-complicated-d0f773766c79>.
Desde el lado del periodismo y de los periodistas ocasiones como la acontecida en Ecuador es una nueva posibilidad para que reconquisten el respeto social y su valor. Si el trabajo de las agencias de verificación de contenidos es la contrastación y confirmación de la información ya publicada, es obvio que una de las prácticas centrales y centenarias del periodismo, la de confrontar y comprobar la información antes de difundirla, mediante la pluralidad de fuentes y de datos, sea determinante.
Restaurar la centralidad de esta rutina, que se ha ido diluyendo por la búsqueda de la instantaneidad en la información, y por competir en rapidez con las redes sociales, es una de las maneras como el periodismo y las organizaciones de noticias pueden recobrar el aprecio ciudadano y la confianza a corto, mediano y largo plazos. Más aún hoy cuando algunos usos de la inteligencia artificial facilitan la aplicación de las mejores prácticas profesionales. Así no solo ampliarán sus audiencias, sino que las retendrán. Algo muchísimo más relevante que buscar y conseguir seguidores o miles de likes que se esfumarán en los siguientes segundos.
