miércoles, julio 29, 2026
Ideas
Diego Ordóñez

Diego Ordóñez

Abogado, ex secretario de Seguridad del Estado

El efecto búmeran

Noboa ha dado plataforma y discurso a quienes pretende eliminar a golpes. Incapaz de idear una forma de gobierno más institucional y de largo plazo, solo se le ha ocurrido repetir lo que hizo el correísmo: proscribir y reprimir a la oposición y, lo peor, cuenta para ello, como operadores, a lo más desclasado del correísmo.

Robespierre, que era un ilustrado y que rechazó un cargo de juez por su convicción contra la pena de muerte, cuando se apropió del poder absoluto anegó de sangre toda Francia, separando decenas de miles de cabezas de sus enemigos, aun aquellos que por “ley de sospechosos” parecían enemigos de su patológico fanatismo. Tenía tan solo 35 años cuando el mismo pasó por la cuchilla. Le llaman disonancia cognitiva: actuar en contradicción de sus dichos. Subrayo la formación de Robespierre, porque siendo un sólido creyente de las libertades, no tardó en pisotearlas y anegarlas en charcos de sangre.

Tomando distancia de las dotes intelectuales, un fenómeno parecido es el de Ortega en Nicaragua. Ícono de la lucha contra una corrupta dictadura, junto al mítico comandante Cero, el cura Cardenal y el gran escritor Sergio Ramírez, ha devenido en dictador. Pasa siempre cuando personajes llevados por el mesianismo y el egocentrismo toman el poder. No resisten la disidencia, no tienen límites morales, se asumen por encima de contrapesos y de las restricciones al poder propias de un sistema republicano; lo que inevitablemente conduce a corrupción e impunidad.

Vivimos este escenario durante una década. Correa autopercibido iluminado, infalible, instauró un régimen represivo. Sin controles y límites los corruptos se apropiaron del Estado. Al inicio de su gobierno parecía, y muchos se confundieron, que tenía buenas y decentes intenciones, pero al final fue una pesadilla para la democracia y para la moral.

Parecía que los electores aprendieron que ese modelo autoritario no merece votos; y apostaron por un joven. Van casi tres años en los que la pesadilla autoritaria y corrupta se ha reeditado en el joven.

Este joven, improvisado y sin muchas similitudes con Robespierre, salvó la edad, ha montado un cadalso para descabezar a sus oponentes, a sus organizaciones y a todo lo que le parezca amenaza a su gobierno. Un Lord Farquad de la vida real con la guillotina de sus lacayos, con el soporte de periodistas y tuiteros que han sucumbido a la frondosa pauta; de fiscales, tribunos, jueces, superintendentes, persiguiendo, hostigando, encarcelando, ensañándose contra alcaldes, candidatos, activistas, y la poca prensa decente que queda. O sea, en la mira todo aquel que critica y repudia sus repetidos excesos y atentados contra la integridad democrática. Matar físicamente era la forma autoritaria de eliminar al detractor. La versión moderna de los autoritarios contemporáneos es soltar la jauría para anular la existencia política y poner mordaza; o usar la justicia para atar de manos y pies al detractor y peor aún, enrejarle en barrotes de prisión de alta seguridad. Esto es infame y es agravada la infamia, pues muchos sicarios y corifeos excusan y justifican.

Cómo no entiende de esos límites, Noboa no tiene restricción en mostrar sus manos en la masa. En estos días pasados ha asistido a entrevista, en un medio comprado con “préstamo” a un testaferro, con periodistas descaradamente serviles, en la que explicó por qué se debe eliminar a un movimiento político que daba cabida a los candidatos correistas, ha dado cuenta y razón de una maniobra turbia de la que estaba suficientemente enterado. Así, como para que se entienda de dónde vino la idea y la decisión.

Debe entenderse que esas maniobras para impedir que el correismo tenga espacios electorales se justifican —y así creen muchos que si no aplauden, le dan mérito— para erradicar del espectro electoral a esa secta o facción política. Pero quien se le ocurrió esa estrategia, la realidad le está volviendo como bumerán, porque Noboa con el penoso gobierno que dirige (que hace aguas en lo fiscal, en seguridad, en empleo, en inversión, en lo institucional —por los burdos abusos y el control ilegítimo de toda la estructura estatal— y en la notoria corrupción e impunidad) ha logrado que la única fuerza política que capitaliza, como oposición, todo esto es el correismo.

Han pasado ya diez años que Correa huyó de la justicia y muchos nuevos jóvenes electores no tienen una noción de lo que representó ese gobierno, lo que les lleva a dar crédito al abanderamiento que el correismo ha hecho de la anti-corrupción, de la democracia y de la gestión pública.

Noboa les ha dado oxígeno, les ha dado discurso, les ha permitido posicionarse como legítimos contradictores y en consecuencia beneficiarios electorales. Ha sido tan burdo, tan brutal el gobierno en su afán de proscribir a sus oponentes, que les ha permitido victimizarse; y es paradójico que quienes hemos combatido al correismo sin tregua, ahora debamos salir en defensa de la libertad electoral, del derecho que tiene este movimiento de participar en elecciones y criticar el ensañamiento judicial contra los alcaldes perseguidos.

Noboa ha dado plataforma y discurso a quienes pretende eliminar a golpes. Lo cual es una torpeza política. Incapaz de idear una forma más institucional y de largo plazo para evitar que el país viva nuevos episodios de concentración del poder e inestabilidad, solo se ha ocurrido repetir lo que se hizo en el correismo: proscribir y reprimir y cuenta para ello, como operadores, a lo más desclasado del correismo. Y por cierto, ni por asomo pensar que la mejor fórmula para derrotar a los oponentes, es haciendo un mejor gobierno.

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