lunes, abril 20, 2026
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Alfredo Espinosa Rodríguez

Alfredo Espinosa Rodríguez

Magíster en Estudios Latinoamericanos, mención Política y Cultura. Licenciado en Comunicación Social. Analista político, experto electoral.

Feligreses con micrófono, el rebaño de Noboa

Para cumplir con este culto de alabanza, los líderes de opinión seguidores de Noboa, utilizan la desinformación, los discursos de odio, el miedo y la polarización, propios de un Estado de propaganda que -similar al pasado- cumple con la función de desprestigiar a los distintos sectores de la oposición, encapsulándolos en un mismo lugar de enunciación política: el correísmo.

Una fábrica de mentiras políticas y mentirosos dispuestos a venderlas como si se trataran de alimentos aptos para el consumo humano, así operan un puñado de políticos de finales del siglo XX dados a influencers, pseudoanalistas, abogados a la carta y periodistas de bolsillo que nos han demostrado -con cada una de sus declaraciones- que nunca tuvieron conflictos reales con todo lo que representa el autoritarismo político, sino únicamente con la persona que lo lideró durante una década: Rafael Correa. Solo así se explicaría que -con videos, entrevistas, artículos de opinión y mensajes en redes sociales- estos contradictorios personajes ovacionen los abusos del presidente/candidato, Daniel Noboa Azín, al punto de justificar -con cierto hedonismo- su injerencia en las instituciones del Estado, así como la serie de arbitrariedades que impulsa al margen de la Constitución de la República y las leyes del país, entre ellas, el nombrar por decreto a una vicepresidenta, Cynthia Gellibert y, suspender a otra, legítimamente electa en las urnas, Verónica Abad; o no pedir licencia para su campaña electoral y, por ende, irrespetar lo dispuesto en el artículo 93 del Código de la Democracia.

Para cumplir con este culto de alabanza, los líderes de opinión seguidores de Noboa, utilizan la desinformación, los discursos de odio, el miedo y la polarización, propios de un Estado de propaganda que -similar al pasado- cumple con la función de desprestigiar a los distintos sectores de la oposición, encapsulándolos en un mismo lugar de enunciación política: el correísmo. Y lo hacen porque en este país, ser correísta es sinónimo de ser ladrón, corrupto, narco y hasta criminal; aunque ganen las elecciones. Es decir, fomentan el desprestigio hacia los otros, con el propósito de mostrarse ante los electores como “el mal menor” y la única alternativa válida para enfrentar a los candidatos de Correa, sin importarles que Daniel Noboa se perfile como un individuo mucho más peligroso para la democracia.

Y lo hacen porque en este país, ser correísta es sinónimo de ser ladrón, corrupto, narco y hasta criminal; aunque ganen las elecciones.

¿Por qué alimentan el ego y la enfermedad de poder del presidente/candidato? ¿Qué gana con ello este puñado de anticorreístas radicados en el fanatismo de la extrema derecha? Y, si estos feligreses ven en Noboa a su candidato, ¿por qué no militan en su movimiento y hacen política abiertamente en lugar de escudarse en sus análisis? O, en su defecto, ¿por qué no transparentan ante la ciudadanía su relación comercial y económica con el gobierno de turno?

Por otro lado, ¿dónde dejaron la reprimenda moral y el sacudón ético aquellos que se venden a sí mismos como demócratas y respetuosos de la ley? Posiblemente, permanecen guardados en sus bolsillos, ya que ahora, estas personas de conducta borreguil no pelean contra el autoritarismo y el manoseo jurídico.

Lo cierto es que el silencio -en unos casos- y el comentario cómplice -en otros- solo sirven para aupar los caprichos de un tiranillo en su afán de permanencia en Carondelet; todo esto bajo la premisa de que, sí el correísmo hizo lo que le dio la gana durante su década de gobierno, es legítimo que Noboa también haga lo mismo en su corta administración o, en los próximos cuatro años, si es que triunfa en las elecciones generales de 2025.

Ante ello, no hay error de interpretación, sino una grosera mentira organizada por un puñado de gentes que dejaron de ser ciudadanos para convertirse en feligreses con micrófonos teñidos de morado, que vitorean o abuchean el autoritarismo dependiendo de quién lo promueva, aunque el perjuicio sea el mismo para la democracia y el estado de derechos.

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