Que en los países en vías de desarrollo exista una clase política mediocre hasta la médula e incapaz de sintonizar con los intereses y prioridades de las grandes mayorías, es un problema que define, precisamente, a sociedades que están condenadas al atraso en tanto no se superen taras, complejos, aldeanismos y vicios propios de un sistema político que no entiende el significado de la ética pública y de la división de funciones que permite accionar los resortes institucionales con los pesos y contrapesos tan propios de una democracia viva, con capacidad de imponer límites al poder.
Pero no. En época de la posverdad y de una forma agresiva de estupidización colectiva, aupada por redes sociales que a decir de Umberto Eco le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas, resulta que también en los países del primer mundo se cuecen habas y la gestión pública está dominada por una dirigencia política tan o más opaca que en los países del tercer mundo. Un claro ejemplo de aquello es lo que sucede con los Estados Unidos de América, dirigida por Donald Trump, quien encarna los mayores antivalores de la época actual, expresada en el debilitamiento de los cimientos democráticos y el fomento de conductas claramente fascistas y megalómanas generando enormes tensiones y peligros para la paz, seguridad y convivencia de la sociedad de naciones. Sin soslayar la enorme conflictividad interna y hasta infierno que se vive en los Estados Unidos, donde la violencia, la discriminación y el racismo, aupadas por la retorcida lógica que proyecta MAGA, van golpeando a una indignada comunidad que tendrá la oportunidad, eso sí, de castigar a su verdugo en las urnas, el próximo 3 de noviembre, con ocasión de las elecciones de medio término.
En esa línea de comportamiento inapropiado, hace pocas semanas, en medio de la reunión del G-7, realizada en Francia, el presidente estadounidense generó una fuerte controversia con la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, una de sus más cercanas aliadas en Europa, al indisponerla públicamente. Esto provocó una dura e inmediata respuesta, recordándole a Trump, ese mismo momento —que en medio de risas se autodefine frente a sus colegas como El jefe—, que ni ella ni Italia suplican jamás.
No cabe duda que Estados Unidos, al igual que cualquier país subdesarrollado, merecen tener unos mejores representantes. Y esto nos recuerda que no se reduce solamente a votar entre una u otra tendencia ideológica o lo que es peor, como sucede en el Ecuador, a discriminar entre correístas y anticorreístas. Se trata de elegir, ante todo, buenas personas, con la suficiente inteligencia y equilibrio emocional que les permitan actuar siempre en función del bien común. Ya lo decía Winston Churchill: el político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones.
Ciertamente, el llamado adalid de la democracia y de las libertades, los EE.UU., bajo el régimen despótico trumpista, está mostrando la versión más oscura y deforme del rostro de un país, paradójicamente, formado por migrantes, cuyo pueblo ahora mismo desconcertado paga una costosa factura por su irresponsabilidad e insensatez política a la hora de elegir a sus representantes. ¿Capisci?
